Viernes, Junio 14, 2024

El castillo rosa de Cathy Barriga hoy es una celda gris

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La semana recién pasada la política y el espectáculo giraron en torno a la ex alcaldesa de Maipú, Cathy Barriga. Su formalización por fraude fue transmitida por todos los matinales en cadena nacional, y junto con ello las redes sociales emitían juicios sobre cómo vestía, lo que decía o no decía y, por supuesto, la compañía de su marido, el diputado UDI, Joaquín Lavín León, conocido como Lavín Junior.

Sin ir más lejos, uno de los episodios más pintorescos de la primera de tres jornadas de formalización fue la discusión pública entre Barriga y Lavín. La ex chica Mekano le dijo a su marido que quería caminar sola, debido a que él la escoltaba.

Como suele pasarle en toda aparición pública, Lavín no entendía nada. La miraba con cara de desconcierto. No sabía el por qué de la actitud. Y todo esto se convirtió en un conflicto matrimonial en vivo del que todos hablaban y opinaban sacando conclusiones apresuradas.

Para ser precisos, toda la semana estuvo repleta de esas conclusiones. Una de las más divertidas, y que habla bastante del desconocimiento de las clases sociales en Chile de parte de cierto progresismo, es haber identificado a Barriga con una elite en particular por haberse casado con quien se casó. Incluso, se le atribuyó un poder inimaginable por no haber sido llevada a prisión preventiva y quedado con prisión domiciliaria. Hubo líderes de opinión que concluían que esto se debía a la red de contactos que tendría Barriga.

Por lo mismo, la pregunta es qué tan poderosa es la ex Robotina. Es cierto, tuvo algo parecido al poder mientras comandó la Municipalidad de Maipú, e hizo todo lo que pudo para demostrarlo, repletando todo edificio posible con su cara y su figura, al más puro estilo de un régimen autoritario en el que todo gira en torno al “gran líder”. Pero esto dejaba en claro su desconocimiento de las reglas mismas de cómo se influye realmente en Chile, donde se hace de manera más silenciosa, más culposa y más beata, sustentando lo que podríamos llamar el “ejercicio del mando” en ciertos amiguismos, relaciones extralaborales y construcción de confianzas.

Ella no hizo nada de eso. Al contrario, lo único que logró fue avivar y alimentar día a día la rabia hacia su persona de sus opositores al interior de la comuna. Si bien se podría decir que usó a la familia Lavín para llegar donde llegó, lo cierto es que todo el resto del trabajo lo hizo sola. Siempre dependiendo de su imagen televisiva. No le tomó el peso a lo que hacía porque estaba encandilada con lo que tenía. Porque creyó que al haber logrado un cargo, había logrado todo.

¿A qué se deberá eso? A que no convivió con su condición de autoridad de manera inteligente ni responsable, ni siquiera para cometer irresponsabilidades. A que al parecer nadie le advirtió lo que significa realmente aspirar a llegar a un lugar de cierta importancia en este país. A que se engolosinó con lo que nunca antes tuvo. A que vio todo esto como una oportunidad y no como un vehículo hacia algo más. En definitiva, a que escaló y escaló hasta llegar a ese mundo de fantasía en el que creía que se quedaría para siempre.

Cathy Barriga es un ejemplar más de la aspiración malentendida que reina en Chile. Con esto no pretendo hacer un juicio moral al arte de “aspirar” a algo, sino establecer la diferencia esencial que existe en querer subir, cambiar de estrato socioeconómico, y hacerlo sin medir las consecuencias, sin importar nada más que el objetivo pasajero y disfrutar de la inmediatez, de manera burda y tratando de lucir una fastuosidad a prueba de todo. Incluso de las normas implícitas de las elites tradicionales de este país (un ejemplo es haberle regalado a la diputada Carmen Hertz un collar que la parlamentaria le devolvió de inmediato, más que por una cuestión de decencia, porque realmente lo encontró una rotería).

Al igual que en la escena de la entrada de tribunales, Barriga quiso caminar sin nadie más que ella por los pasillos del poder. Se creyó más grande de lo que realmente era y no quiso recordar que no era nada más que Cathy Barriga. Sin embargo, esta semana se dio cuenta y se volvió a enfrentar con ella, sin luces, sin la majestuosidad de nueva rica cursi y rosada. Y aunque algunos aleguen que está presa en su residencia, su castillo rosa, ese hogar es hoy es una celda gris que le enseñó lo pasajero y frágil que puede ser todo. Sobre todo un estatus ficticio cuando no se tiene conciencia de lo que se requiere para mantenerlo en el tiempo. Más aún en Chile, donde la excentricidad vulgar es un delito casi tan grave como defraudar al Fisco.

Francisco Méndez
Francisco Méndez
Analista Político.

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