Opinión

Pueblo/oligarquía: La repetición del “clivaje”    

Jeannette Jara no es ni pueblo ni Revuelta. Más bien, ella es la típica excepción fruto de la meritocracia neoliberal que en ningún caso es la extensión de un fenotipo de amplio alcance en la sociedad chilena.

Las elecciones presidenciales, al menos en su primera vuelta –se habla de “las elecciones” como si la primera y la segunda fueran lo mismo ahí donde son escenas por completo diferentes y dependen, incluso, del azar– no están dadas, es lo que pienso, por el recitado clivaje pueblo/oligarquía.

Son tres palabras, y así como en otra columna planteamos que en Chile existe una confusión extendida sobre lo que es el centro político, los sectores medios y la clase media, creo que si bien sabemos lo que es la oligarquía –porque es evidente–, tanto en su lastre histórico como en sus manifestaciones actuales: capital económico, medial, académico, político, o bien, todos estos reunidos en uno solo fundando los grandes poderes que gestionan a la población (en el sentido que le dio Maquiavelo a esté último término, antes que Foucault, es decir no como una simple suma de individuos sino como esa suerte de entelequia que completa y totaliza el poder del Estado), no podemos, de la misma forma, definir lo que es el pueblo así, de un jalón o de plano nombrarlo sin detenerse en explicar qué quiere decir, hacia dónde va, por qué es tan relevante y por qué aparece en períodos electorales para entrar en veda, después, cuando el poder ya fue destinado. Todo esto si es que creemos que es posible definir al pueblo. Yo pienso que no.

Por lo tanto, una primera aproximación para poder decidir que las elecciones por venir se dan en el clivaje pueblo/oligarquía, es tener claridad mínima respecto de lo que la palabra pueblo quiere decir, asumiendo, igual, que se trata de una “zona” en la que no pocas/os se dicen ser o estar –algo así como una pretensión ontológica que lleva la noción de pueblo–: “yo soy del pueblo”, “estoy con el pueblo”.

En un texto del año 2014 titulado ¿Qué es un pueblo? (LOM) Badiou, Bourdieu, Butler, Didi-Huberman, Khiari y Rancière, cada una/o en sus respectivos ensayos, intentan responder esta pregunta que viene con una complejidad adherida mayor. Primero, para las/os autoras/es, la cuestión va de saber si el “pueblo” tiene algo así como rendimiento filosófico ahí donde, en el mundo contemporáneo, lo que se estabiliza como régimen es la hegemonía del sujeto, del “sin pueblo”, del “yo solo”. En este libro, en el mejor de los casos, el pueblo sobreviviría, agónico, tras el individuo y su formación de península que es todo lo que le importa ser y defender.

Del mismo modo, se preguntan si no hay en esta “categoría” un tipo de metaforización peligrosa de los nacionalismos occidentales, y que más allá de ese éter justiciero y hasta mesiánico que puede alcanzar a veces, el pueblo mismo puede llegar a ser la instrumentalización de pulsiones dominantes e imperialistas que van por torcer todo lo que en su momento se le ha atribuido al pueblo como potencia emancipatoria.

Es una región difusa y esteparia, sobre todo en un mundo atravesado por múltiples coreografías de guerra y exterminio. Netanyahu habla del “pueblo de Israel” y perpetra el primer genocidio del siglo XXI en su nombre; Hitler, quizás más nadie en la historia, habló del “pueblo alemán” para, en su delirio biologicista-supremacista, inyectar validez al exterminio de millones de seres humanos.

“El pueblo palestino” resiste de modo sobrenatural la masacre cotidiana de ese otro pueblo ya nombrado, en fin. Todos son “pueblos”.

Y también es cierto, en nuestra historia, que Salvador Allende le habló a un pueblo y quiso representar a uno, pero: ¿Allende era pueblo? Bien que el pueblo de Allende sí era, considero, identificable: campesinos, obreros, estudiantes de izquierda cuadrados con el proceso de la Unidad Popular, dirigentes de las más diversas organizaciones sociales soportando en el curso de una historia excepcional y que, por defecto de esta misma nitidez en su conformación, dejaba a la intemperie a la oligarquía política, mercurial, chicaguista-militar subordinada a los millones “donados” por la CIA para la desestabilización total, en fin.

Sin embargo, aquí no se trataba de un “clivaje”, palabra que dice, según lo veo, tan poco y que es solo necesaria como sujeto antes de entrarle al predicado que la ajusta y organiza, sino de una verdadera lucha entre la sobrevivencia de un “pueblo” y una oligarquía que venía tramando –en ese matrimonio indisoluble en la historia chilena que es el de las élites económicas y fuerza militar– el exterminio de un pueblo disidente y todo lo que vendría después.

La dictadura chilena, al decir de Tomás Moulian, fue una dictadura con proyecto y, dentro de ese proyecto, estaba la anulación letal de la disidencia. Quedaron las agrupaciones de víctimas y de luchadoras/es incansables por los derechos humanos, igual perseguidas/os y torturadas/os.

Ahora ¿acaso el pueblo en Chile se puede abreviar como víctima de la masacre de Pinochet y su círculo civil proclive? Sí, así lo creo. Pero también estoy convencido que después de las reformas de José Piñera y el artefacto espurio de Guzmán llamado Constitución del 80, Chile devino un pueblo, en lo central, volcado al consumo: pueblo/consumo.

Aquí otro extendido y porfiado “clivaje” (por supuesto que no olvidamos a ese “otro pueblo” que se activó en las poblaciones desde el 83 en adelante y que fue clave para derrotar a la barbarie y que sería algo así como pueblo/resistencia). 

Lo dice Badiou en el libro citado, a la palabra pueblo siempre le sigue otra; el puro pueblo es una metafísica abstracta y sin traducción política real. Existe el pueblo cristiano, el pueblo obrero, los pueblos originarios, el pueblo de las poblaciones y su resistencia al capitalismo que se levanta desde la solidaridad y lo colectivo; o el pueblo democrático, entonces el pueblo que vota y se valida en lo electoral-procedimental, ergo, en la democracia liberal.

Me pregunto, igual si “el margen social”, ese que no es pobre, ni sector medio, ni precarizado, sino el que vive en condiciones de inhumanidad patéticas y que, por lo general, tienen una vida corta o finales siempre trágicos ¿son pueblo? ¿Se refiere a ellos el clivaje pueblo/oligarquía? ¿existe éste como margen/oligarquía? También vale la pregunta por si nosotras y nosotros, “las/os intelectuales” somos pueblo o solo devenimos, no con una menor dosis de soberbia, sus pretendidos intérpretes

¿Por qué la élite ilustrada podría saber mejor lo que es el pueblo que el pueblo mismo?

El pueblo, como lo veo, es un significante vacío, un fantasma; una suerte de prótesis siempre urgente para que no quede sin decoración “la fiesta de la democracia”; pueblo plástico, modelo para armar, versado y pensado desde la lectura de quienes lo transformamos en el santo grial que se busca y se encuentra, pero que, al final, y por más que nuestros intentos de resignificación o patrocinios hermenéuticos entren en éxtasis, no tiene apropiación, no puede ser tabulado; codificado según sean nuestras diatribas anti-oligárquicas del momento político.

Su “origen” es insondable y vaporoso, lo sabemos, pero sí se nos autoriza a decir que emergería ahí donde un grupo humano se levanta contra tiranías de cualquier tipo, y tienen la fuerza para reunirse y exponer a tal nivel la fractura con las élites que las obligan a ceder, a retroceder. Esto fue la Revuelta del 2019, un acontecimiento que nos llegó por la espalda, que no vimos, que nunca se anunció.

Mas Jeannette Jara no es ni pueblo ni Revuelta, salvo que se pueda definir en qué medida representa a el o a los pueblos que hemos mencionado. Más bien, ella es la típica excepción fruto de la meritocracia neoliberal que en ningún caso es la extensión de un fenotipo de amplio alcance en la sociedad chilena. Nadie la ayudó, solo su familia probablemente, a llegar donde está. En su vida no hay Estado, ni influencias, ni apellidos, ni endogamia.

En ella los símbolos de la chilenidad no están caducos: baila cueca, flamea banderas chilenas y su discurso está muy lejano de ser anti-institucional, destituyente o de primera línea (todo lo que en algún momento defendimos muchas y muchos en el fragor de una refundación que parecía, de forma inédita, haber encontrado condiciones de posibilidad) o de pretender hacer una rebelión de masas, a esta altura, inubicable como contingente “miliciano”. Jeannette es todo lo contrario a lo descrito.

Jeannette Jara es una mujer comunista, alegremente comunista, que es capaz de reunir diferentes sensibilidades y que puede gobernar con la oposición del empresariado o de la derecha (oligarquía), no obstante priorizando las urgencias y derechos sociales; es una fuerza venida de las poblaciones, cierto pero, y con la misma intensidad, una manifestación del pueblo en su potencia de vida, pero dentro del sistema.

No ubico a Jeannette en el clivaje pueblo/oligarquía; la resiento en esa zona algo heroica en la que Chile puede salvarse de la ultraderecha de piel fascista y que puede, también, devolvernos la dignidad extraviada después de 50 años del neoliberalismo más brutal que ha conocido el mundo, así como articular un proyecto político que le devuelva el oxígeno a una izquierda deshidratada, sin vocación universal, sin idea de presente y menos de futuro pero que, gracias a la irrupción de esta nueva fuerza (no destituyente sino constituyente e institucional) pueda, cuando menos, lanzar las bases para un país de nuevo cuño ¿Difícil? Sí, difícil, pero Jeannette Jara puede despejar la maleza que inhibe la mirada hacia un país más país, con un tejido social que, de a poco, pueda ir recomponiéndose, haciendo política, buscando alianzas, tal como Allende lo hizo.

Su fuerza de transformación está dentro, no en un afuera de abreviatura pueblo/oligarquía que, aquí y ahora, no empuja sino que abruma y paraliza.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.

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