Un déjà vu permanente: señores contra el sexo
Un déjà vu permanente: señores contra el sexo
La semana pasada fue cuestionado el Festival de Cine y Placeres Críticos Excéntrico por recibir financiamiento público, aunque el Festival existe independientemente de dicho financiamiento, ya que apenas dos de sus siete ediciones han contado con ayuda del Estado chileno.
He colaborado varias veces con el Festival, proyectando películas de mi creación y siendo tutora del laboratorio Excéntrico en materias de guion y punto de vista, donde he podido acompañar a artistas y activistas de Chile y Latinoamérica en el desarrollo de proyectos que, dado su fuerte componente crítico, difícilmente pueden acceder a acompañamiento profesional en otros espacios.
Digo esto para enfatizar que Excéntrico, más que un mero festival donde ver películas, se presenta sobre todo como un espacio de formación, debate, creación y construcción de redes para nuestras comunidades sexo-género disidentes.
Comprendo las múltiples dimensiones de un proyecto como Excéntrico porque durante ocho ediciones y muchos años fui parte de la organización de la Muestra Marrana, un festival no competitivo de postpornografía que llevamos a cabo en Barcelona, Madrid, Ciudad de México y Quito.
Mi relación con la postpornografía ha sido, por tanto, intensa… No solo organicé el festival, sino que también dirigí y produje el documental “Mi sexualidad es una creación artística”, sobre la escena postporno de Barcelona, y más tarde hice incluso mi tesis doctoral sobre este tema.
Más que querer acreditar mi voz al respecto, quisiera poder expresar que la pornografía ha sido un tema que me ha ocupado y preocupado durante muchos años, en tanto me considero una persona feminista, una mujer cis, migrante, interesada en las formas en las que se construye la sexualidad y las múltiples violencias que la atraviesan.
Porque si hay algo que reconozco en todas las iniciativas que, como Excéntrico, indagan en la sexualidad de forma crítica, es la inquietud por la justicia erótica, el acceso libre de violencia a nuestros cuerpos, la constante apelación al consentimiento y la exploración de modelos relacionales que ofrezcan alternativas a la heterosexualidad obligatoria.
Los sectores más conservadores de la sociedad siempre se han opuesto a la pornografía y al trabajo sexual. Es una historia demasiado larga como para compartirla en este breve escrito, pero si sirve como antecedente, en los Estados Unidos de Ronald Reagan fue precisamente que se produjo una alianza entre conservadores y feministas antipornografía, quienes consiguieron incluso aprobar leyes en contra de su difusión.
Por supuesto que pornografías hay muchas y diversas, y las que se pueden ver en festivales como el Excéntrico son, en general, producciones no comerciales (no forman parte de la industria dura del porno), producciones activistas (realizadas por personas proderechos), y artísticas, que exploran las posibilidades de la representación sexual entendiendo que en ella se aloja también su propia construcción.
No es, por tanto, aleatorio ni antojadizo cuando decimos que la pornografía es una herramienta pedagógica. Efectivamente, al ser una de las cinco industrias más lucrativas del mundo, son producciones altamente consumidas y es de este modo que, a través de sus imaginarios hegemónicos, grandes partes de la población mundial han “aprendido” el sexo. Cuerpos multisiliconados, varones híperdotados, penetraciones repetitivas, sinécdoques y ausencias del desarrollo psicológico y emocional. Así es como aprendimos el sexo la mayoría de nosotras.
El cine erótico disidente y las pornografías críticas asumen esa historia y esa responsabilidad pedagógica, abriendo otras posibilidades a la representación que construye realidad con otros cuerpos, prácticas e imaginarios.
Este tipo de pornografías y festivales crean espacios de posibilidad para poder colectivamente repensar las normas y violencias que atraviesan el lugar opaco que históricamente ha sido la sexualidad. Un territorio cuyas violencias han sido encubiertas por el silencio y el tabú. Y si no, basta observar quiénes protagonizan los archivos Epstein: son hombres blancos, heterosexuales, adinerados y poderosos los que abusan de niñas y menores de edad, los mismos que se escandalizan ante festivales como Excéntrico.
En cambio, jamás han sido las disidencias ni aquellas personas que han trabajado por ofrecer alternativas consentidas para las sexualidades diversas las que aparecen en los archivos de los abusadores. Por eso es que considero y seguiré confiando en este tipo de instancias que son una importante parte, y una propuesta concreta, para la educación sexual integral que merecemos y que merecíamos las que tuvimos como primeras experiencias sexuales el abuso. Tendrá que ser un trabajo colectivo y mancomunado el de cuidarnos entre nosotras, y un trabajo en el que el Estado tiene el deber de participar, más allá del escándalo instrumental que ciertos sectores de la población quieran hacer.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.


