Opinión

El flato y el vómito: Análisis de la situación política de Chile

Una singular escena tuvo lugar en la entrevista que el periodista Ramón Ulloa le hiciera a Francisco Vidal (ex ministro y vocero de la campaña de Jeannete Jara) en canal 13, el día viernes 19 de diciembre casi a una semana de la derrota electoral del oficialismo y el triunfo de José Antonio Kast como presidente electo.

Ulloa entrevista a Vidal en función del diagnóstico que éste podía tener de la derrota. Entre la conversación se produce un momento en el que Vidal le pide a Ulloa y al equipo que está en el estudio que le traigan una Coca Cola. Sigue hablando sobre las causas de la debacle. La Coca Cola no llega. Vidal insiste, a pesar de tener a su haber un vaso de agua sobre la mesa. Vidal quería una Coca Cola.

La conversación sigue. Ulloa pregunta, Vidal le da cifras históricas, diagnostica que la izquierda no sabe muy bien qué hacer cuando llega al gobierno y de pronto, sonríe: le han servido la esperada Coca Cola. Toma un sorbo y con una sonrisa vuelve al relato. Sin embargo, en esta ocasión, la confianza llega y mientras Vidal habla, de pronto se le escapa un flato y Vidal lo explicita. Vidal ríe, Ulloa ríe, también yo como uno de los tantos telespectadores en ese momento. La escena es más que singular. Ulloa trata de retomar el hilo, intenta volver a la seriedad, pero la exposición del flato después del sorbo de Coca Cola ya había entrado en la escena. Exposición que podría haber pasado desapercibida sino es porque el propio Vidal lo explicita: “me tiré un flato”- dice. Y todos ríen en el estudio, también, imagino, en las casas.

La cuestión, por supuesto, es qué relevancia puede tener esta escena en medio de los apresurados diagnósticos que, más que finos análisis sobre la derrota electoral, parecen pequeñas listas de supermercados sin conexión entre sí, sin relato. Es posible que sea precisamente en este problema, en la falta de relato, en la ausencia de discurso de lo que se ha llamado “progresismo” donde la escena que protagoniza Vidal con Ulloa sea relevante de analizar: Vidal pide Coca Cola y la toma con placer. Luego de eso, irrumpe el flato que él mismo explicita. Dos momentos que caracterizan muy bien al progresismo en su estado actual: la Coca Cola que representa al reino del Capital, produce que el discurso simplemente se vuelva vacío y de él sólo exhale un incómodo gas que proviene del tubo digestivo. Vacío que representará al progresismo neoliberal en su fase última. Final.

Así, los dos momentos de la escena condensan la historia de cómo las izquierdas fueron transformadas en progresismos: para recordar a Tomás Moulián, se trata de cómo la otrora lucha anticapitalista por el “socialismo” mutó a “golpe” en una política administrativa por la “democracia” y cómo, en dicha transformación los problemas “materiales” devinieron asuntos “culturales”.

Cuestión de fondo: el flato de Vidal es la última palabra de un progresismo agotado. Antes que palabra, interrupción digestiva del mal que produce la bebida de fantasía. Justamente, se trata de una “bebida de fantasía”, aquella que emborracha de Capital, que sugestiona a sus bebedores, al punto de que toda demanda de sed se identifica imaginariamente con demanda de Coca Cola.

La izquierda se vuelve progresismo neoliberal cuando solo desea Coca Cola y no más agua. Y su periplo llega a su fin cuando de tanta “bebida de fantasía” solo tiene flatos para expresar. Ya no queda más “fantasía” porque miles irrumpen en las calles del Octubre de 2019.

La cómica escena, en rigor, condensa en minutos, la historia de la transición como un largo flato que termina exhibiendo su vacío a medida que pasan los años y que la revuelta de 2019 simplemente lo pone en evidencia. Si esto es así, se entiende que gran parte de la queja ciudadana sea que el sistema político no da respuestas, es decir, ofrece un simple vacío, un flato. Frente a ese flato la promesa de Kast es taparlo o remediarlo. ¿Cómo no, si ellos dicen ser los defensores de las buenas costumbres? Ocultarlo, no explicitarlo como hizo Vidal en su entrevista.

La ilusión kastista es que el flato puede combatirse con una buena dosis de autoritarismo (le llama “seguridad”) en cuanto ella, pueda volver a suturar lo que la revuelta soltó: si esta última habría dejado expuesta la separación del alma respecto de los cuerpos, dejando a estos últimos sin conducción, sin comando, la promesa kastista será la de restituir el dominio del alma sobre los cuerpos para que no haya separación sino unidad: frente al hiato que se abre entre alma y cuerpo, el autoritarismo kastista ofrece soldar a fuego la pieza suelta y restituir así el funcionamiento de la máquina guzmaniana: el alma vuelve a dominar el cuerpo, la oligarquía (el alma, en el léxico portaliano) vuelve a conducir al cuerpo (el pueblo).

El oficialismo, a pesar de pasar de la retórica de la transformación hacia la de la normalización, no pudo recomponer la máquina porque obedecía al antiguo dispositivo concertacionista que ya había sido destituido por la revuelta. El oficialismo, en cuanto operó con la razón política que había sido impugnada, terminó lleno de flatos, por marcar la continuidad con la Concertación y su “bebida de fantasía”.

Kast, desplazó levemente los términos en juego. Orientó todos sus esfuerzos a restaurar la máquina guzmaniana que sólo podía rescatar si operaba con otra “bebida de fantasía”: el volver a al “origen”, el big bang de la transición, esto es, el núcleo necropolítico de la dictadura. Así, salvó a la derecha de caer en la flatulencia progresista y abrió un camino “de emergencia” que le permitirá volver a componer el dominio del alma sobre el cuerpo: el vómito.  

Nunca más almas descarriadas –es su promesa- nunca más almas “huachas” –como se diría en Chile, nunca más algo que el cuerpo haga (un flato) sin control del alma, nunca más cuerpos inertes y almas descarriadas: Kast promete recomponer una operación metafísico-política tan profunda como la que habría hecho la dictadura con Guzmán que, a su vez, replica la que habría hecho Portales en la batalla de Lircay (1833).

Se trata de la recomposición de una máquina mitológica donde Kast es el salvataje de la oligarquía histórica chilena en un escenario de naufragio del orden político y económico producido por más de una década de luchas sociales que modificaron el eje de lo sensible e impulsaron a la transición más allá de la “medida de lo posible”, precisamente donde ésta no podía llegar sino era recurriendo al autoritarismo de Jaime Guzmán. No se trata de repetir su periplo trágico en la forma de una transición, sino de provocar un salto cualitativo que permita a la oligarquía cerrar cualquier posibilidad de que la irrupción de la multitud vuelva a poner en jaque su noción de “orden”.

Ir más allá de la transición, pero en función de fortalecer el autoritarismo y no la agónica democracia. La ilusión progresista de una conciliación entre democracia y capital feneció, este último se emancipa de las formas de la primera ofreciendo el hecho de que habrá Coca Cola (capital) pero sin “fantasía” (democracia). He aquí la promesa de Kast: des-intoxicarnos. 

En efecto, si Kast viene a “recuperar Chile” situando nuevamente a las almas en la posición de conducción, es porque requiere de un proceso de des-intoxicación. Uno de “emergencia” (la alta dosis de autoritarismo) no puede sino ser el vómito: rápido y purificante, el vómito resulta desagradable pero solo por un momento hasta que logra expulsar el mal que enferma.

Vómito es la política de migración, vómito es la del recorte de miles de dólares, vómito es la intensificación autoritaria, vómito es Kast mismo: si el fin del progresismo se expresa en el flato, el triunfo de la derecha lo hace en el vómito. Por eso su anuncio de “sacrificios”: vale pasar por el mal momento para que el mal de todos los momentos sea conjurado. Justificación del sacrificio como recomposición del orden.

Así, Kast es un vómito que promete la higiene, limpieza, la des-intoxicación del tubo digestivo: “recuperar Chile”- era el lema kastista- significa que solo con el vómito (el “gobierno de emergencia) el alma vuelve a conducir al cuerpo, solo por un vómito, el cuerpo nacional de Chile podrá volver a gozar de salud y el alma podrá volver a encontrar ese cuerpo perdido.

Volver al “origen” –ese mito invariante que ha sostenido ideológicamente a la derecha- para deshacerse de toda contaminación acumulada. Vomitar para que permanezca el nuevo rostro de Jaime Guzmán, puro, santo y pulcro. Si eructar es insistir en el vacío transicional del progresismo (y la derecha de Chile Vamos), vomitar es “recuperar Chile” de la movilización fascista.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
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