Opinión

Rabia o nada

El odio deviene personalista (el fascismo sabe movilizarlo), la rabia remite a una situación.

“Si queremos armar eficazmente a los desdichados, hay que ponerles en la boca solo palabras cuyo propio destino se encuentre en el cielo, por encima del cielo, en el otro mundo. No hay que temer que eso sea imposible”.

                                                                                     Simone Weil

El devenir de los acontecimientos ha mostrado con claridad lo que ya, para 2019 era una realidad: los pueblos no están agotados sino hastiados y la rabia se ha vuelto su pasión fundamental. La derecha en sus diferentes derivas fascistas -desde Chile Vamos hasta el Partido nacional Libertario, desde el PDG hasta el partido Social Cristiano- entendieron perfectamente el problema y han capitalizado esa rabia en la forma del odio a los migrantes, a la izquierda, a los LGTB, a los indeseables de siempre que, para estas penosas coyunturas históricas, siempre aparecen como culpables de todo. Mas, esta situación sucedió porque el progresismo quiso hacernos creer que todo se había normalizado y que, por tanto, la rabia ya no tenía sentido.

Pero la “normalidad” ya pasó y ahora se nos dice que estamos en “emergencia”. En este marco, la oposición no puede seguir pensando que solo basta “·defender la democracia” (por tanto la “institucionalidad” heredada desde la dictadura) para poder irrumpir en el escenario político y trastocarlo.

Todo lo contrario: seguir situados en “defender la democracia” significa situarse al interior del escenario provisto por la derecha y, en este sentido, implica ser parte de su show sin ser capaz de salir del guión, sin poder bailar a otro ritmo que no sea el de la derecha. Pretender que una apuesta por “defender la democracia” convocará pasiones y ofrecerá a las masas algo más que una cuota de “moralidad” puede ser efectivo en tranquilizar sus propias conciencias pero totalmente inútil para hacer política en esta coyuntura.

Si las izquierdas pretenden algo más que terminar defendiendo la institucionalidad heredada de la dictadura y profundizada por la burocracia transicional tienen que abrir otro frente, bailar otro ritmo saliéndose el teatro de operaciones en el que los metió la derecha.

Esto significa que deben asumir lo que desde 2019 resulta absolutamente evidente para los pueblos pero curiosamente invisible para las izquierdas: la rabia popular persiste. Ha sobrevivido a tres procesos constituyentes fallidos, a gobiernos, igualmente fallidos y a una pandemia y sigue sobreviviendo a un orden político y económico que gira en banda: girarlo hacia la izquierda no lo atornilló, girarlo hacia la derecha tampoco. Hasta ahora, la clase política se ha conformado con instalar, transversalmente a las dos grandes coaliciones, la cuestión de la seguridad como prioridad. Pero la rabia sigue y se profundiza.

Es menester proponer una distinción que planteamos en 2019 y que, quizás, sigue siendo operativa: la rabia es diferente al odio. Este último siempre implica una relación violenta a otro, puesto que identifica en él, la causa de todos los males; la rabia, en cambio, porta consigo una potencia de justicia no realizada, truncada, donde se advierte que el impedimento para su realización se ubica en las instituciones.

El odio deviene personalista (el fascismo sabe movilizarlo), la rabia remite a una situación. Por cierto, ambos pertenecen a un mismo pliegue y siempre resulta absolutamente frágil la distinción entre uno y otro. Bajo estas condiciones, nótese lo que ha ocurrido en la última década de movilizaciones: la crítica al Capital (los grupos económicos durante Piñera) se desplazó a la crítica al Estado (durante el gobierno de Boric). Este desplazamiento ocurrió porque las izquierdas, convertidas durante años en un progresismo elitario, no pudieron jamás conectar con la rabia popular que se había abierto paso entre los escombros de un orden en Octubre de 2019.

¿Cómo podía conectar si atendía a las capas medias universitarias antes que a la diversidad y precariedad y fragmentariedad radical del proletariado surgido durante transición y su economía globalizada? Es precisamente por eso que la derecha capitaliza la rabia y la vuelve odio; es decir, trastoca el deseo de justicia por la agresión hacia el otro.

El fascismo conduce la rabia hacia el odio y afirma el principio de la tierra (el mito como invariante). Las izquierdas conducimos el odio hacia la rabia y la transformamos en el ritmo del cielo (la utopía). Porque al final, sabemos, que la tierra es un pedazo de cielo, que se alimenta de él y crece hacia él. El cielo es el mundo vivo que nos espera.

Por esta razón, la única posibilidad para las izquierdas -si es que pretenden sobrevivir como tal o inventarse ofreciendo algo más que la institucionalidad vigente- es volcarse sobre la materialidad de esa rabia popular, entender sus ensambles, condiciones, razones. Y entonces, dejar de lado esa “defensa de la democracia” y abrirse a una crítica decisiva de los grupos económicos (por tanto del capital), del “abuso” institucionalizado por un Estado subsidiario que el régimen neoliberal impuso y sigue imponiendo, ahora, sin el simulacro democrático.

Se requiere transformar la máquina Estado-Capital fundada por el pacto oligárquico de 1980 en su matriz “oligárquica” (guzmaniana), en otra que responda a los deseos mayoritarios. Pero esto, jamás podrá tener lugar si esas izquierdas siguen parapetadas en el discurso instituido, incapaz de movilizar la rabia. Desarticular el odio no pasa por contraponerlo a la “defensa de la democracia” y los abrazos.

Desarticular el odio significa volcarlo hacia la rabia, liberar su potencia crítica. Porque solo si podemos entender que la rabia abre el umbral de la justicia, podremos plantear otro ritmo en la política, otra escena que no responda al guión de la derecha.

.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
Ver sus publicaciones →

También te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Apoya al periodismo independiente! Sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran.
Únete aquí

¡Apoya al periodismo independiente!

Súmate, sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran. Así podremos seguir con los reportajes, crónicas y programas, que buscan mostrar la otra cara de la realidad, esa que no encontrarás en los medios de comunicación hegemónicos.