Opinión

“El arte es pensar contra sí mismo”: En memoria de Sebastián Lelio

Hay dolor por la partida de Sebastián Lelio, sin embargo, y es lo que consuela, me aferro a su creación y a su herencia, a su coraje, y encuentro en él una grieta por donde emerge la belleza ácrata de una obra que no se vendió; no permutó nunca lo que sabía que tenía que decir en imágenes y en historias disidentes que hicieron gritar a la eucarística moral de época.

1. Habría que decir algo sobre la muerte de Sebastián Lelio, antes que la leve memoria chilena se vuelva definitivamente éter y pase a formar parte del gran panteón del olvido y la borradura. Hablamos de una muerte que debería conmover a un país completo. Artista enorme y de una proyección que queda, ahora, trunca, indeterminada (jamás sabremos hasta dónde podía haber llegado su talento e imaginación); reconocido internacionalmente, ganador de innumerables premios en los festivales de cine más importantes del mundo pero, al mismo tiempo, en aquellos que celebran al cine independiente en todas partes del planeta. Realizó 10 películas y 6 cortometrajes. Murió hace un par de días a los 52 años en Santiago de Chile. Salvo redes sociales y los medios que más bien han comunicado su fallecimiento, poco se ha dicho o puesto en valor la profundidad y extensión política de su trabajo.

¿Debería el gobierno–al menos– pronunciarse, homenajearlo, sacar un comunicado, a lo poco, dando cuenta de que parte un artista que nos prestigió en todo el globo con una obra excepcional? No lo hicieron con el universal Patricio Guzmán fallecido en septiembre recién pasado, raramente lo harían con un artista joven e intensamente disruptivo que reveló la morbosidad incestuosa de la clase alta chilena (“La sagrada familia”, 2006); o la rebeldía de una mujer de 60 años que no renuncia al deseo sexual y a la libertad, bien que una sociedad completa y todas sus instituciones le enrostren que está obsoleta en su piel de mujer, y que su búsqueda por el placer está condenada a la sutura por su edad (“Gloria”, 2013); o, asimismo, la resistencia de una mujer trans en el corazón de una cultura brutalmente binaria que siempre tachará la diferencia ahí donde ésta es radical, condenándola al rincón periférico, a la soledad y a la tristeza revelando, así, la ígnea antropología del desprecio que perfora a este Chile fóbico (“Una mujer fantástica”, 2017). En fin.

Sabemos que el de J.A. Kast es un gobierno que abiertamente se ríe del pensamiento y de las artes, los oblitera. Y esto lo podemos constatar no solo a nivel de discurso público sino en los ingentes recortes para las humanidades y la cultura. Y nos preguntamos: ¿qué podría representar Sebastián Lelio para un gobierno de ultraderecha que hegemoniza el tiempo y el espacio gestionando las contraseñas de la crueldad?

Y es lo que hemos dicho, su cine es más que un síntoma de aquello que los sectores conservadores quieren esconder; se trataría de que en su trabajo lo que se devela es la médula de una sociología profunda, de una forma de pensar y sentir lo alter-nativo como una amenaza a lo que sus salmos y rosarios le indican que deben defender. La familia perfecta, esa del pesebre que purifica al mundo mientras animales y reyes que son magos coronan el milagro de la tríada papá-mamá-hijo; la obturación del placer o la querella de las disidencias sexuales.

¿Por qué homenajear entonces a un creador que provoca y convoca a una suerte de mitología del margen si lo que se pretende, desde el kastismo, es instalar una plataforma sociocultural y valórica para que los estereotipos del evangelio primen, se impongan y se reifiquen como “el orden natural de las cosas”? ¿Cuál sería el objetivo, desde la glosa ultracatólica/neoliberal, de subrayar a quién reivindicó al “maricón trans pervertido”, a “la vieja indecente” o a la “familia anti-Dios”?

2. En una entrevista radial dada en mayo de este año, Lelio sostuvo lo siguiente: “Una de las funciones principales del arte es pensar contra sí mismo”. La frase no me pasó de largo porque, justo, este tipo de razonamiento es de un alcance mayor y va más allá del cine o del arte mismo, impactando en el pensamiento in extenso. Porque se escribe y se piensa, por lo general, desde el sí mismo y con los recursos de los cuales el yo, en un momento dado, puede disponer. Mas el cineasta dice lo contrario, nuestra razón está y es, va en curso y hasta tal vez expandiéndose, pero ¿cómo dinamitar esa misma razón propia de un yo que no deja de crear e imaginar? Tomar esta posición es difícil porque desbarata el patrimonio y la tradición fosilizada. Pero en Sebastián Lelio todo esto es creíble, se deja ver y sentir. Sus personajes no son autobiográficos, dándole paso a una acuarela policromática de disidencias que rompen (con la violencia destituyente del arte cuando es en serio) con el mosaico folclórico de las clases dominantes.

Es ahí que su cine fue el formol que irritó a los templarios de la moral; lubricante provocador que desarticuló a las tribus del “buen vivir” haciendo de su cine, luego, una estética-ética que fue dinamita en el centro del pulso conservador.

3. Habrá que decir que no todo es responsabilidad de un gobierno de ultraderecha que entiende al arte, con suerte, como un hobby y, entonces, a fortiori, como una zona indecente a la cual hay que pauperizar y recortar. También estamos nosotras y nosotros, nuestro silencio, la ausencia de voces y ecos que vindiquen a nuestras/os creadoras/es como una fuente interminable de sentidos que en su vocación subversiva nos permiten resistir tanta ominosa arremetida de lo típico, tanta indignante reverberancia fascista que corta la lengua espoleándonos la mirada.

Sebastián Lelio es otro más de los artistas que este país niega y tacha. La “recepción” de su muerte es la abreviatura de la mediocridad y, a la vez, de la mezquindad que nos perfora y compromete con el brutalismo; porque todo lo que no sea fácil de digerir, que no sea de consumo rápido y que nos obligue a abandonar el espacio de lo político y del pensar crítico, no merece una palabra que se vuelva reconocimiento.

Hay dolor por su partida, sin embargo, y es lo que consuela, me aferro a su creación y a su herencia, a su coraje, y encuentro en él una grieta por donde emerge la belleza ácrata de una obra que no se vendió; no permutó nunca lo que sabía que tenía que decir en imágenes y en historias disidentes que hicieron gritar a la eucarística moral de época.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Javier Agüero Águila
Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.
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