La religión de “en la medida de lo posible”
¿Se puede repetir ese discurso ideológico, con tal de dejar tranquilas a las estatuas vivientes que andan en su inagotable búsqueda de reconocimiento? A mi parecer, no; según creo, lo que hay que hacer es efectivamente reconocer que siempre habrá posibilidades limitadas por los contextos, pero jamás olvidar que los eufemismos de la transición nunca significaron lo que dijeron significar; que los acuerdos no fueron acuerdos y que lo posible, luego de terminados los primeros administraciones de la Concertación, ya no era solo una decisión racional, sino una muletilla a la que algunos decidieron aferrarse hasta el fin de los tiempos.
Agencia Uno
Durante la inauguración de la estatua en honor al ex Presidente Patricio Aylwin, Gabriel Boric, actual primera autoridad de la República y parte de una generación crítica de la transición, escenificó un acercamiento político con aquellos que debieron gobernar con Pinochet aún en el poder.
En su discurso, Boric reconoció las complejidades de gobernar e intentó hacer un parangón con aquellos años de la posdictadura. Para establecer una conversación intergeneracional, citó a su padre, un militante democratacristiano de toda la vida, quien le decía en discusiones familiares que ellos, su hijo y su sector, no sopesaban la compleja situación del momento, criticando la dureza de los herederos políticos de la Concertación- porque eso son- con quienes aspiraban a reemplazar.
Si se lee la ceremonia en clave estratégica, las palabras del Presidente y la presencia de muchos quienes fueron parte importante de la reconstrucción democrática, se podría decir que es una vez más un intento de acercamiento de quienes hoy gobiernan con los que lo hicieron en el pasado, para así crear un lazo perdurable, que consista en una alianza , un bloque de confianza mutua entre quienes desconfían recíprocamente los unos de los otros.
Fue una especie de pedida de auxilio en momentos en que quienes parecen tener más dureza con el Gobierno son los que creen ser dueños del pasado y, por ende, de toda acción política hacia el futuro.
Pero hay que preguntarse cuán reales son esos lugares comunes que se repiten una y otra vez para establecer lazos. Si bien es cierto que el gobierno de Aylwin tuvo desafíos enormes e instaló una manera de hacer política acorde a las circunstancias, también es verdad que lo que en un comienzo fue una realidad, luego fue una conducta a seguir casi desmedida, con tal de no alterar lo que ya no era alterable.
Aunque sea obvio que toda acción política se hace en la medida de lo posible, y que en los primeros años transicionales la cautela era la mejor consejera (como siempre lo es, dicho sea de paso), lo es también que esa forma de actuar, esa manera de mirar el presente, se convirtió casi en un capricho, en una necesidad histórica, en un ethos que ya no servía a quienes impusieron el miedo, sino a quienes quisieron sentir miedo casi como si les causara una sensación de placer que esas barreras estuvieran ahí, impenetrables, irrompibles.
La prudencia de los primeros años de gobierno, en el tiempo que siguió ya no era una forma de enfrentar los miedos reales, sino también los propios, en medio de una travesía en la que las únicas certezas eran esas barreras, esas prohibiciones, ese imaginario político sobre el que se apoyaban.
Y con esto me refiero a los gobiernos que vinieron después; a aquellos que no hicieron gran cosa por ir superando las limitaciones institucionales, o quienes sí pudieron hacerlo, y que tenían una legitimidad social y política que únicamente usaron para ganar elecciones, administrar e intentar morigerar los “silencios de la revolución (neoliberal)” en curso, como se titula el clásico libro del sociólogo y factotum de la Concertación, Ernesto Tironi.
Parecía que lo de “en la medida de lo posible” ya no era algo que funcionara acorde al realismo de los primeros años, sino que ya era una mirada ideológica, dogmática, que escapaba a toda posibilidad de acelerar el ritmo o desviar el camino. Era algo que ya nutría intensamente el espíritu de la época y sus protagonistas; una especie de mantra que ya no tenía sentido alguno, y que lo único que lo sostenía era repetirlo incansablemente.
¿Se puede abrazar eso políticamente? ¿Se puede repetir ese discurso ideológico, con tal de dejar tranquilas a las estatuas vivientes que andan en su inagotable búsqueda de reconocimiento? A mi parecer, no; según creo, lo que hay que hacer es efectivamente reconocer que siempre habrá posibilidades limitadas por los contextos, pero jamás olvidar que los eufemismos de la transición nunca significaron lo que dijeron significar; que los acuerdos no fueron acuerdos y que lo posible, luego de terminados los primeros administraciones de la Concertación, ya no era solo una decisión racional, sino una muletilla a la que algunos decidieron aferrarse hasta el fin de los tiempos.

Los próceres concertacionistas vivieron momentos difíciles y debieron lidiar con el miedo y con casi la mitad del país detrás de un dictador que aún sentía que era dueño de la “estabilidad” patria. Eso no hay que olvidarlo nunca. Pero tampoco hay que olvidar que mucho de lo que en algún momento fue necesario, después ya no lo fue, y que ciertas cosas ya no tenían que ver con la capacidad o las posibilidades de llevarlas a cabo, sino con las ganas de algunos de hacerlo.
Por lo tanto, uno espera que Boric, como todo gobernante medianamente sensato, entienda la diferencia entre la imposibilidad de las circunstancias reales -y lo que tendrá que dejar de hacer de acuerdo con ellas- y la religión de “en la medida de lo posible”.
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