La banalización de la campaña del NO

Con cara sonriente y como si estuvieran llevando a cabo una gesta histórica, estos hermanos menores o hijos políticos de quienes realmente debieron convivir con el autoritarismo en la misma mesa (y que en algunos casos lograron una conveniente relación política con éste), hicieron algo que pocas veces se logra con tanta perfección: caricaturizar lo que querían mantener puro y convertirse en remedos de lo que querían ser.

En su espacio en la franja del Rechazo, rostros relacionados con parte de lo que podríamos llamar la “centroizquierda” chilena salieron cruzando el mítico puente que aparece en la franja del NO a Pinochet en 1988. Su idea era comparar lo que hoy están haciendo, al rechazar el texto constitucional, con la opción que sacó a la dictadura de La Moneda.

Con cara sonriente y como si estuvieran llevando a cabo una gesta histórica, estos hermanos menores o hijos políticos de quienes realmente debieron convivir con el autoritarismo en la misma mesa (y que en algunos casos lograron una conveniente relación política con éste), hicieron algo que pocas veces se logra con tanta perfección: caricaturizar lo que querían mantener puro y convertirse en remedos de lo que querían ser.

No parecían una encarnación de ese orden que quieren inspirar, ni menos los rostros de la democracia y la sensatez, sino más bien una aspiración, una mala imitación, y en el peor de los casos la exaltación del pasado como si fuera una estatua, una obra impenetrable; un mastodonte muerto con el que sacarse fotos.

Sin embargo, ese momento histórico del que todos han sacado provecho- también desde el Apruebo, pero hasta el momento con más pudor- no es repetible ni tampoco idealizable. Al banalizarlo, se le quita todo lo que trae consigo; y no me refiero sólo a lo “épico” ni a lo “pacífico”, que es lo que con el paso de las décadas queda inscrito en la memoria colectiva, sino a las renuncias, a los dolores, a las concesiones democráticas y a los eufemismos que trajo.

Luego de ese 5 de octubre, en el que, como nos han recordado siempre, se recuperó la democracia, no todo fue sol ni menos la alegría consignada en la campaña. Hubo negociaciones de pasillo, acatamiento de ciertas reglas implícitas y explícitas en la institucionalidad imperante, de saludos, risas temerosas, y episodios violentos de un exdictador que aún ejercía poder desde la Comandancia en Jefe del Ejército y amenazaba la débil tranquilidad patria.

A pesar de lo que el panfleto aconseja instalar, la transición democrática no fue un infierno, pero tampoco un tranquilo pasar por un puente en Providencia. Las problemáticas, las controversias y el rearme del país no fue un canto publicitario, sino un proceso que vino con preguntas, cuestionamientos personales de próceres, como también cambios ideológicos de partidos frente al presente por el que transitaban.

Hubo miedo, terror, pero también comodidad con ese terror y acostumbramiento a esa imposibilidad real que, con el tiempo, fue sólo retórica. Por lo tanto, intentar simplificar de manera tan torpe lo sucedido, como siempre, es no sólo un error político, sino también moral; porque todo pasaje trae siempre inconsistencias, derrotas personales, traiciones a lo que se creyó que se era, desvíos y preguntas elementales sobre el ser y sus circunstancias.

Por más que desde ambos lados se pretenda establecer qué fue el NO y lo que vino después, aún no es tan fácil descifrarlo. Hay cosas para enorgullecerse, pero también para ruborizarse. Hubo simbolismos, palabras que se repitieron hasta el cansancio, sin embargo, otras que dejaron de decirse por pánico a que pasara algo; un pánico que es uno de los grandes responsables de todo lo que hemos visto explotar hace tres años de manera incesante.

La historia es compleja, tiene más ribetes que los anuncios comerciales; la campaña del NO es un gran ejemplo: por más que anunciara momentos de alegría infinita, la verdad es que para llegar a ciertos grados de algo parecido a la calma se debió pasar por muchas disyuntivas antes.

Tal vez lo más parecido que hay en este proceso con el del plebiscito del 88 es que una de las alternativas, que no es perfecta, consiste en caminar, bien o mal, hacia otro estado político, con todo lo que eso conlleva, pero con mucho más margen de acción que la otra.

Con el Apruebo se abre un camino que no es necesariamente una meta, sino la puerta hacia otro viaje, hacia otro terreno en el cual encantarse, pelearse con uno mismo y con las decisiones que tomó, o repensarse. O quizás nada de eso. Pero es un camino. Un nuevo y necesario contexto. El que, conociendo las circunstancias culturales y políticas que vivimos, no podía ser de otra forma.

Con el puente que cruzan algunos exconcertacionistas, en cambio, no se llega a ese camino, porque su objetivo supone restablecer no el pasado, sino algo aún peor: la banalización de éste.

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