Nuestras comunidades

Relato conmovido de un velorio de pueblo

No hay mucho que contar acerca de un velorio, creo yo. Sólo emociones. Sólo el paisaje humano del duelo compartido entre quienes llegan a acompañar a la familia en su momento de dolor. Afuera del lugar, el Espacio Comunitario Pablo Vergara Toledo, se congregan unas cien personas que, sin apuro, hacen la ordenada fila para entrar. La mayoría son jóvenes. Las voluntarias de la Olla Común Luisa Toledo la ordenan, pidiendo mantener distanciamiento físico y tomando la temperatura a las personas. Reparten alcohol gel y saludan con cariño a cada persona.


Cuando subo a la micro para ir al velorio de Luisa Toledo, me inunda una pena visceral. Hace 37 años asistí al funeral de sus hijos Rafael y Eduardo, con esta misma tristeza. El tiempo parece dar vuelta entonces, mientras la micro avanza lentamente entre el atochamiento de las avenidas. De pronto, desde el fondo del bus, me llega su voz, la voz de Luisa. Levanto la vista y confirmo que desde un celular, un hombre vestido de negro, escucha una de sus alocuciones, una proclama. En ella, Luisa nos recuerda que hay que luchar hasta morir, para que vivir haya valido la pena.


Evidentemente, esta persona también se dirige al velatorio. Cuando llegamos a Cinco de Abril con Vista Hermosa, nos bajamos de la micro y caminamos silenciosamente uno junto al otro. Las calles del barrio tienen el sello combativo e insurrecto que ha dado fama a Villa Francia. Murales en las calles, consignas, memoriales, diarios locales y, por supuesto, afiches con el rostro de Luisa Toledo. Pero, además de algunos restos de barricadas de quién sabe cuándo, el barrio está lleno de paz. Mujeres vestidas con ropas municipales que regresan de su trabajo, niñas en las veredas comiéndose un paquete de galletas, parejas que avanzan de la mano. Este barrio es el barrio donde Luisa vivió, luchó y murió. Este barrio la despide.


No hay mucho que contar acerca de un velorio, creo yo. Sólo emociones. Sólo el paisaje humano del duelo compartido entre quienes llegan a acompañar a la familia en su momento de dolor. Afuera del lugar, el Espacio Comunitario Pablo Vergara Toledo, se congregan unas cien personas que, sin apuro, hacen la ordenada fila para entrar. La mayoría son jóvenes. Las voluntarias de la Olla Común Luisa Toledo la ordenan, pidiendo mantener distanciamiento físico y tomando la temperatura a las personas. Reparten alcohol gel y saludan con cariño a cada persona.


¿Qué queda después de la muerte?, me pregunto al ingresar al recinto. ¿Hay más vida o sólo sigue la muerte? No es momento para filosofías, me digo, y avanzo hacia Ana Vergara Toledo, la menor de los Vergara, la hermana sobreviviente. Nos reconocemos apenas (“es por la mascarilla”, me dice ella). Pronuncia mi nombre y nos abrazamos llorando, no puedo evitarlo. “Tienes que descansar, tienes que descansar, Anita”, es lo poco que puedo decir en medio de la pena. Luego saludo a Manuel, su padre, y también lloramos. “Él es Pablo, conoció a Eduardo en la universidad”, le cuenta a unos compañeros que estaban junto a él.


Hacemos algunos recuerdos con ellos, una conversación muy corta, porque llega y llega gente y todos quieren saludarlos y entregar sus condolencias. Me dicen que, en las tardes del último tiempo de Luisa, se juntaban a conversar como familia, recordando viejas historias y anécdotas de luchas pasadas. Para eso, revisaban libros y escritos con esos registros. Luisa se preguntaba, página tras página “¿qué será de tal o cual persona?”, haciendo de la memoria parte de su alivio en momentos de dolor.


Nos despedimos mientras alguien habla por los micrófonos del lugar, recordando a los hermanos Vergara, y honrando la figura de Luisa. Viene llegando un grupo de artistas plásticos populares: van a pintar el ataúd con su arte, como homenaje a la luchadora que partió. Yo camino con la misma tristeza, pero con más esperanza. Luisa es despedida en medio de su gente, que son personas organizadas y entregadas a la causa social y al cuidado común de sus vidas. Acá no hay nadie solo, pienso, mientras camino hacia el paradero en Yelcho con Cinco de Abril.


En el entorno ya se observan señales que marcan lo que es habitual en Villa Francia: las micros han sido desviadas, quién sabe por qué, si no está pasando nada. Me lo avisa una señora que viene apenas cargando unas bolsas matuteras. Me dice que si quiero tomar micro, tengo que avanzar hacia Las Parcelas. . ¿Preparan algo? ¿Volarán sobre estos techos los helicópteros, los drones? ¿Vendrán los blindados a perturbar el duelo y la despedida? Esperemos que por hoy nada suceda.
Me pongo a caminar, y se me une un cabro joven. Conversamos. Se llama Vicente, está en cuarto medio. También estaba en el velorio. Me cuenta, como apresurado, sus sueños. Tiene ganas de hablar y me los cuenta. Qué se yo, estudiar y trabajar “poder mantener a mi mamá como ella me ha mantenido a mí”. “¿Porqué viniste al velorio de Luisa?” le pregunto. “Porque hay que homenajear a quienes lucharon antes que uno”, me responde sin dudar. Me cuenta que él tuvo que salir del INBA por culpa del plan Aula Segura. Ahora estudia en San Joaquín, estuvo preso para la Revuelta, pero ahora está optimista del futuro. “Las cosas están cambiando”, afirma con certeza. Después de un rato juntos, nos despedimos.


Vicente y su vitalidad me ayudan a pasar la pena. Pienso que, en muchos sentidos, la herencia de Luisa Toledo late en esta juventud que cruza la ciudad para venir a despedirla. Esta juventud, veterana en sus propias causas, hereda ese caudal de rabia y ternura. Luisa Toledo es, con propiedad, madre de la juventud combatiente. Allí late el semillero que está haciendo brotar un nuevo Chile. Después de la muerte, no hay más muerte. Después de la muerte, se mantiene la vida. Luisa Toledo deja herencia, deja tareas, deja mil sueños por cumplir. Sigo con pena, pero también se ha renovado mi esperanza.

Pablo Padilla Rubio
Sobre la autora / el autor
Pablo Padilla Rubio
Escritor.
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