Kast y su 11 de septiembre
Este 11 de septiembre se viene con todo: rodeo, amantes de las armas, fuegos artificiales, góndolas macabras iluminando el Mapocho (ahí mismo donde, luego de balearlos, arrojaban los cuerpos) y una que otra cañita de un buen Whisky añejado de 15 años sorbeteado al calor de una tonada tipo “El patito chiquito”.
Recuerdo haber escrito, para los 50 años del Golpe, que el 11 de septiembre era –como fecha inflexiva, con rasgos de acontecimiento, enajenada en su violencia y densamente traumática– un “detenido desaparecido”; una memoria sin paradero, inhallable, perdida en el éter de un tiempo que lo dejó ir; un fetiche pasteurizado en la irrelevancia de un gobierno como el de Boric que no supo ni hacer el resumen de la época ni encontrar las palabras para rotular significativamente el momento.
Un 11 que asumía a un país deprimido después de haber vivido la Revuelta más intensa que conoció su historia; un país decepcionado de sí mismo porque aunque se dejó todo en las calles (cientos de ojos mutilados, vidas partidas, sueños rotos) entrábamos, después del carnaval de la multitud, al oscuro túnel de una restauración conservadora brutal y de altísima velocidad, que terminó coronada con el primer gobierno abiertamente pinochetista desde que la dictadura cambió de folio, se vistió de Transición y empezamos sin complejos a habitar en el perímetro de su herencia.
La Constitución de Guzmán y el guzmanismo seguían y siguen ahí, y con más fuerza que nunca. José Piñera y sus AFPs –salvadas de la quiebra por el mismo Boric que invocaba a Salvador Allende en su primer discurso como presidente de la república– continúan gestionando la vejez de los pobres que no pueden, después de cinco décadas, abandonar el anillo del pauperismo.
Sin embargo, esta vez el 11 de septiembre reapareció y tendrá todo el sentido. En la intimidad y publicidad del presidente éste será conmemorado, celebrado, “emblemático” y estará pletórico de fúnebres nostalgias. La necrología será festejada y el bombardeo a La Moneda testimoniado como un patrimonio de Chile. Allende irá siendo tachado una y otra vez y los muertos masacrados y los sobrevivientes quebrados, considerados una externalidad incorrecta pero necesaria en el indefectible tránsito de la historia… un costo pagado a muy bajo precio.
Se dará volumen a los ecos de las voces golpistas instruyendo órdenes desde sus helicópteros, se añorará melancólicamente la rajadura en el cielo de los Hawker Hunter y las bandas militares serán las guirnaldas melódicas que abrazarán a los valientes soldados, esos que con su farmacología de muerte nos salvaron del cáncer marxista y de toda la potencia plebeya y popular que durante mil días amenazó con invertir el orden de las cosas; con fracturar la vértebra oligárquica o aquello químicamente puro que hizo justa y necesaria, al decir de Rancière, “la noche de los proletarios”.
Este 11 de septiembre se viene con todo: rodeo, amantes de las armas, fuegos artificiales, góndolas macabras iluminando el Mapocho (ahí mismo donde, luego de balearlos, arrojaban los cuerpos) y una que otra cañita de un buen Whisky añejado de 15 años sorbeteado al calor de una tonada tipo “El patito chiquito”.
Y la familia militar y todos los verdaderos patriotas festejarán la vuelta del fantasma de Pinochet: su espectro sagrado, su mesías con casco y botas que les conservó los privilegios y que terminó por entronizar a uno de los suyos en el poder. Ahora sin bombas, sí, pero con la voluntad dispuesta a higienizar el paisaje nacional de tanto sucio migrante, de feministas ultronas, de indios retobados o maricones/as desviados/as.
Además habrá que preparar más caviar y destapar más Dom Pérignon porque el mundo le sonríe a los que veneran al Dios-patria por estas fechas y se persignan con el izamiento de la bandera. América latina se ultraderechiza a tranco firme y en Europa los partidos hermanos, unidos por “el gen de la limpieza”, asoman como los próximos vencedores –Ulrich Siegmund en Alemania, Marine Le Pen en Francia, Santiago Abascal en España, etc.–.
Hay mucho que festejar. Este será un 11 de septiembre con –y en– todas las de la ley.
Nada más le sugeriría al presidente y a los patriotas de verdad que no se relajen del todo porque aún queda un resto, una huella de memoria; incombustible trazo que no se borra y sobre la cual todavía se sigue escribiendo el recuerdo de miles que fueron negados en su humanidad; hombres y mujeres a los que se les arrebató todo menos el poder de recordar (“La memoria no es sino una forma de sentir”, escribía Étienne de Condillac); uno que no se fatiga ni se deja engañar; memoria debilitada, cierto, pero no por eso ausente.
Y bien que ese recuerdo no tenga hoy una fórmula teórica y tampoco política que lo resguarde, el pulso de la justicia no deja de insistir y va ahí, siendo, abriéndose paso en la espesura de la nada para devenir algo. Una justicia a la espera de que los memoriales vuelvan a llenarse de flores y el “nunca más” se transparente noble y fuerte en el corazón corrompido de estas democracias del odio.
Te abres a la tristeza a miles de kilómetros de distancia, 11 de septiembre.
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