Opinión

El Festival de lo irrelevante

Hoy, en cambio, en momentos en que el país ya no está en medio del discurseo estallista, sino más bien sumergido en una incredulidad pasiva, terminado el desconcierto post plebiscito, el festival sufre internamente una descomposición al no saber qué rol cumplir. Luego de un despertar complejo desṕués de un coma inducido de dos años, trata de luchar para no desaparecer. Pero no sabe que tiene en sus manos la solución: volver a ser relevantemente irrelevante.

                      

Por años el Festival de Viña del Mar fue una plataforma para tratar construir un relato distinto a lo que pasaba a su alrededor; sin embargo, nunca lo consiguió, porque siempre la realidad se inmiscuye en lo que pasa en pantalla.

Con el tiempo, hasta hace poco, lo que se quiso fue hacer todo lo contrario: tratar de interpretar lo que pasaba a las afueras del show festivalero, dándole un toque televisivo que transformaba lo que sucedía en un discurso despolitizado.

Para el 2020, sin ir más lejos, después del estallido de octubre del año anterior, el certamen tuvo a todo tipo de personajes que decían lo que se debía decir, y quienes, como Ché Copete, subían al escenario para pedir disculpas por su pasado, en días en que estaba de moda sentirse culpable de algo que no se sabía bien qué era.

La idea consistía en tratar de captar lo que se creía era el espíritu epocal, siempre a la manera del festival, sin comprometerse mucho con lo que sucedía, pero dejando en claro que sí veía. Que se tenía conciencia de que algo pasó.

Hoy, en cambio, en momentos en que el país ya no está en medio del discurseo estallista, sino más bien sumergido en una incredulidad pasiva, terminado el desconcierto post plebiscito, el festival sufre internamente una descomposición al no saber qué rol cumplir. Luego de un despertar complejo desṕués de un coma inducido de dos años, trata de luchar para no desaparecer. Pero no sabe que tiene en sus manos la solución: volver a ser relevantemente irrelevante.

Y es que por estos días la relevancia de lo irrelevante es lo que ha vuelto a poner este show televisivo en el centro del conventilleo nacional. Las peleas internas de la organización, las declaraciones de quienes formaron parte del equipo y las bajas de ciertos artistas, son lo que lo harán pasar esta prueba, aunque se crea que se logrará haciendo galas sustentables para justificar su frivolidad.

Es esa frivolidad de todo lo que lo compone lo que mantiene vivo a este acontecimiento; no requiere adaptarse a los momentos o a lo contingente, sino, como lo ha hecho por estos días, crear contingencia, estar por sobre las problemáticas coyunturales del país, para sostenerse en pie, en días como estos.

Por más que el purismo de ciertos sectores quieren que haya más contenido social o que derechamente no haya ninguno, lo cierto es que el Festival de Viña sólo se podrá mantener parado si es que hace lo que siempre ha hecho: nada y todo a la vez, agudizar conflictos en torno suyo que desaparecen junto con su última fecha anual. Volver a ser esa Isla de la Fantasía criolla donde lo que no importa en absoluto sea fundamental por un par de días.

La crisis es la sobrevivencia del Festival de Viña. Mientras más visibles sean las costuras de su traje, más atractivo será  no sólo para su público objetivo, sino también para toda una maquinaria que quiere darle sentido a algo que respira gracias al poco sentido que tiene.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Francisco Méndez
Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.
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