Opinión

El progresismo trajo de vuelta a Kike Morandé

¿Por qué un sector alimenta tanto al adversario? ¿Por qué lo fortalece y le da mayores dotes de los que realmente tiene? ¿Por qué en su afán de luchar en contra de algo, en vez de desarticularlo, lo hace más poderoso?

Luego de años fuera de la pantalla, Kike Morandé volvió glorificado a encabezar un proyecto televisivo. Si bien no es su productora la que creó el programa ni él el gran patrón de antaño, su regreso lo ha vuelto a instalar como una figura gravitante de la escena nacional, al punto de opinar no sólo de lo que sucedió con él durante el estallido social, sino también de todo lo que encuentre pertinente.

Sin ir más lejos, hace unos días habló de El Antídoto, el fallido proyecto de Mega conducido por Fabrizio Copano, que tuvo entre sus filas a gente trabajó con él en Morandé con Compañía.

Con el respaldo de la sintonía que ha obtenido Detrás del Muro, su nuevo proyecto, Kike disparó en contra del programa desde la comodidad que le da el nuevo contexto, robustecido por el fracaso del relato que lo crucificó en el pasado. Es tanta su seguridad hoy que se siente con la autoridad moral para decir qué es o no gracioso, y qué es lo que quiere o no la gente hoy en día.

¿A qué se deberá esto? La conclusión que se puede aventurar es que haber centrado en él todos los males de la sociedad chilena durante el estallido social hizo que el derrumbe del relato de aquella explosión de 2019 lo trajera de vuelta con más fuerza, como si fuese algo “prohibido” y, por lo mismo, más excitante y hasta más atractivo de lo que alguna vez fue.

El haberlo identificado como el enemigo, como el símbolo de un Ancient Regime, logró darle a él y a sus humoristas un nuevo aire, casi como si lo que hicieron en el pasado hubiera sido particularmente interesante y hasta divertido.

El haber creído que todo lo que tenía relación con él y con su programa era casi un error o un horror histórico, transformó su simpleza intelectual en algo “disruptivo” y que debía volver a la pantalla, como si su desaparición hubiera sido casi la eliminación de un gran exponente de la “chilenidad” perdida que algunos buscaban luego del fracaso del primer proyecto constitucional.

Es decir, Morandé viene hoy vestido de una majestuosidad que sus adversarios le dieron al otorgarle una relevancia que no tenía, cuestión que su declive natural hace un par de años estaba demostrando.

Es increíble ese don que tiene cierto progresismo para transformar aquello a lo que se opone en algo más importante de lo que es. Resulta curioso que su intento por negar algo, por lo general, logre sólo enaltecerlo, dotarlo de nuevas supuestas cualidades y hasta nutrirlo de una fuerza mayor que la que tuvo en sus años de gloria.

Lo que vemos hoy es que el animador está aprovechándose de los errores de otros para ser más de lo que alguna vez fue. Está encaramando en un púlpito que no le dieron los medios (recordemos que fue sacado de pantalla por un asunto comercial más que por un problema estrictamente ideológico), sino aquellos que lo levantaron como el resumen de todo lo maloliente que identificaban en la sociedad en el pasado reciente.  

La vulgaridad de su raciocinio hoy está en su mejor momento, no gracias a los “poderes malévolos”, sino a quienes creyeron que negándolo desaparecería por completo cuando ya estaba cayendo lentamente.

¿Por qué un sector alimenta tanto al adversario? ¿Por qué lo fortalece y le da mayores dotes de los que realmente tiene? ¿Por qué en su afán de luchar en contra de algo, en vez de desarticularlo, lo hace más poderoso?

Son buenas preguntas que este sector debe hacerse; una más para explicarse esta tradición tan propia de no conseguir lo que quiere, sino de hacer crecer aquello que quiere combatir, o que dice querer combatir.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.

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