Filosofía y memes
El meme no es únicamente un objeto de humor. Es también una herramienta de lucha contra un orden establecido, a la vez absurdo e iconoclasta. Es el resurgir del dadaísmo, esta vez en formato digital. El meme tiene la voluntad de proponer un colapso del sentido instaurado y tiene a la vez la intención de construir, de proponer un mensaje distinto.
La respuesta generalizada de los padres cuando uno se llena el pecho de valentía para decirles que quieres estudiar filosofía, es “¿para qué?” o “¿de qué vas a vivir?” Es cierto que de pensar no se vive, aunque sí un poco. Y de memes, menos.
Pero la pregunta del para qué siempre es necesaria. ¿Para qué sirve la filosofía?¿Sirve de algo?¿Tiene que servir de algo? De lo que hay que estar seguro es que la filosofía empieza por el asombro, que hay que dedicarse completamente, que no filosofar es tener los ojos cerrados, pero que hacerlo es un acto simple. Es un lugar entre el no sé qué y el casi nada.
¿Para qué sirven entonces los filósofos? Si es para servir para algo, parece que quedó claro que para nada. Mucha razón tenía mis padres, resultaron ser grandes filósofos.
¿Y los memes? Desde la llegada de la cultura digital, el meme se expandió por Internet. Nos dimos cuenta que podíamos entregarle a distintos personajes o imágenes ya existentes una nueva identidad o rol. Estas identidades, con sus propios lenguajes, desplazaron el significado inicial hacia un campo simbólico y político. El meme permite hablar de sí mismo y del mundo, sin la intención de convertirse en ley.
Su fuerza se basa en su capacidad de creación sin límites, reciclando elementos de la cultura pop. Es un objeto que se presenta como un signo incompleto: encontramos bases o templates de memes en todos lados, pero sólo al ser apropiados se completan, una vez que les hemos agregado un texto o los hemos transformado. “Bad luck Bryan” abraza su propia dimensión al dar con el texto preciso, John Travolta perdido en una pieza funciona en una coyuntura particular.
Pero el meme no es únicamente un objeto de humor. Es también una herramienta de lucha contra un orden establecido, a la vez absurdo e iconoclasta. Es el resurgir del dadaísmo, esta vez en formato digital. El meme tiene la voluntad de proponer un colapso del sentido instaurado y tiene a la vez la intención de construir, de proponer un mensaje distinto. Se interroga la forma en que la cultura de masas busca transmitir un mensaje: aquí no jugamos en el primer grado, sino en el segundo, en el tercero o quizás el cuarto grado.
Piolines por Boric, disléxicos por Robic, son ejemplos de este big bang comunicativo, ajeno a la comunicación política clásica, pero que cultiva un sentido común que demostró ser tanto o más eficaz que las estrategias comunicacionales oficiales de su propio comando.
El meme es además autónomo, capaz de adaptarse a la velocidad de la luz. Posee una capacidad infinita para dar vuelta discursos, desplazarlos de un lado a otro para hacernos ver el absurdo de nuestro mundo. Su singularidad, su artificialidad, su capacidad de reflexión lo convierten en una fuerza política y, por qué no, una fuerza filosófica.
Una fuerza filosófica de consumo expedito. Paracetamoles filosóficos, fundamentales para la salud mental de los y las chilenas. El meme permite, a través de su humor, un acercamiento a la realidad en un nivel diferente al del mero relato. Permite reflexionar sobre ese algo, desde ese lugar entre el no sé qué y el casi nada, para ver un pedazo de la realidad.
“¿Hay acaso más verdad que la broma?” se preguntaba Constanza Michelson en una columna sobre Felipe Avello. El Borita, la entrevista a Pinochet, el personaje de Luis Pinto, Bryan Tulio. Nuevamente el mejor filósofo de nuestro tiempo, el gran Felipe Avello, supo despejar nuestro entendimiento.
Entonces, ¿para qué sirven los memes? Probablemente para nada, al igual que la filosofía.
Esta semana, leyendo el diario, descubrí que el prestigioso Umberto Eco dijo alguna vez que las redes sociales son “la invasión de los idiotas”. Lo noté nervioso, tal vez encontró competencia.
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Excelente reflexión, frescura en la pluma y bonito el pensar en cosas en las que nadie piensa. Da mucha frescura.