lunes, julio 15, 2024

Una cultura de muerte que nadie querría

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Diciembre 2022 en Santiago, caluroso en demasía… Decir cambio climático llega a ser retórico por su nulo significado para las medidas que tendrían que haber adoptado ya las personas tomadoras de decisión a nivel nacional y mundial, lo cual se hace poco o a medias, importan más el lucro y la competencia ciega entre países, empresas, etcétera. Sucesivas reuniones internacionales como las COP lo demuestran; van una treintena de conferencias, y en la de ahora, la COP 27, acordaron compensar a los países más afectados: van a las consecuencias, una vez más, no a las causas con medidas en verdad significativas.

En Santiago, frente a la Plaza de la Aviación instalaron recién una obra ya conocida aquí y en otros países, art-eggcident, que se propuso esta vez contribuir a generar conciencia al respecto: si no lo hacemos “estamos fritos”, dice ENTEL por escrito en la presentación, y lo demuestra con dos grandes huevos sobre el pavimento. Llega a ser ridículo, como si de la población común y corriente dependiera la solución.

Me pregunto por qué no instalaron esa obra frente a alguna de las grandes empresas contaminantes de las que abundan en Chile. O quizás está bien en ese lugar, por lo que significa la aviación en general y su poder contaminante, y en particular las Fuerzas Armadas, parte de la cultura de la muerte con recursos del fisco, es decir, de todas las personas.

Por lo mismo me resultó chistoso, o chocante más bien, que el alcalde Carter de La Florida se explayara en los medios disponibles para abjurar de una cultura de muerte y negarse a aceptar “que nuestros hijos la normalicen”, refiriéndose a la delincuencia cotidiana y violenta que ha aumentado… ¿Aló?

En la cuestión de la seguridad, a la que recurre sobre todo la derecha como caballito de batalla, no se es capaz de relacionar causas y consecuencias, como con el cambio climático: se saltan la desigualdad obscena y aberrante que es una forma de violencia cotidiana normalizada. ¿Qué otra cosa son los campamentos y las tomas, así como las personas “en situación de calle”, chilenas e inmigrantes que llegan por miles, queriendo sobrevivir donde puedan? ¿Y qué son las guarderías o ‘jardines infantiles’ clandestinos en mínimos departamentos de los llamados guetos verticales, sin la debida fiscalización y sin considerar los derechos humanos de la niñez? Desigualdad pura y dura, cultura de muerte señor Carter; hay que ser obtuso para no verlo ni reconocerlo y hacer uso y abuso del problema de la seguridad, que es una consecuencia del modelo que nos rige: lucro e individualismo sembrado por décadas. ¿Qué valores de vida puede haber ahí? Necesitamos pensar más a fondo acerca de esto, para no caer en retóricas superficiales que no se sostienen por lo débiles e inconsistentes.

Son cercanas las casi dos décadas de la dictadura cívico-militar que arrasó el país a sangre y fuego entre 1973 y 1990. La viví en directo con mis dos hijas desde que eran pequeñas, incluso detenidas y desnudadas por protestar, en junio de 1983, en dos comisarías.

A mi hermano Luis Alejandro lo desaparecieron el 14 de septiembre de 1973, a sus 26 años de edad; identificado en 2017. Una cultura de muerte que dañó al país completo, señor Carter, ¿o le parece que eso ya pasó, que es pasado simplemente? Hasta hoy no hay verdad, justicia ni debida reparación en mi familia ni en muchas otras familias, es decir, en el país.

La historia se repite: querer justicia en el más amplio y profundo sentido del término es lo menos que puede exigir una persona, el derecho a tener derechos, partiendo por sus necesidades básicas cubiertas con dinero del fisco, no para las Fuerzas Armadas sino para educación, salud, pensiones dignas, vivienda. Y un ingreso básico universal que dé la posibilidad de elegir qué hacer, cómo vivir, en qué desarrollarse y contribuir a un mundo mejor, no solo para sí.

Julieta Kirkwood decía en la década de 1980 que “se accede a la libertad, si se tiene, y sólo si se tiene, garantizado el dominio de las necesidades vitales”. Este es el meollo que no se quiere ver ni comprender, como si no fuésemos homo sapiens: involución humana por el afán de lucro a fuerza de violencia e injusticia. Esto es Chile hoy; gran tarea y desafío revertir tal cultura.

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