Opinión

Mega y la obsesión por el penthouse: cuando las teleseries se olvidan de la gente real

En ninguna de estas tres telenovelas hay siquiera un problema cotidiano del Chile actual. No existe la gente de población, el trabajador de sueldo mínimo o la clase media real. Nadie anda micro o metro. Nadie tiene que hacer la bicicleta para llegar a fin de mes.

Crecí viendo las teleseries con mi familia, sentados a la mesa en plena hora de once, comiendo pan con palta o tomando té calentito, mientras esperábamos que dieran las ocho para después irnos a acostar porque al otro día había que levantarse al colegio.

Bastaba con escuchar los primeros acordes de la música para que a uno le cambiara el cuerpo: “Caradura” (interpretada por Yuri), sonando para abrir Amores de Mercado, o “En el camino”, de Alberto Plaza, marcando el inicio de Romané. Con apenas 7 años, yo se las cantaba a mi mamá y le preguntaba quiénes eran esas personas que leían la suerte y vivían en carpas; o reflexionaba en la vida sin raíces de los artistas del Circo de Las Montini, pensando, con la inocencia de un cabro chico, que esa vida era divertida porque no iban al colegio. Después salieron otras joyas imprescindibles, como La Fiera y Pampa Ilusión.

Poner Amores de Mercado era abrir una ventana gigante al alma de Chile. Ese terminal y el Mercado Central representaban cada rincón de nuestro largo país, identificaban a cada puerto, a cada familia pesquera y a todos aquellos que hacen su vida, comprando, trabajando, sol a sol, día a día. No era solo entretenimiento: era aprender que existían otros grupos diferentes al nuestro, oficios y rubros desconocidos, y reflejarnos en algo tan vivo y popular.

Hoy en día, las cosas son muy distintas. Veo las teleseries nocturnas de Mega —Los Casablanca, Reunión de Superados y la reciente Prohibida Obsesión— y, por más que me entretengan, me falta algo, ese no sé qué, ese algo que me permita conocer experiencias nuevas.

Y me pregunto, ¿qué nos queda de Chile para mostrar en la tele? La vida está cada día más cara, la gente no llega a fin de mes por los bajos salarios y la cesantía y, tal vez, nos moriríamos de pena si viéramos en las teleseries la realidad: gente con dos o tres trabajos monótonos, que así y todo no logra pagar las cuentas y costea el supermercado en cuotas con la tarjeta de crédito. Es más cómodo refugiarse en las burbujas ABC1 para evitar reflejar el malestar de la calle.

Ahí tienes el ejemplo de Los Casablanca, instalados en un gran imperio viñero, moviendo fichas por herencias y dramas de alta alcurnia donde todo gira en torno al lujo. O Reunión de Superados, que nos mete de lleno en las tensiones de apoderados de un colegio exclusivo: familias que pagan mensualidades en UF, dueños de gimnasios o gerentes, donde los grandes problemas ocurren entre clubes deportivos y barrios acomodados.

Y qué decir de la tercera en discordia, Prohibida Obsesión, que muestra los afanes del clan de Hernán Arizmendi, un empresario setentón, líder del mundo corporativo, y de su círculo íntimo. Una de las principales historias es la de su yerno, Luciano, un arquitecto consagrado con grandes proyectos inmobiliarios, cuya empresa no se cae por un socavón, sino por una infidelidad: el gran castillo de esta familia acomodada se derrumba únicamente por el miedo constante de Luciano a que se descubra su desliz amoroso.

Yo sé que las pasiones humanas y las crisis de pareja entretienen, pero en ninguna de estas tres telenovelas hay siquiera un problema cotidiano del Chile actual. No existe la gente de población, el trabajador de sueldo mínimo o la clase media real. Nadie anda micro o metro. Nadie tiene que hacer la bicicleta para llegar a fin de mes. Nadie tiene dos trabajos o se llena de impotencia porque le robaron el celular, que ni siquiera ha terminado de pagar.

Una teleserie con este enfoque puede ser. Pero Mega, el canal que tiene el monopolio absoluto de las producciones dramáticas en el país, ya acumula tres producciones seguidas bajo la misma receta de mostrar los avatares del 1% y eso nos obliga a reflexionar: si las teleseries nacionales se olvidan de hablar del país real, ¿qué las diferencia de cualquier catálogo de plataformas como Netflix, Prime o Disney?

Y lo más importante: ¿dónde están las historias del verdadero Chile de 2026 o solo los ricos lloran?

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

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