Opinión

“Las razones no importan mucho”. Una política de la masacre

A pesar del festivo desfile de disfraces que nos ofreció el Halloween local, las imágenes más terribles y espeluznantes que se difundieron las últimas semanas vinieron desde Río de Janeiro. Las filas de cadáveres, las madres desconsoladas, la crudeza de la cobertura así como el desparpajo de quienes se jactan del éxito de la operación,  parecen confirmar que se asiste a un momento en que la política se ha dado la mano con el horror, la violencia, el arrebato y la indiferencia.

Con todo, no se trata únicamente de los más de 130 muertos de los que se sabe muy poco sobre sus antecedentes y cuyas ejecuciones parecen más propias de una purga que de cualquier procedimiento ajustado a derecho: “Algunos de esos muchachos iban a mi parroquia y aseguro que jamás habían visto un fusil” afirma enfáticamente un pastor en uno de los tantos videos que han circulado después de la masacre. Sin embargo, esta queja parece tener más detractores que aliados.  

En efecto, a este suceso que exigiría al menos una explicación institucional detallada‒ se suma el alarde y vitoreo que en modo barra brava se hace en redes sociales, posteos y cualquier otra instancia abierta a comentarios disponible en la web. Esta suerte de linchamiento mediático acribilla otra vez a los ya aniquilados y resulta tan pavoroso como la masacre misma.

Varios problemas se desprenden de lo anterior. En primer lugar; ¿en qué momento los procedimientos judiciales pasaron a ser innecesarios? No solo el episodio de Río de Janeiro sino que también los procesos sin protocolo de Bukele,  los ataques a embarcaciones en las costas de Venezuela ‒de los que se jacta Trump‒ o las ejecuciones en Sudán donde las Fuerzas de Apoyo Rápido han asesinado a miles de civiles, parecen inscribirse más en la lógica de mostrar la violencia como un espectáculo de la acción eficiente y sin rodeos que en un ejercicio político con propósitos de restauración.

Al parecer más que una pretendida medida de orden, lo que tiene lugar es una suerte de sacrificio dirigido a una galería con sed vampiresca que quiere disfrutar de un show de pogromos hacia quienes detesta y que considera sospechosos de su infelicidad cotidiana. Las razones no importan mucho, sino ante todo hacer gala de que no tiembla la mano cuando se trata de matar.

En esa racionalidad, insistimos, la justicia o el derecho como medidas de moderación y cautela, son vistos como molestias, y por lo tanto, se goza también con su ninguneo. Despreciar la ley y pisotear el justo proceso en favor de las balas es hoy sinónimo de hacer las cosas bien y con firmeza. La crueldad es vista así como un valor a cultivar.

Desde luego, esta racionalidad se replica a escalas tal vez menos mortíferas pero no por ello menos crueles ni menos preocupantes: las barridas de grupos radicalizados contra migrantes en España; las operaciones del ICE en Estados Unidos, las turbas descontroladas en las “detenciones ciudadanas”, los castigos de grupos de prisioneros contra otros al interior de las cárceles y hasta las humillaciones como parte de los enfrentamientos de las barras bravas del futbol, son muestras de una violencia a flor de piel que cada vez requiere menos justificaciones.

Curiosamente, toda una audiencia respalda y festeja estas medidas. Esta tribuna que las avala y que parece que gustaría de salir con antorchas a expiar el mal del mundo, porta una rabia y una incomodidad que es ciertamente atendible.

Aunque esto sea fruto muchas veces de un terraplanismo político o de manipulaciones simplonas de los medios en todas sus versiones, no debe desconocerse que ha habido un caldo de cultivo para este deterioro ciudadano: democracias convertidas en carnavales de corrupción y empeñadas en la cosecha intencionada de la inseguridad y el maltrato; la burla electoral como protocolo para el abuso; una ausencia casi total de mecanismos para cualquier intento de cambio profundo… en fin.  No obstante, atendido esto, más preocupante nos parece la renuncia total a una transformación colectiva en favor del «sálvese quien pueda» y del beneficio personal a toda costa como credo del buen vivir.

En estas condiciones, el único espacio en que esa subjetividad rabiosa parece sumarse a una colectividad es en la fogata de odio que busca expandirse para quemar todo el paraje pero sobre todo para convertir en cenizas a quienes se supone que lo merecen: los malos.

Dos rodeos filosóficos invitan a pensar este panorama que para muchos resulta tan justificable como para otros tan rentable. En La inmanencia: una vida…, Gilles Deleuze nos recuerda una novela de Dickens donde un personaje despreciable y detestado recibe cuidados cuando está moribundo.

En la medida que se le devuelve a la vida y este canalla retorna a ser quien todos desprecian, las relaciones vuelven a ser las de siempre. No obstante, Deleuze subraya como las personas han coincidido en cuidar una vida simplemente por ser una vida y por tanto valiosa. Hay un momento intermedio en que este alguien que se desprecia no es tal, sino tan solo una vida impersonal. En ese momento el cuidado por la vida no ha sido puesto en duda.

Ahora bien, es ese espacio intermedio en que una vida no es más ni menos que una vida, el que parece ya haber perdido todo tipo de aprecio. Prima más bien el desprecio por ser, tal vez, una vida emparentada a quienes debemos odiar. Las vidas de los más de 100 ejecutados en Río de Janeiro no han alcanzado a ser lo suficientemente estimadas como para no ser acribilladas.

Basta la mera sugerencia de estar vinculadas al crimen para no merecer protocolo judicial alguno: jamás podremos saber cuántos de los ejecutados efectivamente eran criminales; pero esto ya no importa, estas vidas ya no están ni tampoco sabremos mucho de su historia. De ellas solo hemos visto su cuerpo estéril apilado en una hilera de vidas anónimas, pobres y racializadas, adjetivos que no alcanzan para ser lamentados por la gente de bien. O al menos por la gente que se ufana de buena.

Ni la piedad, ni la misericordia, la compasión o la empatía, son vocablos en nombre de los cuales las vidas pueden ser rescatadas del asesinato real y del desprecio mediático. En general, si los muertos pueden ser asociados a un segmento que representa “el mal”, la tribuna dirá que bien muertos están y que no hay nada que lamentar.

Así por ejemplo, para la gente de bien, el migrante es potencialmente un delincuente, el delincuente un potencial asesino y el asesino no merece juicio sino directamente la muerte. Y si la gente de bien se siente lo suficientemente valiente y segura para actuar, serán ellos mismos los verdugos encargados de cumplir dicha tarea.

Así las cosas, los más peligrosos parecen ser los buenos. O, si se quiere, creerse demasiado bueno conlleva el peligro de hacerse cruel. La violencia y la crueldad se han puesto del lado de la virtuosa. Vale la pena la claridad: esto no quiere ni equiparar ni justificar el sufrimiento que produce la delincuencia, el crimen organizado e incluso los conflictos sociales que resultan en consecuencias nocivas e intranquilidad. Pero lo preocupante es que estos males habiliten el odio, la indistinción, el maltrato indiscriminado y un respaldo de la violencia como operación política fundamental.

Esto invita al otro rodeo filosófico. La fórmula “banalidad del mal” permitió a Hannah Arendt acusar la magnitud de los efectos perversos contenidos en el proceder obediente de personajes mediocres que no cuestionaban sus funciones. Para sumarse al horror no había que estar convencido de un credo o doctrina malvada; simplemente había que “hacer su trabajo” con diligencia y sin levantar la cabeza.

No poner en cuestión la labor que se realiza es clave para hacerse cómplice. Creo sin embargo que hoy se asiste a otro momento que algunos han nombrado como la banalidad del bien; esta vez, en nombre de principios sólidos y entelequias de bondad, los sujetos se hacen fieles a una serie de símbolos que parecen situarlos en el distrito de los buenos: yo trabajo, quiero a mi país, amo a mi familia, soy normal y cuido lo que me he ganado. En nombre de esos mínimos puedo ya masajear mi conciencia pero además mirar a otros como una eventual amenaza o al menos como gente cuya vida no merece importancia.

Si hoy la violencia y la crueldad campean es porque la gente de bien es su jinete y mensajero. Entiéndase bien: esto no es una cancelación a toda referencia moral, pero si al menos un llamado de atención sobre la necesidad de un titubeo que no haga de esa moralidad bonachona un permiso para el exterminio sin remordimiento o una licencia para desatender el genocidio. 

Si el genocidio es una palabra que ha recobrado valor en los últimos años es, por supuesto, a la luz de lo que ocurre hoy en Gaza. Este episodio ha encarnado, con total descaro e ignominia, la indolencia y el desprecio por la vida.

El bombardeo brutal ha sido acompasado por otro bombardeo: uno de imágenes de una crudeza y atrocidad inimaginables. Hemos sido testigos periódicos de asesinatos de niños, torturas de familias, mutilaciones salvajes y de el ensañamiento contra la vida en una forma burlesca y feroz. El genocidio contra Palestina se ha conformado como el límite real de lo políticamente imaginable hasta el punto de su saturación y adormecimiento: ya parece normal y hasta tolerable.

Si el mundo moderno y civilizado ha dado su beneplácito silente a Gaza, entonces cualquier masacre puede ser permitida a la luz del día y sin pudor ni vergüenza. Hace unos días, en la presentación de un libro, Nelson Beyer nos recordaba que en el siglo XX, los Estados aniquilaron 4 veces más personas que las guerras.

No sorprende entonces que las desteñidas banderas del derecho que hipócrita y débilmente se enarbolaron en el siglo XX para contener el odio social e institucionalizado, hoy sean pisoteadas por las mismas masas que en su momento fueron sus protegidas. “Si el genocidio es por cierto el sueño de los poderes modernos, ello no se debe a un retorno, hoy, del viejo derecho de matar; se debe a que el poder reside y ejerce en el nivel de la vida” nos dice Foucault en La voluntad de saber.

El primer cuarto del siglo XXI anuncia con preocupación que los monstruos se están quitando sus máscaras y «liberando» del todo. Así, una relación ‒bondadosa pero oscura‒ de la vida con la política, se está germinando.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

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