¡Abuelita, dime tú!: El arte de recordar políticamente
Podían parar la olla con escasas chauchas, haciendo maravillas para alimentar a toda una familia y algunos paracaidistas que se dejaban caer tentados por el aroma a legumbres.
Balmes los miró de reojo y dijo: “¿de qué señora son estos cuadros?” y uno tenía que entender de esa ofensa qué quería decir.
GONZALO DÍAZ.
La semana pasada, tentado por un afiche, fui a parar a una exposición en la sala Santiago Nattino de la APECH (Asociación de Pintores y Escultores de Chile). El webflyer que convocaba al último día de Formas de domesticar de Virginia Ramírez Lucero, ocupaba la clásica caja de Fósforos Copihue, valiéndose de la tipografía de la industria chilena para consignar el título y las coordenadas del evento. Ese afiche funcionó como anzuelo: piqué inmediatamente; el motivo aparente me sedujo. Pensé que se trataría de una exposición sobre los modos en que “lo chileno” –en su versión patriotera y pinochetista– logró penetrar al orden cotidiano.

El señuelo del afiche hizo efecto en mi memoria reciente: me trajo engañado. Pensé que vería algo similar a La amante fascista de Alejandro “Chato” Moreno –protagonizada por Paulina Urrutia–, cuando satirizaron a las dueñas de casa que asistieron a CEMA Chile para aprender manualidades y otros asuntos relativos al cuidado del hogar. Lo que al voleo asimilé de la exposición estuvo lejos de mi idea preconcebida: si bien, la serie de piezas aludían al paisaje doméstico, el hilo conductor de la exposición carecía del cinismo, humor negro y morbo que motivaron mi visita.
La percepción humana es limítrofe. Rápidamente recurre a lugares comunes, evitando conocer la experiencia de otros como mecanismo de defensa ante lo desconocido. Cuando al ingresar a la sala vi cerámicas, textiles, artículos de cocina, limpieza y videos de inspiración biográfica –según me sopló otra visita–, recurrí al cliché de la exposición de mujeres sobre asuntos de mujeres sin antes detenerme en cada una de las piezas.
La aparición del cliché se da en todo ámbito: también hay arte de pueblos originarios, LGBT+, “arte político” y hasta exposiciones de zorrones (estas se distinguen por los materiales caros, la abundancia de copete y el acento de las visitas).
Esto (no solo) es “arte de mujeres”
A cuestas de mi juicio inicial, la obra que Virginia Ramírez Lucero ha estado produciendo desde 2016, excede la noción de “arte de mujeres”, pese a utilizar elementos e indagar en temas que usualmente han comparecido en ese lugar común. A veces el “arte de mujeres” no logra conmover: cuando las obras son creadas desde el individualismo –a veces disfrazado de “colectivo”– para tematizar asuntos demasiado personales, a través de un lenguaje indescifrable. Obras incapaces de provocar empatía o manifestaciones de solidaridad, más allá de las buenas costumbres o de la galantería.
Sin todavía entender por qué la exposición me estaba afectando, cuando miraba unos anaqueles me quedé pegado en un cuadernillo de recetas amarillento –del año del hilo negro– en el que junto a las cantidades de cada ingrediente aparecían consignados los precios estándar de cada alimento. Decidí reiniciar el recorrido. Antes de volver a la entrada me fijé en una instalación con piezas de loza estampada, y en un video proyectado sobre el fondo de una olla donde se ejecutaba la acción reiterativa de lavar platos.

Cuando llegué por segunda vez a la entrada, me detuve en una amplia pieza textil donde estaba escrito el título de la muestra –Formas de domesticar– y el nombre de la artista y poeta. En una esquina de esa tela lucía un pequeño timbre institucional, del que solo recuerdo la palabra “ABASTECIMIENTO”. Mi abuela paterna, Marina Ortega Maldonado, decía haber participado de las JAP –Juntas de Abastecimiento y Control de Precios– durante la Unidad Popular. También participó de la Junta de Vecinos de su barrio: era el sentido común de las mujeres de su generación. Nunca le tomé el peso suficiente a esas historias cuando mi abuelita estaba viva.

El evento finalizó con una lectura a cargo de la autora de la exposición, y otras dos poetas: Marcela Matus y Paola Medina. Los poemas leídos en voz alta fueron seleccionados en virtud de su afinidad temática con “las abuelitas”, en plural: nuestras abuelitas. Además de obras de su autoría, leyeron a otras poetas; entre ellas, la recién galardonada Rosabetty Muñoz (nacida en 1960). Me quedaron resonando unos versos de Instrucciones para domesticar un lugar, escrito por Virginia Ramírez Lucero:
«Imagine el color de las cortinas
Ubique las cosas
Tape con pañitos a crochet los muebles
Reparta la mayor cantidad de plantas posible
Coloque un plato debajo de cada macetero
Barra, pase virutilla y encere»
Respetar las canas
Cuando salí de la APECH, mi cabeza no estaba (pero estaba) allí. Tampoco estaba conmigo en tiempo presente: estaba en los recuerdos del mundo narrado y padecido por mi abuelita, que logró desatar la exposición de Virginia Ramírez Lucero inspirada en la suya. No se trata de la misma veterana –el término en un principio no alude a las canas, veterana es quien ha sobrevivido a numerosas batallas–, pero la historia es similar.
La vieja receta del realismo literario, más allá de que la corriente estética sea a menudo vilipendiada por “conservadora”, es eficaz en el sentido artístico, político y social: se trata de historias que le pasaron a mi abuelita, a la tuya y a la abuelita de Lisa Simpson en el Springfield de los años 60.
Aunque en el contexto de la vía chilena al socialismo, “la compañera” tuvo un rol subordinado respecto al “hombre nuevo”, de acuerdo a la división social del trabajo, la izquierda fue autocrítica y formuló el Programa Básico de Gobierno proyectando la incorporación plena de las mujeres a la vida civil y al trabajo productivo fuera del hogar. La mismísima Julieta Kirkwood fue militante del Partido Socialista por esos años, antes de escribir la consigna “Democracia en el país, en la casa y en la cama” en los 80. Eran mujeres –algunas de ellas después fueron abuelitas– conscientes de la economía doméstica, que incluso llegaron a controlar en algunas oportunidades.
Podían parar la olla con escasas chauchas, haciendo maravillas para alimentar a toda una familia y algunos paracaidistas que se dejaban caer tentados por el aroma a legumbres. Me pregunto, después de visitar la exposición de Virginia Ramírez Lucero ¿En qué país viviríamos si esas abuelitas que fueron mujeres activas políticamente en la Unidad Popular –también en dictadura– nos gobernaran? Sin duda, que sería otro país, uno con menos hambre y más solidario: un país donde las holgadas estadísticas macroeconómicas se reflejan en nuestros almuerzos y no solo en planillas de Excel.
Es sabido que la historia fue otra: se ha sufrido en paralelo al uso condescendiente y hasta peyorativo de la palabra “abuelita” para nombrar a mujeres mayores. Más allá de la ternura que nos puedan provocar, tienen muchas historias que contarnos para aprender a ser mejores personas y convivir en una sociedad menos individualista.
Allí, cuando la izquierda que nos gobierna solo recuerda a las viejas y los viejos para sacarse la foto, faltan iniciativas utópicas como la de Virginia Ramírez Lucero. Formas de domesticar no es una utopía que imagina un futuro que todavía no se inventa, es una ficción política que recupera parte de un pasado para pensar un presente mejor (no es necesario inventar el hilo negro).
FORMAS DE DOMESTICAR / Virginia Ramírez Lucero
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