El grito extraviado (¿Dónde está la Revuelta?)
En El hombre rebelde Albert Camus se autoimpone una querella –una angustia– y escribe “[…] no puedo dudar de mi grito y necesito, al menos, creer en mi protesta” (1951, p. 18). El pasaje deja ver un instante de detención, tal vez hasta de cierto retroceso o, justo, de duda de cara a eso que se anuda en la garganta y que, después, debería rebotar en las calles (o donde sea) a modo de consigna, fuerza colectiva, “sentido común” o lienzo indignado y que, al final, no podrá sino ser la potencia de una sub-versión.
Y aquí emerge una evidencia: no es posible abandonar el grito, pensar de que la protesta ya no tiene sentido, y aunque a la luz de tanta brutalidad –como la que vivimos hoy en Chile, con esta suerte de pinochetismo sin Guzmán, al que ya no le es suficiente el rótulo de ultraderecha sino que habrá que sumarle el monitoreo de ciertas tecnologías de la “crueldad”– siempre será necesario volver a ese ahogo primero; a la transmutación de la asfixia en grito-pueblo que evacuará, otra vez, su desacato frente al poder.
Lo de Camus transparenta un terrible vacío, propiamente existencialista, pero que es al mismo tiempo absoluto en su contemporaneidad, tan global como nuestro: ¿Cuándo dejé de creer en mi querella, en mi sublevación, en mi garganta sin miedo? ¿En qué silencioso y astuto momento el ladrón nos escamoteó la voz? ¿Cuándo desapareció el eco reverberante que todo puede estremecerlo? Hoy, en Chile, de cara a los 40 de los 401 planes que Hacienda propone reajustar o “descontinuar” (y que chocan con promesas de campaña de Kast impulsando entonces el ingreso de la metáfora) ¿dónde está la Revuelta? ¿Acaso se evaporó su potencia? ¿Está por venir? A mí, al menos, no se me revela ninguna rebelión en el horizonte.
Lo anterior viene a confirmar el carácter inédito (en el sentido, igual, de lo que no se edita) de la Multitud descoordinada pero radicalmente desestructurante de 2019. Hoy hay más condiciones objetivas para que un levantamiento tenga lugar, mas no existen las condiciones estructurales para que esto ocurra.
Octubre de 2019 viene a reafirmar su condición de acontecimiento imponderable y absolutamente singular, y que para ser lo que fue no necesitó de protocolos, de formatos preestablecidos ni menos de organización, fue, preciso, eso que Camus llamó el grito y la protesta… una lengua que quedó para siempre cortada pero que no nos ahorcaba, sino que alcanzaba una plenitud hiperbólica en el corazón de un país gangrenado de neoliberalismo.
Mucho más adelante, Albert Camus escribirá que “La rebelión es, en el hombre, la negativa a ser tratado como una cosa y a quedar reducido a la simple historia” (p. 261). Partamos por el final, por la trama final de “quedar reducido a la simple historia”. Es la urdimbre del amo, la rapsodia del discurso triunfante o las los que nos susurran como crueles coros tecnócratas dentro de un país que en manos de la ultraderecha ha pretendido inseminar recortes en las Pensiones (afectando directamente a la ya indignante calidad de vida de los adultos mayores en un país en que la gente prefiere suicidarse, si eres pobre, antes que llegar a vieja/o); en Educación (incluyendo el Fondo de Apoyo a la Educación y recortes al Programa de Alimentación Escolar, PAE); en Niñez y Desarrollo Social (se han aplicado recortes que perjudican, directo, al programa de apoyo al recién nacido, por ejemplo); y, entre otros, a Vivienda (se han propuesto disminuciones en los subsidios).
Frente a esto ¡qué pasa que no llega la Multitud! Luego la Revuelta. Y si este texto se comprende como un llamado a la rebeldía de cara a tanto socio-sadismo y aporofobia, pues sí, lo es; sadismo que desintegra progresivamente, que craquela, que duele día a día. Porque en la textura rugosa y pendenciera de lo cotidiano, lo que se va revelando es un larvado cambio de orden moral, o extramoral, por traer a Nietzsche; y cuando Camus sostiene que “La rebelión es, en el hombre, la negativa a ser tratado como una cosa”, pues bien, la cosificación va densificándose cada día más; lo inhumano avanzando hasta cristalizarse en políticas públicas, mientras nosotras y nosotros bien cómodas/os escribimos, hablamos, “salimos en la tele”, pero no nos alzamos. De plano somos una cultura “polaroid” (palabra de Mauro Salazar), esto es una que sale pirotécnica desde la máquina, que se va formando y figurando pero que, llegado el momento, se inmoviliza.
Como lo sostenía hace poco en una entrevista Slavoj Zizek, el problema de los poderosos no es su ignorancia; no se trata de que Kast no haya leído nunca o quizás ni conozca el nombre Dostoyevski, el real peligro es que esa ignorancia la han organizado, jerarquizado, sabiendo hacer de ella un dispositivo de intervención subjetiva que hace ígneos a las y los individuos. Es una ignorancia tecnificada y sofisticada.
Frente a todo esto, a la crueldad, al sadismo, a la ignorancia, pues ¿dónde está la Revuelta? No debemos confiar en el azar para que se sienta y se deje escuchar la marcha de la mujer y el hombre rebelde capaz de desposeerse, salir del yo, como escribe Judith Butler, e ir tras el grito extraviado.
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Muchos de los q protestamos durante años(incluso contra el Dictador)estamos tan defraudados y enojados que creemos q la gente se merece y debe sufrir las consecuencias de su ignorancia. Nosotros(el 41%) no comenzaremos una rebelión, aunque en mi alma sé que apoyaré cualquier forma de protesta…