El rostro de Gustavo
El rostro de Gustavo | AGENCIA UNO
El caso de Gustavo Gatica no es un simple caso judicial. Concierne a un monto energético en el que se condensa todo el inconsciente oligárquico en el que se deposita el pánico experimentado frente a la revuelta de Octubre de 2019. Aquél episodio que, según las propias autoridades “no lo vieron venir”, parecía haberse enterrado en los calabozos del olvido y del rechazo generalizado. Sin embargo, un pequeño fallo abre nuevamente la herida, expone el rostro de la revuelta en la ceguera de Gustavo, su pervivencia tras el simulacro de la normalización.
A quienes experimentaron su visión destruida por las fuerzas policiales, quizás, pudieron ver mucho más que quienes tuvieron ojos y nada vieron. Es aquí donde el slogan fácil y ramplón de “no lo vimos venir” adquiere la densidad de un síntoma profundo que, en último término dice: “no quisimos verlo venir”.
Así, la verdadera ceguera se alojó en la oligarquía, mientras que la visión profunda, aquella que incluso no necesita de ojos para ver, permaneció en los millones que protestaron y salieron a las calles durante los agitados meses de 2019. Si los primeros no “querían ver” era simplemente porque lo que experimentaban era el pánico de su propia impugnación, el cuestionamiento radical de su posición de poder, el terror a que todo el sueño transicional quedase arruinado. Por eso, su “no querer ver” era, a su vez, la imposibilidad estructural de ver.
No significaba “mala voluntad” sino posición de clase, no implicó una falta hermenéutica que imposibilitaba interpretar lo que ocurría, es que dicha hermenéutica estaba obturada por la propia posición de poder. Los ojos devastados por las fuerzas policiales significan la aniquilación del rostro de Chile, aquello que estalló en Octubre de 2019 fue el rostro de un Chile que la oligarquía no quiso ver, un rostro que no es más que los despojos de la llamada “modernización” neoliberal, rostro de los perdidos, de los que, ante todo, han padecido su historia como aquellos que han perdido el rostro. La policía debía destruir rostros. Por eso, devastó los ojos.
Para que esos rostros no testificaran con su mirada, para que los rostros no expusieran la completa catástrofe que significa Chile. Nadie quiere hablar de la revuelta, porque nadie quiere tocar los rostros lacerados. Aquellos que exhiben, en su dolor, al país real, al orden de la impunidad que es más profunda que cualquier fallo judicial, porque se asienta en la injusticia constitutiva de la Ley.
Lo que el rostro de la revuelta desnudó fue la injusticia inherente a la propia Ley que rige la república. Injusticia que se remonta al golpe de Estado de 1973 con las una y mil caretas de un Diego Portales renovado bajo el nuevo pacto oligárquico de 1980.
El rostro de la revuelta y la revuelta como rostro devela el agotamiento de dicho pacto, su límite, el momento en que éste ingresa a la escena de la stasis (guerra civil). Por eso, esos ojos debían ser cegados, esos rostros destruidos. Porque ellos expresaban dicho límite, el agotamiento de una oligarquía totalmente autocomplaciente que, durante décadas, se solazaba de sus triunfos, de sus reconocimientos internacionales, de ser la mejor “alumna” en el salvaje continente de la supuesta barbarie latinoamericana (el “mal vecindario” se decía).
Por eso la revuelta sigue siendo la enemiga de la oligarquía. Por eso el proceso de “revisionismo” iniciado por este gobierno que culmina con un Gustavo Gatica “culpable” de haber agredido a la pobre policía que solo ejerció su “legítima defensa”.
El “revisionismo” es la apuesta de la cultura de derechas por escribir la historia al revés: la izquierda se acusada de golpista (la revuelta es identificada como un golpe contra Piñera) y, no obstante se acredita que Crespo disparó a los ojos de Gustavo, se lo absuelve en función de una Ley Naín-Retamal propuesta por un gobierno que, a su vez, aprobó más de 65 leyes de seguridad (ley anti-barricadas, anti-tomas, anti-terrorista, etc.), una cantidad jamás vista en los gobiernos precedentes y que marca un giro claramente punitivista que condiciona enteramente la llegada de la derecha al gobierno.
Ahora esta última tiene la alfombra jurídica hecha para gobernar sin sobresaltos, respetando todas las leyes de la “democracia”. Como fue habitual en los gobiernos de la Concertación, también este nuevo gobierno ejerció una función de mayordomía que protegía el orden económico y político de la oligarquía.
Cuando la revuelta irrumpe y deja expuesto el esqueleto de la máquina guzmaniana, irrumpe como un rostro, testificando la catástrofe de aquello que se había llamado democracia, progreso, transición; exponiendo el sufrimiento de lo que parecía aliviarlo. Por eso, había que reprimirla y destruirla. El proletariado, en su enorme precarización bajo décadas de neoliberalismo, en el sudor de su herida y fragmentación, apareció con su rostro sin pudor. Una aparición que produjo nada más que pánico en la oligarquía, mostrando algo muy profundo: la oligarquía ya no podía estar protegida por el pacto oligárquico de 1980.
Por eso Kast –que había intuido esa fisura antes de la revuelta- logra mover las piezas reaccionarias y refundar a la derecha en el Partido Republicano. El triunfo de Kast es la respuesta al pánico producido por la revuelta. Si el pacto de 1980 había terminado agotado, permeado, descosido si se quiere, por el sin fin de huachos que osaron poblar la ciudad sin pedir permiso, sin pasar por la mirada del patrón, Kast se presenta como el salvataje de la oligarquía, la verdadera revuelta de derechas, el retorno del patrón ahí donde la mayordomía quedó destituida.
La injusticia a Gustavo es la injusticia del Estado oligárquico contra la revuelta, el aplastamiento contra el rostro que irrumpió una vez para exponer la fisura del orden, su falta de legitimidad, su límite, su completo desahucio. Un régimen hecho de fuerza, no de justicia.
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