A 7 años de nuestra Revuelta Popular: ¿lucha de clases?
La oligarquía entiende a la perfección este asunto: El octubre revoltoso fue un enfrentamiento radical entre clases, en el cual los sectores privilegiados experimentaron un profundo y atávico miedo. Así lo ha confesado hace apenas unos días el Ministro Quiroz.
REVUELTAS
A escala planetaria sendas revueltas recorren el globo, lo hacen al calor de las multitudes. Sin operadores profesionales y sin partidos organizadores las revueltas desbordan con creces los alicaídos canales de diálogo entre sociedad y política institucional. Hoy las expresiones de rabia popular que se observan con alta intensidad en Francia, Albania, Argentina y España evidencian un colapso creciente de la fórmula “democrática-liberal” y del ocaso del modo de acumulación capitalista que ha sido llevado adelante a rajatabla a pensar de las destructivas consecuencias que este genera.
Pese a que la intelectualidad cortesana, funcional al mantenimiento del orden vigente, le quita a estas expresiones populares su potencia y entidad política, es posible afirmar que las revueltas sociales son experiencias de la más alta intensidad política, o como diría Ranciere, son la política. Allí se verifican disputas por el tiempo: aquellas que miran e interpretan el pasado y tratan de configurar el futuro. Disputas por la ciudad: aquellas que reflexionan sobre símbolos, espacios y trayectos y que, en la mayoría de los casos, se enfrentan al fenómeno de la desmonumentalización. Disputas por los espacios de enunciación: en las que sujetos históricamente excluidos reclaman la reformulación de las relaciones de poder.
Vamos al grano. Esta intensidad política democrática es posible de entender de muchas formas. Desde una tradición de izquierdas, esta puede ser observada como un episodio más en la larga lucha política de los sectores subalternos contra los poderes oligárquicos. En los registros políticos e intelectuales de las izquierdas, a esos episodios se les ha llamado «lucha de clases».
LUCHA DE CLASES
Tras la caída del Muro de Berlín, las izquierdas quedaron profundamente huérfanas de imaginación política y, por consecuencia, de una estructura conceptual. Luego del “consenso” impuesto entre democracia y neoliberalismo, los sectores transformadores perdieron nociones relevantes como utopía, revolución, socialismo, frente de masas, alienación y lucha de clases, entre varias otras. Esta pérdida de palabras, según Boaventura de Sousa Santos, ha dejado a las izquierdas en un desierto del que nos ha costado escapar.
La imposibilidad de nombrar con conceptos propios, y no con aquellos impuestos por los posicionamientos oligárquicos, va horadando la posibilidad de pensar en y para las izquierdas. En ese registro, evidenciando la necesidad de recuperar nuestras palabras, creo que una idea que debemos rescatar y poner nuevamente en circulación es la de lucha de clases.
Es muy extraña la distancia que la izquierda ha tomado respecto de la lucha de clases. Varias conversaciones en torno a esta categoría parecen deambular en el terreno de la creencia. Hoy, un compañero me preguntaba: «¿Crees en la lucha de clases?». Como si la lucha de clases no fuera una realidad material, una experiencia cotidiana que vivimos a diario los sectores populares.
Si bien la lucha de clases ha estado tradicionalmente ligada al proletariado como sujeto histórico de la transformación social, en el siglo XXI y a propósito de las profundas transformaciones estructurales que enfrenta el capital, es posible pensarla desde un marco más amplio que el propuesto originalmente por la tradición marxista. La clase no puede comprenderse únicamente como una vanguardia organizada, dotada de un profundo proceso de politización y articulada en torno al partido y a las categorías políticas propias de la modernidad. Es necesario pensar la clase también como una multitud inmanente que desborda los presupuestos teóricos, las dimensiones orgánicas y representacionales de la política moderna.
En ese sentido, el octubre chileno constituye un episodio más en el que la lucha de clases se desplegó masivamente, haciéndose visible en las calles y desbordando los cauces habituales de la política del Estado. Sin embargo, la lucha de clases no se agota en esos momentos de irrupción colectiva: permanece en curso, no se circunscribe a un tiempo determinado ni conoce tregua, sino que acontece sin descanso en las vidas cotidianas, que enfrentan a diario el “cafisheo” del sistema capitalista, como ha dicho Suely Rolnik.
COMPRENSIÓN
La oligarquía entiende a la perfección este asunto: El octubre revoltoso fue un enfrentamiento radical entre clases, en el cual los sectores privilegiados experimentaron un profundo y atávico miedo. Así lo ha confesado hace apenas unos días el Ministro Quiroz.
Al saber de lo que un pueblo es capaz, las derechas han tratado de tergiversar la historia mediante interpretaciones diversas que tienen por objeto borrar este hito de la historia de los sectores populares, ya sea escondiéndolo o machacándolo por completo. El ejercicio consiste, en definitiva, en destruir su potencia democrática, sometiéndolo al marco ramplón de una violencia anómica.
La tergiversación histórica se libra en varios frentes. En el campo académico e intelectual la oligarquía ha construido robustas infraestructuras de guerra camufladas en supuestos “centros de estudios” que tienen casi por objetivo único ofrecer lecturas sobre nuestra revuelta. Así lo muestra la producción editorial e intelectual de espacios como Libertad y Desarrollo, Fundación para el Progreso y el Instituto de Estudios de la sociedad, entre otros. Allí, Pablo Ortuzar, Daniel Mansuy, Josefina Araos han logrado confeccionar una extensa batería de diatribas que se repiten en los espacios en los que sus jefes los mueven. A nivel mediático el asunto resulta escandaloso. Tan escandaloso que incluso Carlos Peña lo ha hecho notar. Las posiciones editoriales de El Mercurio, Ex Ante, T13 Radio y el ecosistema digital que amplifica, comparten inequívocamente el mismo registro al abordar la revuelta. Pasan de decir que fue el acto de violencia más abyecta que ha conocido la historia de Chile a decir que quienes nos movilizamos en octubre y seguimos valorando su potencia democrática “somos un puñado de esquizofrénicos”, como ha dicho la dupla Álvarez. Alan y Rodrigo.
En el escenario político institucional el asunto no requiere mayor detalle para que se comprenda. Kast y compañía han utilizado la gramática del “nunca más” ligada simbólicamente a las violaciones a los derechos humanos, para condenar la revuelta. Ha dicho: “Esperamos que eso no se vuelva a repetir nunca más» Los partidos oficialistas durante las últimas horas presentaron una declaración pública titulada: “Chile sin violencia: Un compromiso por la Paz” en el que declaran que el desborde popular no fue más que un hito violentista.
Como sea, la oligarquía ha entendido a la perfección la entidad de nuestra revuelta. Comprendieron lo grave que es para sus intereses la existencia de estos momentos democráticos, en los cuales los marginados y excluidos sienten que pueden transformar las relaciones de poder opresivas con las que cargan. Es por esa razón que las derechas actúan de forma obsesiva frente a octubre, su propósito principal es desmembrar la memoria rebelde que allí habita.
DESAFÍOS
Resistirse a toda esa gramática no es una tarea sencilla, pero sí urgente. Las izquierdas tenemos un doble desafío frente a una nueva conmemoración de esta fecha. Por una parte, hacerle saber a la oligarquía la persistencia de las rabias populares que dieron curso a las protestas masivas, por otra, avivar los ánimos revoltosos que, históricamente, han acompañado las largas luchas de los pueblos y sus aspiraciones de transformación. Daniel Mondaca y Jaime Bassa me recuerdan que esa es, en parte, nuestra tarea histórica: una que nos trasciende y que no tenemos derecho a abandonar.
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