Opinión

Que nadie entienda lo que lee

Si los partidarios del Rechazo sostuvieron que el texto era “malo” es porque presuponen que el mentado “pueblo” habría leído bien la propuesta constitucional, dado que ésta era rotundamente “mala”. Por su parte, el discurso progresista que comenzó a humillar al pueblo por su decisión de no aceptar su texto tan avanzado, creyó que éste se erigía como la voluntad general de Rousseau y que, como tal, leía “conscientemente” el texto descifrando perfectamente su “bien”.

Hace décadas se nos dice que la mayoría de la población chilena no “entiende lo que lee”. Que los resultados del SIMCE resultan preocupantes, que se escribe mucho libro, pero, paradójicamente, se lee poco y nada. Pues bien, la pregunta que quisiera plantear y que no remitirá a un asunto puramente educativo, tal como florece en el desgastado discurso progresista, sino a un problema agudamente político, tiene que ver con ¿qué se presupone cuando se dice que “no se entiende lo que se lee”?

Ante todo, se presupone que el texto que se lee escondería tras él un determinado significado. Coherencia interna que estaría dada y que bastaría una “buena lectura” para descifrarla. El texto, por tanto, no se dispone a ser reescrito por cada lectoría, sino que se aparece como si fuera depositario de un significado invariante cuya “buena lectura” –una “buena lectura” que no se sabe muy bien qué podría ser y cómo se debería realizar- promete alcanzar. Así, el discurso ilustrado, cuya expresión agónica pervive en el actual progresismo, no deja de repetir, todos los años, de modo tan mitológico como se repite el supuesto “mal” contra el que el progresismo se opone, que la “gente no entiende lo que lee”.

Propongamos dos escenas:

La primera: cuando algunos prepotentes vencedores del Rechazo dicen que el texto se habría “rechazado” simplemente porque “era malo”, o cuando algunos –también prepotentes defensores del Apruebo denostaron al pueblo por, supuestamente, votar contra sí mismo, presuponen que el texto de la propuesta constitucional dirimido en el plebiscito de salida portaba un significado inmediatamente inteligible y transparente.

Si los partidarios del Rechazo sostuvieron que el texto era “malo” es porque presuponen que el mentado “pueblo” habría leído bien la propuesta constitucional, dado que ésta era rotundamente “mala”. Por su parte, el discurso progresista que comenzó a humillar al pueblo por su decisión de no aceptar su texto tan avanzado, creyó que éste se erigía como la voluntad general de Rousseau y que, como tal, leía “conscientemente” el texto descifrando perfectamente su “bien”. Para ambos el sentido del texto aparece como si escondiera un significado pleno que solo una buena lectura podría encontrar: para los vencedores del Rechazo, la decisión plebiscitaria mostraría que el pueblo entendió perfectamente que el texto era “malo”, para los vencidos del Apruebo, la decisión plebiscitaria del 4 de septiembre generó una discordancia cognitiva que fue explicada, de manera fácil, como un efecto de las “fake news”.

Presuponiendo, además, que las llamadas “fake news” eran algo novedoso y olvidando que jamás el progresismo invirtió en una ley de medios y en la creación de otros medios diferentes a los del oligopolio mediático prevalente; sin recordar si quiera, que la oligarquía siempre ha gastado buenas sumas en publicidad ideológica (desde Portales con El Hambriento y otros pasquines hasta los dineros de la CIA dados a Frei y a la derecha durante el gobierno de Allende para derrocarlo).

La segunda: cuando se produjo el escándalo “tesis” en la facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, fue increíble cómo la gramática algorítmica fagocitó plenamente toda la posible escena de lectura y cómo ello se expresó en la reproducción incondicionada de la “condena” en cuanto ésta “tesis” supuestamente hacía “apología a la pedofilia”. No hubo discusión, no hubo crítica sino reproducción de un algoritmo que hablaba por doquier, generando la misma operación que aconteció a propósito del resultado plebiscitario del 4 de septiembre de 2022: la tesis parece contener un solo significado y bastaría con leerla bien para darse cuenta que no era otra cosa que una “apología a la pedofilia”: el cliché que marca el modo de leer, resulta confirmado por el propio lector en una tautología más que evidente pero que todos los doctorados, jerarquías académicas, rigurosidad científica e, incluso, prestigio institucional, pareciera que no pudo detener. ¿Por qué no pudo? Justamente, porque nunca se trata del “saber” sino siempre de “ética”, el lugar en el que se puede decir “no” y la sutura discursiva podía haber sido interrumpida.

En este sentido, quizás porque el liberalismo es ante todo una teoría moral antes que política, fueron algunas voces liberales quienes pusieron un mínimo disenso, obviamente ignorado por la avalancha mediática que decía que el texto evidentemente era una “apología a la pedofilia”. Así, la única respuesta posible era y fue la condena, la introducción de sutiles mecanismos de autocensura, el silenciamiento, vía el conjunto de voces condenatorias, de la discusión profunda acerca de la materialidad de la propia Facultad, la Universidad, el país.

Así, las dos escenas, aparentemente diversas son operaciones que funcionan en base a un mismo presupuesto: que un texto conserva consigo un significado que puede ser inteligido de manera transparente si es que “leemos bien”. Pero entonces, todo consiste en preguntar ¿qué significa leer bien? Y si tamaña cosa –“leer bien”- es algo eventualmente posible o realizable.

Para la primera y segunda cuestión han existido respuestas históricas: la teología en el primer caso: el texto conserva un solo significado que, aplicando los preceptos dogmáticos precisos podemos inteligir perfectamente; la ilustración en el segundo caso: la “razón” podría ser cultivada con la educación y si educamos bien, entonces tendremos ciudadanos que leerán bien, es decir, comprenderán el sentido último del texto, su significado invariante que no se da en lo inmediato sino justamente en la mediación institucional de la educación. De esta forma, esa ilustración se revela estructurada por la teología puesto que, en ambos, se presupone que un texto porta un significado “oculto” que puede ser comprendido plena y transparentemente porque pareciera ser un significado invariante, incrustado antes de cualquier lectura.

Así, la cuestión que habría que preguntarse es si efectivamente leemos cuando leemos o, al menos, qué leemos cuando leemos; incluso: ¿qué significa el leer mismo cuando decimos que leemos? Sostengo que habría que no habría que contar con el presupuesto, común a la teología y al espíritu ilustrado, según el cual, el significado de un texto está disponible para un lector que sepa leer, sino volver sobre la fórmula “nadie entiende lo que lee” pero ya no como una anomalía o una falta de disciplina lectora, sino como una estructura de toda forma de escritura y de lectura. “Nadie entiende lo que lee” sería una suerte de principio que definiría a toda lectura democrática, puesto que, sólo dicho principio nos permitiría rechazar la idea de que cada texto portaría consigo un significado invariante y pleno que sólo aquél que supiera leer podría efectivamente leer. El principio: “nadie entiende lo que lee” destruye la jerarquía de aquél que “sabe” leer el texto respecto del que supuestamente “no sabría”: la diferencia entre el que sabe y el que no sabe, entre el colono y el colonizado, entre el que conduce y el que supuestamente no puede, queda totalmente desactivada si admitimos que “nadie entiende lo que lee”.

¿Por qué cada práctica de lectura implica una imposibilidad intrínseca de lectura? Porque cada texto se dispone siempre como un texto porvenir en la medida que no tiene un significado intrínseco sino siempre abierto a su propio devenir que se arma con las propias lectorías que, como sabemos, no son neutras, sino que estarán siempre en disputa. Justamente, las dos escenas señaladas expresan la sutura del discurso porque consuman la premisa exactamente contraria: “sabemos qué leemos cuando leemos”. Y esa sutura, también puede tener un nombre menos decoroso: neofascismo.

Pero entonces ¿qué leemos cuando leemos? Justamente el significado que no hay el que siempre podrá ponerse en cuestión porque no está jamás presupuesto en el texto como un principio irrebatible e invariante. Solo así es posible pensar en un ethos democrático en la medida que que nadie se erige dueño de una lectura, ésta última no es más que una experiencia común que no acontece en el vacío, sino en una trama específica de relaciones de poder que harán de cualquier texto uno que jamás podrá agotar su significado en sí mismo. Así, lo que habitualmente el moralismo domesticador (sea el teológico o ilustrado) enuncia como patología de nuestra sociedad (el que “la gente no entiende lo que lee”), en realidad deberíamos asumirlo como un principio materialista de carácter irrenunciable: somos siempre infantes, no entendemos lo que leemos, por eso leemos, solo por eso.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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