Metro revuelto: No son 30 pesos, son 30 años
A siete años del estallido social, el autor reflexiona sobre el Metro de Santiago como símbolo de la modernización capitalista chilena, su papel en la revuelta de octubre de 2019 y las tensiones sociales que, a su juicio, persisten hasta hoy.
Metro revuelto: No son 30 pesos, son 30 años
1.- Modernización capitalista
El 24 de Octubre de 1968 el gobierno de Eduardo Frei Montalva firmaba el decreto que da nacimiento al Metro de Santiago. Durante el gobierno de la Unidad Popular las obras continuaron hasta terminar el primer trayecto en 1975 (que iba desde San Pablo a La Moneda) durante los primeros años del terror dictatorial. Sugerente es el hecho que el Metro atraviese no solo gobiernos (Demócrata Cristiano, Unidad Popular y Dictadura) sino regímenes diversos (un orden constituido por el pacto oligárquico de 1925 al del pacto 1980-2006). El Metro de Santiago, impoluto, intachable, no deja de funcionar como si estuviera abstraído de las contingencias históricas y operara más allá de cualquier crisis política. Su funcionamiento opera cual fuerza natural, rutina incapaz de ser interrumpida: el Metro se erige, pues, como un proceso de modernización cuya ilusión consiste en devenir totalmente independiente de la historia y la política.
Todo puede estar en llamas, pero el Metro estará en operaciones, todo podrá hundirse, pero el Metro no perderá jamás su eficacia. Metro será, pues, el signo de la modernización capitalista de Chile, aquello que distingue a la capital chilena de las otras capitales latinoamericanas. Metro es procedimiento infinito, operación maquinal sin fin.
Más allá de la “Revolución en Libertad” de Frei Montalva, de la “segunda independencia de Chile” propia de la Unidad Popular o del terrorismo de Estado desenvuelto por la dictadura desde 1973; el Metro de Santiago constituye el axioma de tres proyectos modernistas que no sólo nunca le pusieron en cuestión sino que lo promovieron intensamente.
Signo de la modernidad capitalista, el susurro de su paso se deja oír entre las rejillas emplazadas sobre las calles, como un suspiro de la tierra, una bocanada de aire caliente que la maquinaria debe expulsar cual volcán que late bajo el cemento. Día tras día, sin parar, la ráfaga que sale entre las rejillas pareciera ser la respiración y sudor colectivos de miles y miles de trabajadores que, día tras día y sin parar, son transportados a lo largo y ancho de la ciudad.
Sin embargo, una pequeña seña tensiona esta imagen triunfal: en el decisivo documental “La Batalla de Chile” del recientemente fallecido director Patricio Guzmán se deja entrever, quizás de manera involuntaria, sin necesidad una intención de por medio, cómo una de las tantas protestas en las calles santiaguinas (protagonistas del documental) se desencadena sobre las zanjas de la construcción de Metro abiertas. Estas últimas no son más que los personajes secundarios, los “extra” apostados en el filme, emplazamientos de lo que llamaremos el “paisaje” en el que vida y mundo comparecen. En ese instante, el lente de Guzmán capta las protestas en el que vuelan piedras; piedras que provienen del sutil paisaje apostado a un costado.
¿Acaso no habrán venido de la construcción emplazada, de la tierra excavada por el proyecto del Metro? Como si en algún momento de la intensa historia nacional la vida de la multitud se cruzara con la vida del Metro, como si la política pudiera trastocar el ficticio límite entre técnica y política, en la medida que la primera debía permanecer completamente inmune a la segunda. Leve momento de promiscuidad donde la piedra emerge desde los subterráneos hacia la superficie de la ciudad bajo la potencia de la protesta y la ferocidad del momento histórico abierto.
2.- Plaza Italia
Mitad de Chile, porque mitad de Santiago de Chile, la llamada “Plaza Italia” no fue otra cosa que un punto de inflexión de la ciudad. Referencia espacial del emplazamiento urbano, en el que se distingue entre el arriba y el abajo, entre clase alta y clase baja, a través del contenido y distribución de sus monumentos, las jerarquías urbanas emplazadas, las divisiones sociales cristalizadas. Dos elementos son en este sentido fundamentales: en primer lugar, cómo el nombre popular de dicho espacio jamás coincidió con el nombre oficial otorgado: Plaza Baquedano fue siempre remitida a Plaza Italia, el nombre militar al nombre civil, el nombre venido desde “arriba” fue desplazado por el nombre venido desde ”abajo”.
Un pequeño monumento, curiosamente dedicado a las ciencias donado por la embajada italiana y apostado al costado norte de la escena, da el nombre “Plaza Italia” frente a la centralidad que adquiere el monumental general Baquedano apostado -hoy bajo muros que sintomatizan la persona non grata de su estatua y, a la vez, la fragilidad con el que el poder dominante pretende inmunizar sus signos. El desplazamiento del nombre, el hecho que el nombre popular no calce con el oficial -así como ocurre hasta el día de hoy con la Alameda versus Avda. General Bernardo O ´Higgins- exhibe el hiato, el interregno de la lucha de clases.
Los generales no son bienvenidos en las calles, pareciera ser el mensaje popular, mientras el oligárquico insiste en ponerlos ahí para vigilarlas, atormentarlas, disuadir a quien ose sublevarse. La entrada de Mistral aquí, cuya cartografía se emplaza después de la revuelta popular de Octubre de 2019, no modifica mucho el paisaje patriarcal y bélico ahí donde el poema con el Mistral se expone es precisamente “Todas íbamos a ser reinas”. Sus versos dan cuenta del desencanto, quizás, la derrota de un feminismo, el fin de una promesa, cuyo cuerpo -a contrapelo de Mistral misma, siempre díscola, siempre imposible de calzar con el ordenamiento chileno- termina puesto bajo la vigilancia de la atenta mirada de Baquedano que se apropia de él como el único Rey. La estatua de Mistral parece condecorar a Baquedano antes que destituirlo en su monumental y renovada presencia.
En segundo lugar, que se sigue del primero que acabamos de señalar: la restitución del espacio urbano de “Plaza Italia” implicó el borramiento del espacio ganado por la revuelta popular de Octubre de 2019, de sus grafitis, de sus hazañas, de la memoria de sus muertos. Borramiento consolidado con Baquedano y matizado por la obturación con la que opera Mistral en ese empalme que permite clausurar lo que la multitud había abierto, el espacio urbano fue expropiado a la multitud una vez que ésta lo había ganado con su revuelta cuyo efecto más decisivo ha sido mantener, sino consolidar, la triple jerarquía de la división social chilena: arriba las grandes corporaciones con el otrora edificio de la CTC, al medio los militares con la mirada vigilante y amenazante sobre el pavimento y la circulación y, en los subterráneos de la ciudad (como si todos los ciudadanos estuvieran aún condenados al paradigma minero), ahí donde llega el Metro de Santiago, la multitud que llega y se va sin parar. El cielo de las corporaciones, la superficie de los militares y los subterráneos de los ciudadanos. He aquí la singular división social de Chile, la cartografía de clases que cada día se intensifica.
El cielo de las corporaciones, la superficie de los militares y los subterráneos de los ciudadanos. He aquí la singular división social de Chile, la cartografía de clases que cada día se intensifica.
3.- Metro
“No son 30 pesos, son 30 años” fue la consigna con la que los estudiantes secundarios se tomaron el metro durante semanas saltando los torniquetes a partir de la profanación del término “evade” que había sido usado para acusar a los grandes grupos financieros de que evadían impuestos. Los 30 peses de alza del Metro condensaron, así, los 30 años de modernización capitalista. La revuelta no podía sino iniciar en el Metro de Santiago a propósito del pasaje, aquella promesa de integración que, con su alza, cada vez parecía más lejana.
La mirada sobre la revuelta popular de Octubre de 2019 no ha abordado el sentido del Metro de Santiago más allá de las paranoias de izquierdas y derechas, acerca de “quien quemó el Metro”. La misma pregunta acerca del “quien” ya decide la presencia de un sujeto, sea la “policía” infiltrada o los “anarquistas” organizados. La cuestión de fondo: posiblemente la mayor injuria cometida por la revuelta popular de 2019 fue la destitución de los monumentos. Entre ellos, el más importante no fue el del General Baquedano sino el del Metro de Santiago en la medida que éste incumplía su promesa de integración social y se sumaba al coro de los oligarcas e el gobierno.
Quizás, la mayor injuria de la revuelta fue haber destituido al monumento de la modernización capitalista, al signo del supuesto “progreso”, la máquina que no debía ser jamás interrumpida, nunca destruida. Lo imperdonable de la revuelta, desde el punto de vista de las coaliciones políticas pero, sobre todo, desde la mirada de su oligarquía, fue haber quemado el Metro. Pero, al revés: lo imperdonable del Metro fue haber alzado el pasaje y excluir así a la multitud.
Pero, al revés: lo imperdonable del Metro fue haber alzado el pasaje y excluir así a la multitud.
Como en la película Duna, el Metro que se arrastra por debajo de la ciudad como ese gusano gigante sin que nada lo detenga fue, sin embargo, detenido. Incluso transgredido en sus reglas vía el “evade” y quemado. Quizás, sea el momento de abandonar paranoias y volver sobre Lope de Vega: ¿qué ocurriría si, en rigor, no hubiera ningún “sujeto” “detrás” de la quema del Metro sino tan sólo la superficie de la potencia popular, el hecho de que sin nada ni nadie “detrás” los pueblos si pueden quemar el Metro, si tienen capacidad de violencia, si logran ejercer la fuerza suficiente para interrumpir a la máquina? Podríamos parafrasear con Lope de Vega: “¿Quién quemó el Metro en el 18-O? ¡Fuenteovejuna señor!” Que sea “Fuenteovejuna” significa que fueron todos y nadie, a la vez. Que fue la potencia común abierta por la propia revuelta, su intensidad, su rigor, en último término, su justicia. Si acaso en ella resuena -porque aquí no hay más que ritmos y resonancias- que el Metro de Santiago es la gran galera donde la masa trabajadora chilena es enviada a su sacrificio.
De esta forma, la revuelta popular de Octubre no podía sino quemar el Metro si lo que estaba en juego no era sino el enjuiciamiento popular de la “modernización capitalista” chilena. Punto clave: las masas sublevadas emergieron desde los subterráneos del Metro hacia la superficie de la ciudad, tal como trasluce la seña en la “Batalla de Chile” de Patricio Guzmán. Desde los subterráneos a la superficie, desde la tierra hacia el cielo, desde abajo hacia arriba; esta fue la fuerza expansiva de la revuelta durante Octubre de 2019 que paralizó al país completo pero, sobre todo, a la violencia del capital y su modernización neoliberal.
Sin embargo, a 7 años de tal acontecimiento no encontramos con una fuerza exactamente inversa. La fuerza expansiva abierta por el 18-O fue transformada en una fuerza intensiva que, en vez de interrumpir el flujo del Metro, terminó siendo avasallada por él: es el caso de los suicidios. No se trata de un asunto menor que pueda ser despachado como un factor “estacional” ni ser abordado solamente de manera “psicologista”; como si fuera responsabilidad de los problemas psicológicos de quien se suicida o, incluso, como si dichos “problemas psicológicos” fueran sólo individuales y jamás de relaciones o afectos. Mas bien, habría que mirar estos suicidios -justamente los que han tenido lugar en el Metro de Santiago en los últimos 2 años y no en otro lugar- como un momento de reflujo de la revuelta popular de Octubre de 2019, proceso en el que la fuerza expansiva es quebrada y transformada en una fuerza intensiva.
“Fuerza intensiva” significa aquí, la singularidad de un cuerpo que ha sido cercenado de sus lazos comunes y, por tanto, expropiado de su potencia que le reduce a un cuerpo cadaverizado. Tal cuerpo retorna al subterráneo no para quemar al Metro sino para ser avasallado por él. El suicidio habría que verlo, entonces, como la restitución del triunfo de la “modernización capitalista” que, en esta nueva fase de seguridad y guerra civil liderada por Kast, restituye la eficacia del Metro de Santiago en la que los muertos irrumpen sólo como una falla transitoria que debe ser quitada del camino para restituir la operatividad sin fin del transporte.
Los alegres afectos de la revuelta que irrumpieron en su potencia destituyente, dieron lugar a la total desafección de cuerpos arrojados, hoy, a la masiva masacre del capital. Restos de una revuelta aplastada que cometió la máxima injuria de revocar los monumentos que glorificaban el triunfalismo oligárquico.
El suicidio deviene cenizas de un masivo momento erótico de la política que hoy se vuelve violentamente contra sí: donde hubo mundos ahora no hay nada más que desierto, donde hubo imaginación, no hay más que procedimiento. Kast es el nombre que pretende acelerar al Metro de Santiago, volverlo más agresivo aún, más indiferente y desafectado respecto de los miles de cuerpos que lo pueblan todos los días y que, a pesar de todo, estén siempre a punto de estallar.
Kast es el nombre que pretende acelerar al Metro de Santiago, volverlo más agresivo aún, más indiferente y desafectado respecto de los miles de cuerpos que lo pueblan todos los días y que, a pesar de todo, estén siempre a punto de estallar.
18 de Octubre de 2019
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