Cultura B

Nona Fernández, novelista extraterrestre: “Tenemos que tener swing y eso es algo que a la izquierda le cuesta”

Estoy trayendo al presente la historia de una generación que se rebeló contra algo horroroso, complejo, difícil, abyecto. Inevitablemente nos invita a pensar qué vamos a hacer con estos gobiernos negacionistas que admiran a los totalitarismos del pasado.

Así queda claro cuando su entusiasmado público bonaerense le pregunta y comenta sus otros libros, de los que dicen, el sello distintivo sería una escritura capaz de dibujar constelaciones entre relatos personales, imágenes aleatorias y archivos, que al vincularse en la narración, construyen una memoria colectiva que en algún momento estalla con la historia oficial y sus omisiones.

Esas constelaciones son llevadas al paroxismo en Marciano (Random House, 2025), su última novela, publicada tras cuatro años de conversaciones sostenidas con Mauricio Hernández Norambuena, a quien la autora visitó en la Cárcel de Alta Seguridad de Rancagua para escribir el guion de una serie que no se realizó. El ex-Comandante Ramiro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) sería la principal fuente de información de ese proyecto audiovisual abortado, que sirvió de insumo y puntapié inicial para la creación de una obra literaria híbrida, inasible y seductora que fue presentada en la 50° Feria Internacional del libro de Buenos Aires por Cynthia Rimsky y María Sonia Cristoff.

Nos reunimos con Nona Fernández a conversar distendidamente antes de su vuelo a Santiago sobre la novela y las dificultades del lenguaje para dar el ancho en un contexto enrarecido.

En “16” (TVN) los estudiantes de un colegio se rebelaban contra el director, después de que mandó a colocar una reja en el patio para separarlos por sexo como si fueran animales. Era 2003 y aún no se producían movilizaciones masivas en el Chile de la posdictadura, ¿crees que esa imagen de la juventud repercutió en quienes salieron después a las calles?

– Cuando empezaron las movilizaciones estudiantiles hubo cosas que fueron mucho más detonantes que una teleserie. Malas condiciones en la educación y una transición democrática en la cual ya era sospechoso que nadie dijera nada. La transición tenía una serie de problemas y zonas oscuras que había que observar… y aparecieron los estudiantes. Pero también sé del poder que tiene la TV en los imaginarios inconscientes. Fue la primera teleserie juvenil, para la generación de ustedes fue como un hito. Estaba criando a mi hijo, trabajaba mucho, sería una mentira si dijera que lo que hicimos fue para incitar a los estudiantes.

¿Piensas que la ficción es capaz de incidir en la sociedad?

– La cantidad de ficciones que nos tienen agobiadas es impresionante. ¿Qué es la realidad? No tengo idea. Pero sí creo que la ficción, más allá de la ficción artística o creativa, es fundamental en la vida de la humanidad. Lo ha sido siempre, incluso como sueño de vida. Nos inventamos historias para ir tras ellas y generar alguna posibilidad de otra vida, alguna que tenga que ver con esa ficción que queremos alcanzar. Las revoluciones en América Latina fueron eso. Un intento por alcanzar una ficción. Fracasaron, pero se intentó. La vida tal cual es no nos alcanza y nos inventamos otra, y jugamos a que tenemos una que no tenemos. El ser humano y la ficción están muy enredados.

¿De qué maneras?

– Yo he sido modificada por la literatura. Me vuelvo más curiosa, se me complica la realidad, tiene más capas de profundidad, se me enreda y vuelve más compleja. Hay un intento sistemático por simplificar las cosas en el día a día: lo blanco y lo negro, los malvados y los buenos. No hay intermedios, zonas grises ni complejidad. La literatura me ha ayudado a otorgarle más sedimento a la realidad; capas que no la vuelven unívoca y que me despiertan la curiosidad por seguir pensando y no tomar posiciones clausuradas, una cosa muy de la época: “esto es así, no puede ser de otra manera. Y yo pertenezco a esto”.

¿Por qué te parece importante otorgarle voz a la infancia y a la adolescencia en tus historias?

– He tomado la hebra del recuerdo para volver a esos años donde entendía muy poco. Quiero comprender más todo ese período histórico que viví. Era una niña y fui una adolescente, mis amistades lo eran también. Inevitablemente aparecen esas voces infantiles cuando recuerdo. Fueron a las que más les di escucha en ese tiempo. Dirigentes estudiantiles, compañeras, compañeros, voces concretas que cuando salíamos a la calle escuché gritar al lado mío. No eran voces graves, eran agudas todavía, no terminaban de cambiar la voz y estaban gritando ahí. Esa escucha es la que se filtra en mis libros, en un momento donde los adultos en general hablaban poco. Nos relataban poco, por millones de razones…

Hay  una frase muy ochentera: “come y calla”…

– ¡Esto no se habla en la mesa! Con los niños era así también y a veces ni siquiera autoritariamente. A ratos había miedo, te querían cuidar. Tampoco las cosas eran muy claras, entonces no había respuestas mientras nosotros intentábamos buscarlas. Aparece la curiosidad, íbamos a los lugares, leíamos las cosas, las comentábamos entre nosotros. Cuando hago el recuerdo para visitar esos años siempre tengo la teoría no tan chiflada de que en la actualidad somos también esas personas que fuimos. Ahora estamos tú y yo aquí. Tienes 35 años y yo 54, pero contenemos muchas capas que nos han traído aquí, ese niño y esa niña que fuimos están aquí. Le tengo todo el respeto del mundo a la cabra chica que fui. Me gustaría tener más de ella, que estuviera más presente. A veces se filtra, como también se filtra la joven. Me imagino que esta que soy ahora, cuando tenga 70 años y espero que siga escribiendo, también se va a filtrar.

Jugando en un tablero alienígena

La memoria y los derechos humanos suelen abordarse desde la melancolía y la solemnidad, ¿a qué se debe tu opción por colocar esos conceptos desde otros afectos, como el goce, la liviandad e incluso el humor?

– Pienso en esa niña curiosa que fui. Cuando en democracia empezó a tener mejor acceso a esos temas, se encontró con materiales en los que costaba entrar, y una puede leer más allá de las revistas o los pasquines que se armaban. Eran súper clausurados, costaba mucho entrar. Con voluntad se quedaba ahí y terminaba de leer, observar y escuchar, pero costaba justamente por la solemnidad. Lo que a mí siempre me ha dado vueltas, no solamente con los temas de derechos humanos que tienen que ver con el pasado, si no con todas las demandas que tenemos en el presente, es que tenemos que ser creativas al lanzarlas. Seducir a la mayor cantidad de gente. Ser más ligeros para que entre más aire, pensamiento y sensibilidad. Que podamos jugar con esas cosas, en el buen sentido. No estamos hablando de faltar el respeto, ni de quitarle seriedad a los temas. Tenemos que tener swing y eso es algo que a la izquierda le cuesta, sobre todo a la más radical. Por ejemplo, si a un libro sobre un Comandante del FPMR le quiero poner “Marciano” puede llegar a ser un escándalo. Porque se me respeta, se me quiere y se me mira como una marciana, dicen: “dejémosla…”.

¿De qué manera el arquetipo del “guerrillero revolucionario” como identidad preconcebida es puesta en crisis a través de tu novela?

– Tenía todos los prejuicios alimentados por las lecturas que había hecho y los rumores sobre Mauricio. Y no tenía problemas con eso. Me interesaba conocer al que podía ser un milico anclado a un pensamiento setentero de ultraizquierda. En la bibliografía que existe de Ramiro, él es una especie de malvado dentro del FPMR. Que era muy severo, que trataba mal a los cabros chicos, que tenía mal genio. Iba preparada para Hannibal Lecter. Yo era Clarice. Pero encontré a alguien completamente distinto a la construcción bibliográfica. Y con el tiempo se fue confirmando. Para una visita alguien puede actuar, pero en cuatro años de visita, todos los viernes, te juro que no. Vi muchas facetas de Mauricio y él vio muchas mías también. Son cuatro años de vida donde pasan cosas: la gente se enferma, hay momentos difíciles, movimientos judiciales que son complejos. Vi cómo eso pasaba en el cuerpo de la persona que tenía adelante.

Ese prejuicio se fue desbaratando cada vez más y parecía que eso era lo que el libro tenía que hacer. No para quitarle relevancia al Comandante, por supuesto que tengo simpatía con él, todo lo que hizo en tiempos de dictadura con el FPMR. Con el filtro del presente me pareció infinitamente más interesante desmantelar la figura del héroe, derrumbarla, y entender que aquí donde muchos ven a un santo hay una persona. Y que todo eso que les parece heroico, lo hizo una persona, como tú, como yo o como quien lee.

¿Por qué indagaste en el erotismo, la ternura y la torpeza, y no solo en la violencia y la “dimensión trágica” en la vida del comandante Ramiro? Como en la escena de sexo entremedio del batido de los panqueques, muy calentona y a la vez muy ridícula.

– Si cada uno piensa en los grandes momentos y en los terroríficos, están llenos de pelotudeces magnánimas. Pequeñas aventuras diarias. Mínimas. Torpes. Domésticas. Probablemente son los momentos más interesantes de nuestras vidas. La vida de Mauricio está llena de esas cosas también. Podemos vernos y entendernos en esa figura que se calienta como cualquiera, se equivoca, tiene miedo, se enferma, y a ratos el miedo lo paraliza.

Cuando llegó a Chile extraditado hace rato que ya no era el Comandante. Justo se desató la revuelta social y su figura  empezó a aparecer en las calles, en rayados y pancartas. No Mauricio, sino que Ramiro. Apareció fugándose en el helicóptero con el canasto. Me dijo: “qué raro hay mucho de Ramiro… y yo soy Ramiro… y  tengo que volver a ser Ramiro… y ponen fotos mías de Ramiro, fotos de ahora. Pero Ramiro no era pelado, cuando yo era Ramiro tenía pelo”.  A partir de esas pancartas hablamos del momento del rescate. Habían cosas que yo no sabía, como que estaban ahí esperando en el patio de la cárcel y no se atrevían a ir a mear. Si iban al baño ¿qué pasaba si llegaba el helicóptero? ¡Esas cosas son mucho más sabrosas! ¿Y cómo iban a subir? ¿Y si en el canasto no caben? Fue todo muy rápido, Mauricio no se alcanzó a subir, quedó colgando. Si uno de sus compañeros no le pisa el brazo para afirmarlo se cae. Siempre le preguntan: “¿qué pensaste? ¿en la altura? ¿la libertad?”, ¡y qué iba a pensar si estaba cagado de miedo!

Se ha escrito del FPMR, pero ese relato pequeño, sin la solemnidad del heroísmo, me emociona mucho más y nos desafía. Si piensas que fueron personas jóvenes comunes y corrientes, en comparación a la juventud de ahora… Como que son más chicos los jóvenes ahora, a los 20 años no sé si alguien estaría haciendo algo como lo que ellos hicieron. Es bien desafiante pensarlo. Creo que hoy nadie está dispuesto a hacer nada así.

¿Quién abdujo a quién durante el proceso de escritura de la novela? ¿Tú a él, o él a ti?

– Hay una abducción mutua. Sin duda yo me he servido de Mauricio y él también se sirvió de mi. Hay un intercambio y una estrategia en este juego, pero ha sido una estrategia igualitaria. Sé que hay cartas que él se ha guardado, que hay cosas que yo no sé; y él también sabe que hay cosas que yo me he guardado, y cosas de nuestro juego que él tampoco sabe. Las relaciones son así, y por lo menos hasta ahora ha funcionado muy bien. Fue un desafío no traicionarlo, no abducirlo única y exclusivamente yo. Ese juego fue súper difícil, realmente estratégico: poder mover las piezas de la literatura sin transgredir las piezas de la realidad, sin que la literatura dejara una cagada en la vida de Mauricio, que no es nada de sencilla.

¿Con que imagen o figura del inconsciente popular colectivo ilustrarías el experimento literario que hiciste?

– El ajedrez. Cuando partí conversando con él, Mauricio tenía 64 años: el número de las casillas del tablero. Está muy presente la idea de la estrategia en su vida. Él era uno de los que organizaba las acciones del FPMR y tenía que estar pensando en todos los hilos. El ajedrez es una metáfora de lo que fue su trabajo afuera, y también es una estrategia concreta para la mantención de su salud mental. En Brasil empezó a jugar solo sin tablero. Imaginaba que movía las piezas. Él era su propio contrincante. Después empezó a jugar con compañeros de la cárcel hablando por el pasillo. Cada uno en su celda, con un tablero de papel que dibujaban, hacían un campeonato. Mauricio anunciaba la movida y desde la otra celda anunciaban la contrapartida. Imaginaban ese partido que no veían, estaba cada uno en su tablerito de papel que armaban ellos mismos.

Reinventar el vocabulario y estremecer con las imágenes

¿Qué sensaciones te produce haber presentado esta novela en Buenos Aires mientras el gobierno de Milei persigue a Galvarino Apablaza para extraditarlo a Chile y en ambos países se evalúa comer carne de burro porque los salarios no alcanzan?

– Lo de Galvarino Apablaza es un temazo. Me da mucha risa lo de la extradición. La han anunciado tanto que es obvio que no iba a esperar que fueran por él. Lanzar aquí el libro, entremedio de estos contextos revueltos, con presidentes como los que tenemos en el Cono Sur, con Kast y Milei, con la ciudadanía siendo agredida en sus derechos día a día, es muy particular. Estoy trayendo al presente la historia de una generación que se rebeló contra algo horroroso, complejo, difícil, abyecto. Inevitablemente nos invita a pensar qué vamos a hacer con estos gobiernos negacionistas que admiran a los totalitarismos del pasado.

¿Qué rescatarías del espíritu de Mauricio Hernández Norambuena para pensar constructivamente a la izquierda latinoamericana actual?

– Pese a la falta de aire que existe en el encierro, él imagina otros mundos, otras vidas posibles. A la izquierda le falta sacudirse e imaginar más allá del molde en el que ha estado pensando todo. Le haría bien despeinarse y volverse un poco marciana. Hay algo que me pareció interesante de Mauricio en relación a mí. Soy el elemento más exógeno en este universo en el que él esta ahora, donde están su familia, sus amigos y gente de su sector político que lo va a ver. Soy la marciana en ese mundo que habita, pero él siempre ha tenido la mejor disposición al diálogo. Incluso en momentos donde no nos encontramos y tenemos pensamientos distintos. Es abierto a escuchar, procesar y reflexionar. Eso a la izquierda más radical le hace falta. Probablemente a todos los sectores políticos. Pero yo soy una mujer de izquierda y creo que tenemos mucha autocrítica que hacer, sobre todo si pensamos que tenemos a un pinochetista elegido democráticamente en La Moneda.

El gran problema que tenemos es que no estamos proponiendo nada. Estamos atomizados. Esta discusión de quien es más y quien es menos de izquierda en este momento no tiene lugar. Tenemos que unir manos y establecer un proyecto seductor, que entusiasme, que nos disponga al trabajo colectivo. No responder siempre los golpes, no bailar el baile de los otros, sino que proponer el nuestro.

¿A qué te refieres cuando has dicho que ha fracasado la memoria en la literatura? Se siguen publicando y vendiendo muchos libros en torno a eso.

– Pero tenemos un presidente fascista y negacionista en La Moneda. Vuelvo a la pregunta, ¿cómo interviene la ficción en la realidad?¿La literatura puede intervenir la realidad de un país? Sigo pensando que sí. Es un trabajo de hormiga, no es como puede hacerlo la política pública. Digo que hay fracaso desde mi responsabilidad, pero no lo tomo como una derrota. De ahí se extraen los derroteros para pensar qué hacer. La actualidad nos exige más energía, más creatividad y reflexión. No seguir repitiendo la misma fórmula. A eso me refiero con el fracaso. Todo el lenguaje que hemos usado para hablar de derechos humanos y memoria hay que replantearlo, por ejemplo. Siento que se nos han vaciado esas palabras y tenemos que aprender a recargarlas. Muchas veces cuando sencillamente decimos “derechos humanos” o “memoria”, la gente se aburre y se espanta, y eso no puede ocurrir. Tenemos que volver a encender corazones, eso es lo fundamental.

¿Y cuándo has dicho que la creación debe ser un acto libre? ¿Piensas que tiene límites esa libertad?                                        

Es paradojal y parte de una reflexión que siempre está dándose en mi cabeza…Empieza a aparecer esa moralina…

– Le tengo mucho miedo al discurso declarativo, siempre estoy con esa alerta encendida. Si en un taller digo que la literatura se debe a su discurso comprometido sé lo que va a pasar, lo he visto con horror. Lo veo en parte del teatro chileno y en muchos trabajos literarios donde el discurso se come a la literatura. Todo se vuelve pesado, aburrido, lleno de lugares comunes que definitivamente no funcionan, sólo aplastan, ahogan. La creación es el único espacio de libertad que tenemos. No tiene el deber de salvar un país ni de abrir conciencia. Si le endilgamos esos deberes probablemente la literatura va a dejar de ser literatura. La literatura se debe a sí misma, en el sentido de que si escribimos un libro debe ser el mejor libro que podamos escribir. Dan lo mismo nuestros discursos éticos o políticos si no sabemos transformarlos en real literatura. Ese es el trabajo. Pero la paradoja existe porque como autoras nos debemos a nuestra contemporaneidad y a nuestro contexto.

Si nuestro punto de vista es enfocado y comprometido con nuestra realidad al momento de escribir va a salir solo, sin tener que llenarlo de ideología. Si estoy comprometida con mi entorno, aunque esté escribiendo del pollito que sale del cascarón, mi literatura puede ser una bomba. Pero yo voy a estar hablando del pollito y del cascarón, no de la democracia, la libertad, la insurrección, la lucha, o de lo que sea de manera declarativa. No voy a ocupar esas palabras.

La literatura se encarga de traducir la realidad con imágenes que no son las obvias, imágenes que complejizan y entran por otros lugares. Es poco clara, no clausura, no hay que cargarla de discursos y palabras rimbombantes. Eso le hace un mal favor a la literatura, e incluso a “la causa” si hablamos de política.

¿Cómo se podría recuperar el significado de la palabra “libertad” desde la izquierda?              

– Esas palabras con el tiempo se han ido vaciando. Yo las evito, porque no sé todavía cómo las podemos llenar de sentido. La palabra libertad se venció. Hay que asumir que fue robada. A mí me cuesta ocuparla. En el libro hay palabras a las que yo les hacía el quite, aun cuando en la retórica del lenguaje de la izquierda siguen muy presentes. La palabra “libertad” o la palabra “lucha” o la palabra “pueblo”. No creo que en el libro exista la palabra libertad, porque no sé cómo resignificarla…

Aparece muy pocas veces y en contraste al presidio, o no literalmente, a través de alegorías como el vuelo, o mirar el cielo a través de la ventana.

La creación en general hace eso, traduce, no nombra.

En el paseo que tuve al Parque de la Memoria vi la silueta de Pablo Míguez sobre el Río de la Plata; es una obra escultórica de un chico que desapareció a los 14 años. De no haber desaparecido tendría la edad de la artista que hizo la escultura, Claudia Fontes. No sé cuántas palabras circulan alrededor de esa imagen. Nos da la espalda, está en medio del agua, está cerca, pero no lo podemos ver del todo, allá y acá, como si estuviera en un limbo, pasando al mundo de Hades.

Es de esas imágenes que tú dices: “¡guau!”. No hay palabras. Todo un remolino de sentido habla en esa escultura. Me mató, me apretó el corazón, es preciosa e indecible. Ahí circulan las palabras “libertad”, “horror”, “paz”, “lucha”, “pueblo”, palabras de mierda a estas alturas, porque nos las han vaciado, nosotras mismas las hemos gastado, pero circulan ahí y no hay que decirlas.

Es la imagen de ese chico que ya no está, pero que está, y su reflejo se ve en el río donde sabemos que pasó lo que pasó. Está cerca y lejos, y es todo. A eso aspira la literatura, a no tener que decir, pero sí a incitar que vivamos la epifanía. Es un tremendo desafío generar esa experiencia, que lo es todo.

Sobre la autora / el autor
Antonio Urrutia Luxoro
Escritor y crítico cultural.

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