lunes, julio 15, 2024

Los Inquisidores

Para los inquisidores todos deberían obedecer y hacer como si el genocidio no tuviera lugar y pareciera no concernir a estudiantes, profesores, funcionarios, pronunciarse sobre él. Cualquier forma de hacerlo redunda en la vacía acusación de “militante”. Eso es precisamente lo que piensan los inquisidores que, desde sus think tanks, asumen una forma  sobreideologizada que ellos mismos no la reconocen como tal y que, al parecer, pretenden exportar hacia las universidades públicas.

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—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.

Miguel de Cervantes, Quijote de la Mancha

1.- Los inquisidores han vuelto. En realidad, siempre estuvieron ahí, al acecho de su momento decisivo. Fueron parte de la colonia, luego de la república con la policía moderna, se activaron durante las dictaduras y hoy, en el nuevo período reaccionario en el que el partido portaliano no tiene más forma de agruparse que bajo el resguardo de la máquina securitaria, es que han aparecido con fuerza.

Dicen tener rótulo de “intelectuales” pero la verdad es que no son más que “columnistas”; trabajan bajo la investidura del pensar y problematizar, pero en realidad, solo condenan y difaman. Salvo raras excepciones – incomprendidas dentro del sector- la cultura de derechas padece una severa crisis intelectual.

Con este escrito constato la existencia de un síntoma en la cultura de derechas chilena post-octubre 2019 en el que se juega una profunda “precariedad hermenéutica”, a decir de Hugo Herrera. Esto no obsta subrayar al dispositivo inquisitorial concertacionista, que llegó a conclusiones similares, pero por medios relativamente distintos, cuestión a la que me he referido en otras columnas y no lo haré aquí. 

La precariedad referida, es aquella que se compensa con la palabra de orden y que la enorme cantidad de columnistas exigen. Precariedad que se sintomatiza en una única acusación –no digo “crítica”- que, desde las posiciones más neoliberales, espiritualistas, hasta las más social-cristianas han criminalizado la experiencia chilena de Octubre de 2019 bajo el término mágico “octubrismo”. Como si el término tuviera un sentido enteramente claro y como si, su nombre pudiera ser planteado sin problematización alguna.

Pero la precariedad de los inquisidores consiste en saturarnos con una cadena de términos: “anomia” correlativa a “octubrismo” y a “violencia” trazan la trama discursiva del vocabulario policial. Sin embargo, tras sus grandes acusaciones no hay más que fragilidad y miedo a algo que definitivamente no pueden pensar, que no pueden gobernar.

Porque, la cuestión decisiva es que, históricamente, los inquisidores no piensan o problematizan, sino acusan y persiguen. En suma, condenan y queman. Pensar no es su función en la trama del poder y de su actual momento político sino, justamente, criminalizar. En este sentido, su objetivo no es fomentar el debate público sino justamente volverlo imposible. Los inquisidores son policía.

En todas partes buscan “octubrismo” –tal como el sionismo dice buscar en todas partes a Hamás- como si aquello fuera algo claro y distinto que estaría ahí esperando al ojo inquisitorial para ser identificado. La obsesión por el “octubrismo” en realidad efectiviza la guerra contra el terrorismo pues envía el mismo mensaje siempre: en todas partes y en todo lugar nadie puede estar a salvo. Como en la conquista católica de Al Andalus en 1492, en cada cuerpo del converso podía sobrevivir una pulsión musulmana “detrás” que había que conjurar a través de diversas formas de conversión.

Aparentemente hoy no hay “moros”, pero éstos han sido removidos por el “octubrismo” que asoma cual “alien”, invisible, en cada rincón de la trama social, incluidas, las universidades. Sin embargo, sabemos que “octubrismo” es precisamente por esto, un dispositivo que aceita la actual condición de la guerra del terror y, en este sentido, tanto la cruzada que llama a los inquisidores, como también la pesadilla que les asola obsesivamente.

Ellos sueñan con Octubre de 2019 –que hoy podría ser Palestina 2024 en la medida que esta última ha devenido la nueva lucha antifascista mundial, la nueva intifada que recorre a los pueblos de la tierra.

2.- La cuestión decisiva, por tanto, que cabría preguntarse es: ¿por qué Octubre irrumpe como pesadilla para los inquisidores? ¿Por qué vuelve una y otra vez en sus discursos? Justamente porque una pesadilla –es decir, un mal sueño- expone algo que permanece constitutivamente irresuelto. Y porque tal irresuelto testimonia que lo reprimido retorna, se abre una cuestión interesante: aquello que se repite en sus columnas no es nada más que la confirmación de aquello que pretenden conjurar.

Toda pizca de “octubrismo” que hoy podría llamarse “acampe”, profesores “militantes” de las universidades públicas o ideologías” como directamente señala Sebastián Edwards[1] respecto de las humanidades en la actualidad, constituyen diferentes formas para expresar lo irresuelto que, después de los dos procesos constitucionales, la oligarquía pretendía haber finiquitado. Pero lo irresuelto sobreviene una y otra vez: tan vivo está, como viva su interpelación.

Fragmentado, debilitado, quizás, pero vivo e insistente. Como si la oligarquía, y en particular, su articulación en la derecha, hubiera imaginado que, después de los procesos constituyentes, automática y mágicamente todo retornaría al feliz orden instaurado a golpe en 1973 y a inercia desde 1989. Pero lo cierto es que, en el último plebiscito (17 de diciembre de 2023), sólo se rechazó el orden neofascista de la propuesta constitucional “republicana” y, tal como señalaba la papeleta, no tuvo nada que ver con aceptar o no el pacto oligárquico de 1980 que ya estaba destituido (tal como los propios actores políticos lo reconocieron). Dicho pacto sigue vigente, pero sin significado, destituido gracias a la revuelta de Octubre de 2019 cuya grieta ha permanecido entre nosotros de manera inconfesable.

3.- Una escena singular la ofrece Stanley Kubrick en Nacidos para matar (Full metal jacket).En ella, un joven soldado reclutado como periodista para cubrir Vietnam porta una chapa con el signo de la paz. A su vez, en su casco lleva escrita la frase “Nacido para matar”. Mientras los soldados estadounidenses entierran decenas de cadáveres de vietnamitas bajo una fosa común arropándoles crudamente con cal, el militar en jefe que estaba a cargo del “trabajo” queda mirando al protagonista, extrañado por lo contradictorio de los signos que adornan su uniforme le pregunta, enojado, si acaso no es eso una “broma de mal gusto”. El protagonista responde en principio “no lo sé señor”. Pero luego se esfuerza en explicar: “yo creo que intento sugerir algo de la dualidad del hombre –eso que dice Jung, señor”. El militar en jefe le mira fijo y le pregunta algo así como: “¿de qué lado estás hijo?” ¿acaso no quieres a tu país?”.

La escena ofrecida por Kubrick retrata perfectamente al columnismo criminalizante de la cultura de derechas: frente al acontecimiento de octubre (que abre lo indecidible), solo habrá “condena” unilateral en la medida que se lo construye solo como bando enemigo.

Piñera, en su momento, lo dijo explícitamente: “un enemigo poderoso que no respeta a nada ni a nadie”. Y aunque luego tuvo que disculparse públicamente frente al país, el mensaje había quedado claro para todos y, en efecto, fue lo que realmente ocurrió, si se consideran los informes internacionales sobre violaciones a los Derechos Humanos por parte de las fuerzas militares y policiales durante los meses –y las primeras semanas- de protestas.

Pero, además, la escena nos ofrece la verdad de lo que los inquisidores exigen: obediencia. Todos han de portarse “bien”: los pueblos aceptar a sus buenos gobernantes, los empleados a sus buenos empresarios, los fieles a sus buenos sacerdotes, las mujeres a sus buenos maridos, los siervos a sus buenos amos.

En la actual coyuntura en que la cuestión palestina irrumpe mundialmente, la exigencia inquisitorial significa: reducir la universidad pública a académicos y estudiantes obedientes y disciplinados que no tengan opinión, ni crítica ni mucho menos puedan movilizarse por la existencia de un genocidio que ha transcurrido ininterrumpidamente por 76 años y que se ha intensificado durante los últimos 7 meses sin contrapeso.

4.-Bien recordaba el crítico estadounidense Stanley Fish que, en medio de la actual coyuntura palestina, ha expuesto a la luz del día la imagen que los inquisidores tienen de la universidad: un lugar reducido solo a hacer clases en las aulas, con todo programado, pauteado, y sin crítica, ni libertad académica alguna, dado que, tanto estudiantes como académicos han de ceñirse a una relación de obediencia.

En Chile éste no es un sueño nuevo. Fue el sueño de Jaime Guzmán. Por eso, armar la universidad a imagen y semejanza de la Inquisición significa convertirla en un pequeño think tank: todos disciplinados, obedientes y, por lo tanto, sobreideologizados, aunque no lo digan ni confiesen.

Bajo estos términos: ¿puede quedar indiferente una universidad pública respecto del genocidio Palestino? ¿No es acaso dicho genocidio un asunto de naturaleza “pública” y de factura “universitaria” en gran medida, toda vez que, la historia del colonialismo (que incluye a Israel) no habría sido posible sin la existencia de universidades que articulan el saber-poder de su máquina de guerra? Y si esto es así, ¿no cabría introducir la dimensión crítica precisamente para que dichas máquinas puedan ser desactivadas y mostrar que las universidades portan consigo la doble fuerza del genocidio, por un lado y de su desactivación por otro, puesto que las universidades son campos en disputa, lugares constitutivamente de conflicto?

A esta luz, ¿qué hacer, por tanto, frente a ello? ¿qué es lo que resultaría éticamente más “académico”? ¿Profesores que acompañan a sus estudiantes en el devenir de los saberes y la crítica cuando irrumpe un acontecimiento tan decisivo como el genocidio palestino y que, por tanto, asumen que la universidad no es un espacio reducido a clases y calificaciones sino a una experiencia en común en la que tiene lugar el proceso de pensar juntos; o profesores que, en aras de la supuesta “objetividad”, pretenden hacer como si dicho genocidio no existiera pues no les compete a sus supuestas y especializadas ramas del saber?

Porque para los inquisidores todos deberían obedecer y hacer como si el genocidio no tuviera lugar y pareciera no concernir a estudiantes, profesores, funcionarios, pronunciarse sobre él. Cualquier forma de hacerlo redunda en la vacía acusación de “militante”. Eso es precisamente lo que piensan los inquisidores que, desde sus think tanks, asumen una forma  sobreideologizada que ellos mismos no la reconocen como tal y que, al parecer, pretenden exportar hacia las universidades públicas. Los más sobreideologizados dicen que no lo son y acusan a otros de serlo: bajo la premisa de la “purga” necesaria a realizar, preguntarán, a los que (des) califican bajo el rótulo fácil de “profesores militantes”: “¿no quieres a tu país?”[2]

5.- Por supuesto, la “precariedad hermenéutica” de la derecha, en parte, se sostiene en que, en palabras de Walter Benjamin: “el sujeto del conocimiento es el sujeto que lucha”, lo cual significa que el mecanismo inquisitorial, si bien se cristaliza en personas precisas (columnistas), constituye una función social al interior de la dominación de clases que impide que dichos columnistas piensen Octubre toda vez que éste pone en cuestión su pretendido democrático y civilizado orden.

Precisamente porque no pueden pensar Octubre, lo repiten incansablemente a modo de síntoma, como su más temible fantasma. En este sentido, la “precariedad” respecto de sus correligionarios, es síntoma de una defensa de clase donde adviene ese irresuelto que se les repite una y otra vez y del cual no pueden desprenderse porque está ahí cada vez que lo niegan y porque su fuerza no deja de exponer a un cuerpo nacional incompleto, faltante, sucio, antes que uno total y orgánicamente límpido, siempre ficción de un nacionalismo estrecho.

Resto que resiste a la incorporación en la trama del orden ya destituido, grieta que dice mucho más de ellos que de cualquier otro. Porque, tal como los estudiantes que portaron la consigna “evade” e invirtieron el sentido que utilizaba el poder económico para evadir impuestos, ese irresuelto que es Octubre, les devuelve a los vencedores la catástrofe inmanente a su propio orden, la barbarie de su pretendida civilización, dejando a la máquina portaliana enteramente expuesta.

Es precisamente eso lo que los inquisidores pretenden quemar, si utilizamos una jerga clásicamente inquisitorial. Quemar lo que para este quijotismo de derechas aparece como “gigantes”: todo es Hamás, todo es “ideología” y todo habrá que desalojarlo. Ello –diría Freud- se resiste; lo invitan al sacrificio para darlo por finalizado pero lo irresuelto se sustrae a la ceremonia de muerte; lo queman y, sin embargo, no deja de florecer de distinta forma otra vez.


[1] Como buen inquisidor, Sebastián Edwards dice: “(…) era una crítica a lo que llamo las “humanidades” con minúsculas, a las ideologías que en casi todo el mundo han cooptado a departamentos académicos que alguna vez fueron de gran nivel. Mi escepticismo estaba implícitamente dirigido a la “teoría crítica”, al feminismo radical, a la división del mundo en opresores y oprimidos, a las exigencias antirracistas de Ibraim X. Kendi, al poscolonialismo, al neopopulismo, y al posestructuralismo. Cualquier persona medianamente informada sobre lo que sucede en la academia internacional sabe – o debiera saber – que esas ideologías se han ido apoderando de muchos departamentos de humanidades en las más diversas geografías. No saberlo es, para decirlo directamente, de una ceguera preocupante.” En: https://www.latercera.com/opinion/noticia/columna-de-sebastian-edwards-humanidades-una-conversacion/523V2CZN75DGPAGHAMZUO5TDAU/

[2] Pablo Ortúzar Desalojar. La Tercera, domingo 16 de Junio 2024.

Rodrigo Karmy
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

2 COMENTARIOS

  1. Tal cual, concuerdo en todo lo que dices, por lo mismo es una buena noticia que estudiantes, académicos y funcionarios de la U CH. sigan firmes y que ojalá otras universidades públicas se sumen al movimiento. No se que tanto influyen los “Inquisidores” eso sí, escriben en la Tercera, y el Mercurio, ¿quien lee esos diarios?y se felicitan entre ellos, es obvio que la oligarquia siempre va a demandar obediencia, pero estan cada vez mas podridos, ¿Con que ropa?

  2. Grande Rodrigo. ¿Estos inquisidores entenderán tu escrito? A veces sospecho que son tan limitados por sus propias estructuras. ¿Cómo entender que defiendan lo indefendible? Ejemplo defender a un pedófilo como Karadima.
    Se agradece la claridad expositiva.

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