Las ciudades son siempre motivos o pretextos para develar preguntas, para acercase al filo de las interrogaciones que nos habitan. Las ciudades son siempre horizonte abierto a lo esperado y a lo imprevisible, a esa doble condición que marca el ritmo de las cosas fundamentales, esa mixtura entre deseo y temor, entre las ganas y la sorpresa honesta frente al regalo. De ese calibre fue mi encuentro –primero- con Pedro Lemebel, el dueño de todas las palabras que nombran lo proscrito, lo terrible, la noche, la desnuda ternura frente a lo monstruoso, el escribidor, cuya pluma hirió mi corazón hace ya muchos años.
Sería falso decir que imaginé el encuentro; quizás es la ausencia de esta imaginación futura la que imprimió a la noche de mi encuentro con el “canta-autor” chileno, de esa magia que cubre los momentos “fundacionales”.
No tenía imaginación posible, porque mis diálogos “lemebelianos” estuvieron armados de una complicidad tan silenciosa como telúrica; tan intimista como escandalosa (mis estudiantes han gozado y padecido con estas obsesiones mías sobre los mundos lemebelianos). Y es que a lo largo de muchos inviernos fui atesorando su palabra como poderosa brújula para orientar la mirada que mira, la cabeza que siente y el corazón que piensa.
De Pedro, retengo su extraordinaria capacidad para poner en clave cierta los afanes de los seres en fuga, liminales, marginales (cómo no amar sin temor a las consecuencias a Loba Lamar y su preñez de ausencia, y a la Tora con su cosmetología mortuoria; a tantas y tantos otros de su galería fundamental) y hacer hablar en un registro humano, brutalmente humano, los escenarios que cobran mediante sus “artes de hacer”, un protagonismo que deviene pura etnografía de los espacios contemporáneos. Guardo con celo compartido, las metáforas, las sinécdoques electrizantes donde el todo que es la parte y la parte que es el todo, todo lo afirman. Soy una fans y no tengo remedio.
Su presencia esa noche en Santiago se produjo con suavidad, como si cualquier cosa, mediante las artes del mismísimo “Ché de los gays” y ahí estaba Pedro, con esa presencia que no sabe ocultarse ni decir que no, con sus excesos; tanta palabra no puede caber en un solo cuerpo, como el suyo, de ahí sus desbordes y sus derivas, que siendo tan suyas terminan por envolver a los que lo rodean.
No hizo falta mucho, solo tal vez, probar que mi palabra aceptaba el desafío de la suya, que aceptaba gustosa el reto de la esgrima que, entre violenta y cariñosa, demandaba la prueba de saberse leído e interpretado, que me llevaba a las orillas de mí misma para decirle que más allá o más acá de los afanes académicos, algunos oficiantes del pensamiento, comprendemos el valor de la vida que no en rosa, pero siempre cronicada.
Ahí estuvimos, rodeados y sostenidos por las risas, el buen humor de la escena nocturna santiaguina, reconociéndonos; yo, medida por la virulencia de un cariño que duda en entregarse pero, al final, asumida en abrazo generoso por el maestro de la palabra proscrita; pasando la prueba o, eso quiero creer.
Las hojas desfilaron frente a mis ojos deslumbrados, con mi corazón en la esquina que es el corazón de Pedro, accedí a los umbrales del secreto, solo quien es capaz de tanta vida, de tantísima luz (Goethe dijo en su lecho, segundos antes de morir: ¡más luz!), es capaz de estar a la altura de los relatos y la mitología que rodean su nombre.
No lo sé de cierto, pero no soy la misma. Mi viaje en reversa para desandar las claves de mis pasos por estas ciudades misteriosas de nuestra América Latina, no logra encontrar explicación sin la visitación lemebiana; su inspiración e intensidad me arrojan a la evidencia de la insuficiencia del lenguaje y a la aventura inacabada del ensayo permanente.
Perdidos por la noche, lo vi alejarse, rodeado de amigos ciertos; yo a mí vez, me diluí en un repertorio de boleros y corridos. La mañana siguiente, imaginé que imaginé que un tal Pedro Lemebel, era, finalmente, un habitante innegable de mi mundo de palabras dichas para traer la realidad.
Y así, Santiago, fría, terrible, sacudida por nuevos vientos políticos, atemperó su perfil pese a que la cordillera me devolvió mi propia pequeñez en el rulfiano Chincolco que no hizo sino ratificar que paisajes y personas están atadas de manera inexorable pero nunca fatalmente.
Sigo leyendo las crónicas de Pedro Lemebel, sigo aprendiendo y es seguro que alguna ciudad latinoamericana nos juntará. Pero ahora, puedo mirar a las “dos Fridas” y sonreír al imaginar cuánta complicidad puede caber en una noche.
Guadalajara, septiembre 2007
