«Por una izquierda transformadora»: Una breve respuesta a Brunner
El progresismo neoliberal fue precisamente lo contrario: una apuesta política “administradora” y no “transformadora” que, por tanto, va a contrapelo de todo lo que decía Marx.
En sus célebre “Tesis sobre Feuerbach” Karl Marx sostuvo: “Los filósofos han interpretado el mundo, es hora de transformarlo.” Una izquierda transformadora es lo que necesitamos y precisamente lo que no hemos tenido. El progresismo neoliberal fue precisamente lo contrario: una apuesta política “administradora” y no “transformadora” que, por tanto, va a contrapelo de todo lo que decía Marx.
Hace bien Brunner en recordarnos a Marx, aunque haya sido un poco tarde[1]. Pero su posición, como la del progresismo que él representa, fue una suerte de izquierda administradora, neoliberal que se presentó como “moralmente superior” por mucho tiempo gracias al Curriculum de “haber luchado en la dictadura”. Pero ese progresismo llegó a su fin.
Si hubo una fuerza histórica que, en su práctica y teoría, contradijo totalmente a la tesis de Marx fue precisamente la Concertación. Si hubo intelectuales que descartaron a Marx durante años, fueron varios intelectuales de la ex Concertación. Que recuerden a Marx hace bien y quizás, desde ahí se pueda encontrar un rumbo. Que nos remitan a la “práctica” sin reflexionar acerca qué es eso, es precisamente, no atender, como bien sabía el profesor Osvaldo Fernández, la complejidad de la noción de “actividad práctico-sensible” esgrimida por Marx[2]. Noción distinta respecto de la noción simple, “inmediata” –se diría en léxico hegeliano- de “práctica” que Marx advierte en Feuerbach criticándolo.
“Actividad práctico-sensible” no es una simple teoría ni una simple práctica –dice Fernández. En ese sentido Marx es “órfico” –sostengo- pues su noción de “actividad práctico-sensible” resulta irreductible a la teoría y la praxis representadas por el “idealismo”. Por eso, no se trata de decir “vayan a la práctica” simplemente, como si la praxis fuera algo dado; más bien, se trata de volver a Marx justamente –en esto suscribo el gesto de Brunner- y atender que su concepción de la práctica no tiene nada de “administradora” y sí mucho de “transformadora”, por lo cual, nos exige invención en la medida que no está dado ni el qué ni el cómo hacerlo. Por eso, práctica e imaginación resuenan sinónimos.
“Administrar” significa hacer cambios cosméticos para dejar el orden igual. “Transformar” significa hacer cambios tan intensos que son capaces de modificar el orden mismo. Eso significa que no existe ninguna izquierda simplemente “anti-institucional” sino una que apuesta a pensar la cuestión institucional de otra manera. Es “anti-institucional” contra las instituciones oligarquizadas, es pro-institucional con aquellas que necesitamos inventar.
Bajo este marco, diríamos que el progresismo neoliberal de la Concertación fue una izquierda “pre-marxista” o “feuerbachiana” (idealista, finalmente), a diferencia de una izquierda transformadora (en ese sentido, “marxista” en el amplio sentido) como la que tuvo lugar en la Unidad Popular que fue pensada desde Luis Emilio Recabarren.
Por eso, desde el principio, Brunner equivoca el problema: no se trata de la contraposición entre una izquierda puramente “anti-institucional” y romántica versus una izquierda “institucional” y seria (ilustrada). Eso es caricatura. Se trata, más bien, de la diferencia entre abrazar una izquierda transformadora, heredera de Marx, y una izquierda administradora, heredera de Giddens. Por tanto, todo consiste en hacer algo totalmente distinto a lo que realizó el progresismo neoliberal que, por años, ejerció una mayordomía. ¿Una izquierda transformadora desecha al “reformismo”? Para nada. Lo acoge sobre sí. Es la gran enseñanza de Rosa Luxemburgo. ¿Puede esa izquierda ser revolucionaria? Claramente, en la medida que se proponga transformar el actual estado de cosas.
Así, una izquierda transformadora puede ser reformista y revolucionaria a la vez porque tiene un solo objetivo: atravesar la institucionalidad oligárquica de Chile, dispositivo “portaliano” por el cual el capital global se cristalizó en nuestro país desde 1833. Cualquier proyecto –no programa- que apunte en esa dirección será, de inmediato, transformador y, a su vez, tremendamente difícil.
[1] https://brunner.cl/2026/01/la-izquierda-de-las-belles-lettres/
[2] Osvaldo Fernández No basta con interpretar el mundo, hay que continuar transformándolo. En: Osvaldo Fernández Itinerarios y Trayectos Heréticos. Ed. Clacso, Buenos Aires, 2022. pp. 127-258.
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