Opinión

 La Transición perdida

La transición está perdida y Matthei expresa tal pérdida de manera sintomática: lo que antes fue escenario general de la política hoy es solo una candidatura con pocas posibilidades de pasar a segunda vuelta.

Cuando en 1988 tuvo lugar el plebiscito que decidió la suerte de la dictadura en el posterior triunfo de la opción NO, el general Fernando Matthei, miembro de la junta militar de ese momento, fue interceptado por los periodistas antes de ingresar al palacio de La Moneda y frente a la consulta por el eventual resultado del plebiscito, el general respondió: “Parece que realmente ganó el NO, al menos para mí, yo lo tengo bastante claro ya”.

Según una entrevista posterior al propio Matthei, señaló que, esa madrugada del 6 de octubre, Pinochet quería solicitarles “poderes amplios” haciéndoles firmar un acta frente a cuya petición Matthei se habría opuesto tajantemente. La escena de Matthei caminando hacia La Moneda diciendo que había ganado el NO hace de él uno de los padres de la transición no solo para la derecha, sino para el país.

Matthei es el nombre de la transición o, para ser más precisos: el significante que anuda a la dictadura a la democracia, el dispositivo que garantiza que los intereses a los que favoreció la dictadura se profundicen y, a su vez, que quienes fueron derrotados asumieran el lugar de una “mayordomía” (los empleados que administran el fundo) que permitiera gobernar la nueva época histórica sin las Fuerzas Armadas.

El general Matthei entiende que el tiempo de los militares ha pasado, que Estados Unidos no aceptaría a un Pinochet con “amplios poderes”, que tampoco lo haría el capital financiero mundial hacia el cual el empresariado chileno está ansioso de integrarse global y definitivamente. Las palabras de Matthei esa madrugada del 6 de octubre de 1988 imantan su figura con la transición.

A esta luz habría que medir la candidatura de su hija, Evelyn en la actual disputa electoral. Si ella, termina expresando la deriva “piñerista” de la derecha es precisamente porque su propio apellido es la marca de la transición. Se entiende porqué ese grupúsculo de fácticos llamados “amarillos” y parte de la tecnocracia PPD, además de Chile Vamos, estén dispuestos a votar por ella.

Y se entiende, además, porqué la candidata Matthei puede, a la vez, decir que el golpe fue “inevitable” y, a la vez, defender el marco de la “transición”: es el discurso de su padre o, lo que es igual, su padre como dispositivo que anuda dictadura a democracia.

Porque ella es el último nombre de la transición que queda. Cuando toda la transición, con su pacto oligárquico instituido en 1980, se ha visto hundida. Al modo de un resto, una estela de un viejo imperio, un hálito que aún permanece en los intersticios mediáticos y sus poderes, Matthei, ahora como candidata a la presidencia llega tarde. Tarde porque la era transicional en la que su nombre aún podía tener sentido, está diluida.

A Matthei le ocurre lo mismo que al gobierno de Boric: aplican transición para un momento post-transicional, operan en base a la democracia consensual-cupular en un instante en que tal estructura se ha quebrado en mil pedazos. Por eso, quienes apoyan a Matthei son nostálgicos de una transición que ya no va más, pero que creen aún poder asir.

Es justamente lo contrario de Kast, Kaiser y Parisi que, cada uno a su manera, entendieron el momento post-transicional sobrevenido, donde precisamente los pivotes del consenso y sus mediaciones se han debilitado al punto de reclamar una nueva era portaliana, un nuevo rostro autoritario.

La formulación es paradójica: “nueva era portaliana” designa un momento en el que, anudado al neofascismo global en curso y su exigencia de acelerar la fuerza del Capital, el arcano de Chile (Portales) reclama una nueva axiomatización epocal (Kast-Kaiser-Parisi). Axiomatización que no puede ser consensual sino partisana, donde los “grandes acuerdos” estallan en nuevos faccionalismos.

En la derecha, Matthei es la transición que queda, la que permanece a pesar del asedio impuesto por las nuevas fuerzas. La que promete “gobernabilidad” a pesar que su piso se ha vaciado totalmente: la democracia. Justamente la elección de noviembre apunta a ese derrotero: ¿es la democracia la mejor forma de solucionar aquello que se llama, al modo de un cliché, “los problemas de la gente”? El votante de los KKP cree que no. Está aburrido de eso porque ve en la noción de “democracia” a la “casta”, a ese grupo de corruptos que le impiden trabajar. Ha invertido en su forma fascista lo que la revuelta había abierto en su forma común[1].

La transición está perdida y Matthei expresa tal pérdida de manera sintomática: lo que antes fue escenario general de la política hoy es solo una candidatura con pocas posibilidades de pasar a segunda vuelta. Esa reducción muestra la debacle de la “democracia” es decir, de la transición chilena signada bajo el nombre de Matthei que, en la madrugada de 1988, explicitaba el triunfo del NO.

Último punto: si con el triunfo del NO, en rigor ganó el SI, en la medida que Pinochet desmaterializó su cuerpo desde su forma “física” hacia su modo “político y económico” ¿no sería las candidaturas de KKP tan solo una intensificación de esa transición, de ese momento de violencia soberana que hoy muestra su arcano, el núcleo duro su máquina que no era otro que “pinochetismo”, fantasma portaliano del siglo XXI?

En este registro, quizás, los tres candidatos Kast, Kaiser y Parisi no serían más que el arrebato de la propia Matthei, el momento en que la compuesta candidata (ahora vestida de la señora cuica que invita a tomar once) lanza su garabato. KKP son los hijos inesperados de Chile Vamos, los hijos no queridos de la transición. Así, con Matthei vemos perfectamente la manera en que el fascismo contemporáneo no es más que la misma democracia que odia.  


[1] ¿Y las izquierdas? Con Jara, siguen “defendiendo la democracia” y trazan sus campañas a partir de ese slogan, sin especificar qué significa eso, ni arriesgarse a la invención de otros modos de izquierda como está ocurriendo en otros escenarios (Corbin, Mamdani, etc.) atravesada por la lucha Palestina. Al punto que, frente a Kast, al progresismo de izquierda le ha tocado parapetarse en la defensa del parlamento –la institución peor evaluada para los chilenos y de instituciones que frecuentemente la izquierda misma criticó.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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