Opinión

La disputa octubrista

La derecha se fascistiza: esa es la prueba de que Octubre está vivo. Es la forma histórica que ha tenido la oligarquía de conjurar el fantasma. ¿Fantasma de qué? De su propia disolución. Así, la disputa electoral es una disputa octubrista. Disputa por Octubre, casi sin saberlo, disputa casi, sin quererlo.

Nadie la vio venir. Como a la revuelta, siendo, acaso una revuelta al interior de un conglomerado domesticado, que había prometido “transformación” y que termino celebrando la “normalización”. Por eso, porque todo parecía apuntar a la normalización es que tampoco ellos la vieron venir.

Un estallido al interior del progresismo, hundió al Frente Amplio (Winter) y a lo que quedaba de la Concertación (Tohá). Estuvieron obsesionados por llegar a “acuerdos” sin poder jamás preguntarse cómo tal obsesión expresaba su estructural imposibilidad. Y es que, aunque pareciera por momentos, el panorama no era el de los años 90. 

La revuelta de Octubre de 2019 nos había atravesado. Y su potencia destituyente dejó muriendo de inanición al pacto oligárquico de 1980. Con ello todo el sistema terminó siniestrado. Nadie habló de Octubre en estas primarias pero, salvo algunas referencias vagas a a sus “demandas” que nadie ha podido descifrar, Octubre irrumpió.

No en la forma de una revuelta, pero sí en la expresión de un rostro que no podía sino devenir bacheletismo de izquierdas, esto es, un estilo que pone a los partidos políticos en un plano secundario y remite a la ciudadanía de manera directa.

No se trata de una política institucional como fue la transición donde los partidos comandaban vía acuerdos cupulares consensuales, pero tampoco de un populismo como identifican algunos politólogos hace décadas como el gran peligro para la democracia. Se trata del bacheletismo. Herencia última de la transición que sobrevivió a su debacle y que, seguramente, forma parte de dicha debacle.

En la derecha las cosas no van nada de bien. A pesar de tenerlo todo para ganar, puede que naufraguen. El asunto crucial: la candidatura de Matthei que convoca al resto de piñerismo que queda, es decir, a la camarilla tecnocrática de corte neoliberal que no pudo con la revuelta de 2019, está a punto de hundirse. Todos los días pierde adhesión así como Kast capitaliza esa caída. Kast: quien ofrece un neoliberalismo con sabor católico para enmendar sus rumbos y Kaiser quien plantea un neoliberalismo radical con sabor nacional para no perecer en la simple y fría tecnocracia.

La revuelta por la derecha va en Kast y Kaiser. Una revuelta fascista –en realidad un movimiento totalmente mítico- que acelera la descomposición de la transición expresada en Matthei, cuyo apellido no hace más que convocar a la transición cuando la palabra de su padre, antes que la de Pinochet, abrió al país a los años 90.

Matthei no tiene el antídoto de Kast ni de Kaiser: es el piñerismo simplemente en rostro de mujer. Pero la tecnocracia piñerista no tiene plus alguno para enmendar su fracaso político de 2019. Ni catolicismo (Kast) ni nación (Kaiser), Matthei tiene solo el apellido de su padre, el padre de la transición. 

Nadie vio venir a Jara ni nadie vio venir a Kaiser ni a Kast nuevamente. ¿quiénes no los vieron venir? Justamente aquellos que han intentado mantener el régimen de la gubernamentalidad transicional tanto en su forma progresista como en su modo conservador. El gobierno apuntalado por los amantes, Hacienda e Interior, economía y seguridad, Marcel y Tohá, termina celebrando una supuesta “normalización”. Mientras tanto, la primaria de su mismo sector vota comunista, no el candidato de gobierno (Winter) ni menos a la candidata favorita del sionismo (Tohá).

“Normalización” que fue un intento de la máquina portaliana de obturar la fisura que crece en su interior, el desgarro que le propinó Octubre de 2019 y del cual aún no se recupera. El triunfo de Jara es la refutación práctica de la “normalización”. En ella se erige una votación totalmente arrimada al clivaje de Octubre: pueblo-oligarquía. No importa que Jara salvó a las AFPs en el gobierno. Desde este punto de vista, el gobierno es una cosa, Jara es otra. La votación de las primarias oficialistas así lo demuestra.

Algo ocurre en la derecha: Kast y Kaiser apuestan por ser el menos “institucional”, el que menos pertenece a la “casta” y el que más dispuesto está por salvar a Chile de sus burócratas. Pues bien, aunque las dos candidaturas fascistas lo nieguen y pretendan decirnos que existe una “crisis de seguridad”, lo cierto es que ella es la expresión que para la cultura de derechas opera el clivaje pueblo-oligarquía; es decir, para usar la jerga “marxista-leninista” que, quizás, se ponga de moda, diríamos que el fascismo no es más que el síntoma de la lucha de clases visibilizada por Octubre.

Por eso la derecha se fascistiza: esa es la prueba de que Octubre está vivo. Es la forma histórica que ha tenido la oligarquía de conjurar el fantasma. ¿Fantasma de qué? De su propia disolución. Así, la disputa electoral es una disputa octubrista. Disputa por Octubre, casi sin saberlo, disputa casi, sin quererlo. Porque si Octubre es una “verdad” es precisamente porque deviene cifra histórica del presente, revelación de las contradicciones entre facticidad y esperanza, entre mito e historia. 

Pero si revisamos la gran gama de encuestas que pululan por las redes encontraremos un detalle no menor: la suma de Kast, Kaiser y Matthei va desde el 50% hacia arriba. Algo inédito en la derecha cuya votación histórica siempre ha sido alrededor de un 44% (para ceñirnos al plebiscito de 1988). Por el contrario, el progresismo no llega sino al 30 o 40% si acaso. Si advertimos bien, la cartografía electoral vigente es la de la del plebiscito Constitucional que dirimió el Apruebo o Rechazo a la Nueva Constitución del año 2022 donde el Rechazo triunfó sobre el Apruebo bajo la proporción 60 contra 40.

Como la figura del búho de Minerva propuesta por Hegel para referir al modo en que el saber filosófico   parece siempre llegar después de la fiesta, posiblemente, sean estas elecciones de 2025 las que permitan entender la textura del plebiscito de 2022: el pánico del pueblo al pueblo, el pánico de contemplar su propio rostro y no reconocerse en él; en suma, el pánico de haber despertado y haber visto que, en efecto, nadie nos protegía. Sobre todo, si ese pánico fue gatillado por la pandemia donde el encuentro con el “otro” devino amenaza, pues el virus podía multiplicarse ahí donde se multiplicaba la propia revuelta. Los cualquiera amenazan y son amenazados.

La autoridad queda en vilo, se exhibe crítica y sobrepasada por la intensidad de los acontecimientos. Quizás, sea en este registro donde Jara pueda alterar esa proporción cuya sutura parece haberse cerrado desde 2022.

Volcarse sobre el cuidado y la protección que el fascismo solo representa bajo una restitución autoritaria –es decir, bajo el regreso del Padre violento, Jara puede darle un giro en función de una mayor horizontalidad, como regreso de esa Madre cuidadora. Siempre en la filigrana, a punto de desfallecer, el abismo está aquí y las elecciones no serán de fácil destino. Están abiertas, pero si el bacheletismo de Jara no logra alterar la actual cartografía electoral, el fascismo volverá a La Moneda. En cualquier caso, estamos en Octubre y, quizás, nunca salimos de él. La elección presidencial y parlamentaria estará atravesada por esa trama.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
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