Matthei, Kast, Kaiser y las benzodiacepinas
¿Cuánto le es útil al capitalismo que seamos sujetos siempre dispuestos a narcotizarnos para continuar? ¿el sistema nos quiere quebrados?
1. Actualmente avanzo en un texto de Paul Auster titulado El libro de las ilusiones (2002). En breve, el libro cuenta de David Zimmer, un profesor de literatura de Vermont que pierde a sus dos hijos y a su esposa en un accidente aéreo. De cara a la devastación, y como es de suponer, el personaje cae en una profunda depresión y melancolía insoportable. Tal como lo sostiene Freud al melancólico, de cara a un traumatismo de esta magnitud, se le disipa el foco de su pérdida, no sabe lo que desapareció y por lo tanto no puede iniciar el trabajo de duelo, quedando suspendido en tierra de nadie; una zona intermedia entre la vida y la muerte y en el que la psiquis se astilla y atormenta a un nivel brutal, desconocido, pauperizando el yo y culpándose, seguro, de su existencia y degradándose a todo orden (cf. S. Freud, Duelo y melancolía, 1915).
Esto es lo que le pasó a David Zimmer. Ante la desaparición de lo que más amaba se autoexilia del mundo, deja el trabajo, anula toda posibilidad de contacto social y comienza una peligrosa carrera de alcohol y televisión para anestesiarse, borrarse y evaporarse todo lo que pueda hasta que el dolor, aunque sea por un tramo episódico y corto de tiempo, desaparezca. Entonces decide tomar la solución más a la mano para no destruirse por completo, después de 6 meses de infierno total, va al psiquiatra. “¡No quiero su compasión doctor, solo quiero sus pastillas!”, le dice David y el psiquiatra, como quien desenfunda una pistola, saca un talonario y le escribe una receta con un antidepresivo llamado “Xanax”. Aquí comienza la verdadera historia.
2. Según lo sostiene el médico Otto Dörr (2023) de la facultad de medicina de la UDP, en el año 2000 Chile era el segundo país de la OCDE con menor consumo de antidepresivos, solo superado por Corea del Sur. En el año 2021 pasó a ser el quinto mayor consumidor. De 13 dosis diarias por cada 1.000 habitantes pasó a 90,7, vale decir, siete veces más. Es pasmoso e increíble al mismo tiempo y nos habla de cuánto hemos naturalizado la medicación para poder continuar nuestras vidas. Es real que hemos atravesado pandemias mundiales, confinamientos brutales y, es lo más probable, muchas vidas se han desmoronado. Sin embargo ocupar el quinto lugar en el triste ranking de los países con más consumo de antidepresivos, es algo debiera alertarnos frente a la negación de la fragilidad y de un sistema que la reprime.
(Advierto que la fragilidad en nada se emparenta con la debilidad o el abatimiento. La fragilidad, en tanto la asumimos como algo propio de lo humano, que va adherida al ser o al yo, puede devenir en resistencia política y generar comunidad; la comunidad de los frágiles. Pero esto será materia de otro texto).
¿Cuánto le es útil al capitalismo que seamos sujetos siempre dispuestos a narcotizarnos para continuar? ¿el sistema nos quiere quebrados? ¿generamos plusvalía o excedentes de capital ahí donde la depresión nos ha devastado? Pues no. Y aquí habría que hacer una distinción, el capitalismo nos necesita sumisos pero no débiles, no impotentes, no improductivos. Y esta preocupación del sistema no pasa, lo sabemos, por una especial atención al ser humano, sino que es una exigencia para la reproducción de las hegemonías en todas partes del planeta. Por cierto, esto no es propio de nuestras democracias liberales sino de toda estructura de poder que requiera de “cuerpos dóciles” –como lo señala Michel Foucault en Vigilar y castigar (1975)– que sean susceptibles de ser gestionados y manipulados según sean los intereses de ese poder específico.
Ahora, lo que sí es particular en las democracias capitalistas-OCDE (Chile la quinta), es que no hay otro modelo en el que el uso y abuso de psicofármacos sea más persistente y vaya en aumento. Hay una correlación evidente entre la productividad y una psiquis que debe aceitarse, responder y acoplarse a las exigencias del engranaje-capital. De lo contrario, todos a medicarse para poder continuar. Quien se niegue o no pueda, será desterrado al páramo de los improductivos, al margen de los débiles mentales, al más allá del mundo que se reproduce al compás de los rendimientos individuales.
Uno de los dramas de todo esto, es que en un país como el nuestro la mayoría de la población no tiene acceso a psiquiatras ni, por consecuencia, a medicamentos; no todos pueden salvarse al día evitando la angustia voraz de estar en la nebulosa absoluta que no se disipa y que nada más hace aumentar la sensación de pérdida, de lo que sea, pero de ausencia de algo. Tener una depresión y estar obligado a ir a trabajar porque el sistema público retrasa en meses una asistencia de “salud mental”, debe ser una de las experiencias más duras por las que atraviesa un ser humano. No tener ganas ni de pestañar, pero no aflojar en la exigencia de producir para alguien más y, así, evitar que la miseria entre con todo e irrefrenablemente a los hogares.
Para quienes podemos pagar un psiquiatra que nos atiende en dos días y nos medica al mismo tiempo, la historia es otra; licencias médicas, un caleidoscópico de fármacos y pastillas de todos los colores y para cual sea la ocasión.
3. Todo lo anterior nos hace perder eso que en lenguaje jurídico llaman affectio societatis, esto es, y para el objetivo que aquí se busca, la negación de lo común, la sutura de lo colectivo y la fisura por donde el yo (que ya no es un yo en sí mismo sino, a esta altura, mutado por algún ansiolítico o antidepresivo) deja de situarse de cara a lo alterno, pierde su nexo y lo que los sociólogos llaman el tejido social, de igual forma, se debilita sustantivamente. Nada puede salvarnos, solo nosotros y la receta; nadie vendrá en nuestra ayuda, solo una buena benzodiacepina recargada de paz sintética.
En este sentido, y girando a lo contingente, es que creo que de cara al problema de seguridad que cruza al país, “en” nuestra vocación a la medicación no solo nos bastan la pastillas. A la luz de una narrativa expandida de que seremos canibalizados por los migrantes y que cada emblema patrio será destruido por los imaginarios tropicales de los exóticos que llegan al país, figuras como Matthei, Kast o Kaiser, actúan como ansiolíticos socio-políticos de corto plazo pero efectivos –por eso ganan y ganan terreno en una sociedad como la nuestra que requiere, está en ella, la habita y termina por construir una suerte de metafísica de la dependencia–; son, a fin de cuenta, la respuesta a toda una sintomatología extremada por los medios, las redes sociales y los políticos que tachan “lo diferente” y que entran en éxtasis con la idea de un país “puro”, homogéneo y deliran con la utopía conservadora de una sociedad sin delincuencia.
En otras palabras, la deriva (digámoslo derechamente porque este es el molde) neofascista por la que se ve seducida la sociedad chilena, en cualquiera de estas tres versiones es, igualmente y con la misma potencia, un reflejo de nuestra tendencia a lo farmacológico, a que nos retiren el síntoma lo más rápido que se pueda desestimando en esta línea aquello que realmente es el motivo de nuestra desesperación, de nuestras angustias cotidianas, de nuestros miedos periódicos.
No estaré ex nihilo en contra del uso de fármacos, por supuesto. Por ejemplo para enfermedades ultra complejas que no pueden sino enfrentarse directamente atacando no solo el síntoma, sino los potenciales efectos que pueden devenir, efectivamente, desastrosos (la esquizofrenia o las psicosis, por ejemplo). Tampoco seré el fariseo que negará ser parte de ese más de 1 millón de personas en Chile que ha tenido que medicarse para seguir en el juego.
Pero algo sí es posible constatar, de decir sin miedo a errar de manera muy escandalosa. Nuestra tendencia –a esta altura devota– a medicarnos para evitar el dolor, como el profesor Zimmer de la novela de Auster, no nos dejará saber nunca lo que realmente somos y hasta qué punto podemos resistir sin la cápsula mágica.
Y alerta, también, porque esas cápsulas vienen todas (en el discurrir de un política donde la izquierda no tiene nada, ni épica, ni relato, ni legado, ni antídotos) a medicarnos con el miedo al otro, con el pánico, invitándonos cordialmente a armarnos hasta los dientes y, por qué no, permitiéndonos creer que un buen balazo en la frente de otro ser humano, con la pistola guardada en el velador, es toda la seguridad que necesitamos.
En Chile la degradación de la democracia que puede devenir en nuevos fascismos es otro de los tranquilizantes que pretenden hacernos tragar. La pregunta es si queremos realmente vivir medicados a favor del odio, del racismo, de la xenofobia, de la negación de las disidencias sexuales o de género, del machismo revitalizado, en fin, de la violencia en todas sus formas.
¿Cuánta farmacología aguanta un cuerpo social enfermo de miedo?
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