lunes, julio 15, 2024

Palimpsesto, política y “octubrismo”

“Octubrismo” es el antónimo de “Octubre”. Pero al mismo tiempo que intenta neutralizarlo y restarle su potencia de inédito, lo trae, lo devuelve; despejando la zona para que la Revuelta se deje traslucir en la reescritura de una historia que siempre querrá ser plagiada a partir de insistentes marcas y remarcas.

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“La política es una necesidad de literalidad […]”

Mauro Salazar / Miguel Valderrama

Palimpsesto es una palabra del griego antiguo que se traduce como “grabado nuevamente”. Se trataría de un manuscrito en el que se inscribe una escritura sobre las marcas de otra que fue borrada. En breve, las huellas de una escritura quefue, se dejan entrever en la que ahora es.

Son dos escrituras; dos que darían cuenta, también, de la vida y la muerte. Las huellas que pretendieron ser borradas reaparecen negándose a ser escritura muerta, terminada. Y en este sentido el texto “formal”, el que se asume vivo o que simplemente podemos ver, convive con el fantasma de una escritura –al ojo– desaparecida; una que en una suerte de gestualidad espectral aparece y reaparece dejándose intuir, acoplándose a lo literal; espiritualidad que prevalece en silencio por más que la fuerza del tiempo, la intensidad de la borradura y el mecanismo de la impresión, pretendan colonizarla.

Entonces la política, recuperando el palimpsesto, es siempre escritura sobre escritura, tiempo sobre tiempo, historia sobre historia. No habría forma de hacer del presente de la política misma, en esta línea, un absoluto, un hacía si radical. Esto, porque los ecos de un pasado se resentirán, igual, en un hoy que no puede ser tematizado únicamente por el monitoreo de intereses tributarios del puro contexto.

Ahí donde un momento histórico quiere ser resumido, abreviado en su sola gramática contingente, es porque la manipulación del tiempo político ha entrado en despliegue; aquel que busca restituir la secuencia hegemónica que paralice la historia inoculando imaginarios para no advertir las huellas ni tampoco intuir las marcas; tiempo que es construido sin retorno y en el que las voces del pasado se archivan en un incesante ejercicio de consignación (con-signar: reunir signos) de la historia.

Es lo que ocurre actualmente con el tan mentado “octubrismo”.

En una típica operación de la clase política –derecha(s), centro(s), “izquierda”(s)– se ha instalado esta palabra/hegemon como un dispositivo y significante que persigue hacer de la Revuelta un pasado consumado, sin resonancia y, si la tiene, solo debe ser concebida como el arké de una catástrofe; un momento que solo puede tener sentido en la medida que penetre subjetividades designando desastre y caos: una fosa de la que el lumpen delincuencial con su artillería emergió, desde el inframundo de una sociedad platónica, para hacer estallar con su temporal vandálico la normalidad del oasis.

Todo esto con el fin de precisar la historia, capturarla sin nunca tensionar el “por qué” de la Revuelta; a una explicación del acontecimiento que a modo de estallido social cristalizaba el síntoma tras décadas de paliza neoliberal, de la terapéutica usura y pauperización de las clases medias; del margen condenado a ser aún más peninsular y des-consumado, en fin: a la triste odisea de un país que denigró su tejido social a fuerza de tanquetas y mercadeos rituales amparados por una “democracia material” (Badiou).

“Octubrismo” es el antónimo de “Octubre”. Pero al mismo tiempo que intenta neutralizarlo y restarle su potencia de inédito, lo trae, lo devuelve; despejando la zona para que la Revuelta se deje traslucir en la reescritura de una historia que siempre querrá ser plagiada a partir de insistentes marcas y remarcas.

Y decimos “inédito” no solo en el sentido de que algo que es excepcional, sino que también como lo que no puede ser editado (in-editable), fragmentado o reconfigurado para rehacer la trama. Octubre fue inédito y permanece inédito, irresuelto en su tersura acontecimental y sin concepto.

Entonces la Revuelta habla desde el palimpsesto, y aunque hoy la escritura que supura superficie sea la de los poderes folclóricos, fácticos y hegemónicos típicos, no puede ser tachada porque su descomunal impresión en la historia dejó una “archihuella” (Derrida) que no podrá ser borrada por más que la historia misma sea reescrita –mil veces– por los titiriteros del octubrismo, por los patrones del tiempo.

Octubre permanece en desacato.

Javier Agüero Águila
Javier Agüero Águila
Doctor en Filosofía. Académico Universidad Católica del Maule.

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