Alguna vez hubo una Revuelta
Alguna vez hubo una Revuelta. Y bien vale decirlo y recordarlo a la luz de un presente sin nombre y de un futuro sin esplendor que no solo acecha, sino que y sobre todo, quema.
A Jorge Balbontín y su tren al sur
No es fácil avanzar –al menos para mí no lo es– en un ejercicio de escritura que pueda, deba o intente decir algo sobre Octubre de 2019; ir derecho al acontecimiento. Primero, porque ¿se podrá “ir derecho al acontecimiento”, es decir a lo inanticipable? ¿a aquella intensidad descomunal que llega por la espalda y que el ojo no alcanza a registrar? ¿al propio devenir precipitado que nunca tuvo espacio ni tiempo por más que hoy muchos hagan caja, definan las secuencias sociológicas o se restauren a sí mismos en el precepto cognitivista de que “sí lo vimos venir”?
Hace unos pocos días, en un programa radial, el liberal contra-Revuelta más conspicuo, el rector Carlos Peña, volvió con el estribillo de la anomia, el malestar y de que solo se trató de un movimiento de “jóvenes tontos”, con una arrogancia intelectual tan curatorial como mímica, repleta de gestos pastoriles y citas a autores para darle más soporte a su fraseología canónica y “extra-moral”.
No, no es fácil escribir. Porque la Revuelta solo es posible re-visarla desde un hoy que ya no dispone de la irrupción y la desarticulación, en ese justo y único momento, de lo que por décadas –sino siglos– en Chile se normalizó: los abusos a todo orden, el desmadre neoliberal, “la noche de los proletarios”, la progresiva y al final dramática ruptura de un tejido social que, con todo, terminó por pulverizarse y transformar a un país en una suma incoherente de islotes; uno que devino en números de afiliación a las ISAPRES o a las AFP’s; un dispositivo con una gran agilidad para moverse en el mundo pero mórbido en su estructura interna, en nauseabundo de vitrinas.
Un planeta sin órbita, fractal en su epopeya aspiracional y lugar singular para la diseminación de la tristeza de un sujeto residual, al decir de Jean-Luc Nancy, de la disolución de la comunidad. Y, tal vez, un país inefable. Entonces el gran drama de no poder decir lo que somos porque en suma no somos o dejamos de ser; un país sin diégesis, sin trama más allá del populismo securitario y el mesianismo económico.
No, no es fácil escribir. No lo es porque se entronizó el mantra de que el “Estallido envejeció mal” ¿Puede envejecer el acontecimiento? ¿tiene “mal lejos” la descoincidencia feroz que hizo que un país y su historia de pactos, permutas y transas se haya replegado –por un instante– dando paso a la dislocación vuelta Revuelta? ¿se curte la piel de lo que nunca se advirtió y que hoy se objetualiza bombeando datos y guarismos que son toda la hermenéutica posible de un grupo humano que, por un parpadeo de tiempo, experimentó lo inexperimentable?
Esto es, la reunión aleatoria de intensidades libres que en su querella sin planificaciones fue capaz de capturar todo eso inefable y volverlo discurso sin palabra política gestionada por partidos o intereses folclóricos ¿No fuimos, todas y todos, testigos de significantes infinitos pero precisados en el tope de lo indescriptible? ¿no vimos acaso que lo que pasaba no era sino descifrable en la resuelta rebeldía de quienes nada tenían que perder y que sintieron, ahí mismo, en el perímetro del gran accidente, que por primera vez en nuestra larga faja de abusos lo imposible tenía una opción?
No, no es fácil escribir. Porque de alguna manera el momento anárquico (no en el sentido de desorden ni de destrucción donde pretende ser encapsulado por todos los sectores políticos sino, como lo escribe Catherine Malabou, como plasticidad; es decir como toma y abandono de múltiples formas que no tiene por destino más que el desencadenar la diferencia), el sentimiento colectivo respecto de la cancelación institucional nos volvió, asimismo, plásticos. Nunca se trató de que todas las formas de lucha eran válidas sino de que todos los márgenes eran válidos; todas las discriminaciones devenidas pulsiones creadoras eran válidas; todo otro mi propio reflejo y todo reflejo lo propio del otro.
Así, en la emergencia de lo indecidible, la gerencia de la historia de “los herederos” –como el libro de Pierre Bourdieu– tuvo una hendidura, un paso en falso que permitió la grieta por la que se filtró “lo monstruoso”, como lo escribió Jacques Derrida: lo indescriptible o irrepresentable que no tuvo más estética que la multiplicidad alternando en un solo tiempo y un puro sobresalto que hizo estallar, justo, esa “inveterada soberbia” de la que hablaba Nietzsche en su Zaratustra; soberbia ígnea, ínsita en la tradición pactista/notarial de un país que siempre supo cómo reproducir sus élites cediendo algo de pan y algo de circo a una población, hasta ese momento, subalterna pero en la cual se alojaba el riesgo del grito de otra historia, esa mundana, sinuosa, metáfora de lo aleatorio que había perdido el miedo cuando dio con la línea de fuga común.
Y no podía ser de otra forma, era Revuelta o no era, aunque no lo supiéramos. Y a seis años de ese magma social desperdigado por las calles de todo Chile, del momento del encuentro y de lo asombrosamente diverso que éramos –y que no lo sabíamos porque siempre la diferencia estuvo cubierta por el proverbio del mercado y por nuestra genética neoliberal químicamente pura– vuelven las prédicas del odio, la democracia de la tachadura, la narración de una oligarquía que venera a la globalización en tanto le tribute, pero la niega cuando del desplazamiento humano que lleva adherida se trata, por ejemplo.
Y otra vez todo es seguridad y crimen y xenofobia y racismo. Sociedad allanada. Y los feminismos se acallaron, y a las luchas del pueblo Mapuche y de todos los pueblos de Chile se les bajó el volumen y la intensidad; se exiliaron del cotidiano los discursos que defendían el planeta de la destrucción humana y, al fin, las disidencias pasaron a la hibernación mientras nosotros escribimos en momentos en que el horror se anuncia sin complejos; en el que todo tiempo pinochetista siempre fue mejor; un instante de largo aliento en el que el Estado es un cuerpo sodomizado por “parásitos”.
Palabras y torsiones fascistas que traen de vuelta tantos miedos, tanta deshumanización y superioridad ni siquiera moral, sino biológica: “ellos los parásitos, nosotros los humanos”. Primero se denigra al cuerpo verbalmente, después las metralletas acaban con él.
Es difícil escribir. Pero hay alternativa, no a la tempestad que se nos avecina, pero sí para resistir en la memoria, no por ella ni sobre ella, sino en ella. Como lo escribe Didi-Huberman: “Tomar posición es desear, es exigir algo, es situarse en el presente y aspirar a un futuro. Pero todo esto no existe más que sobre el fondo de una temporalidad que nos precede, nos engloba, apela a nuestra memoria hasta en nuestras tentativas de olvido, de ruptura, de novedad absoluta” (Ante el tiempo: Historia del Arte y anacronismo de las imágenes, 2011, p. 11).
Alguna vez hubo una Revuelta y una multitud puso en órbita todas las querellas imaginables e inimaginables. Aunque hoy todo sea obsolescencia y pareciera que se tratara solo de un pasado plagado de fantasmas. Sin embargo, los fantasmas hablan y deambulan junto a nosotros, mueven cosas.
No están muertos ni desaparecidos; reaparecen insinuándose desde su ética espectral ¿Cuánta responsabilidad tenemos con aquellos fantasmas cuya voz se resiente como un eco callejero y caleidoscópico? ¿Cuánta memoria y justicia le debemos a los ojos mutilados? ¿Cómo explicar que el reducto de Octubre nunca fue la violencia sino la emancipación, fugaz, de lo periférico y lo olvidado?
Alguna vez hubo una Revuelta. Y bien vale decirlo y recordarlo a la luz de un presente sin nombre y de un futuro sin esplendor que no solo acecha, sino que y sobre todo, quema.
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Que buena columna y crudo análisis!!