Matthei: La candidata inevitable
Matthei: La candidata inevitable | DIEGO MARTIN / AGENCIAUNO
No se trataría de lo inevitable simplemente como lo que no se pudo detener; como aquello cuya secuencia temporal se concibe en la mente de la candidata inevitable como “una razón”, un decir afirmativo; una manera de decir “sí”, yo firmo y consigno la rúbrica prefabricada para asesinar y “hacer historia”.
Tampoco va, en el relato de la candidata inevitable, de pura condescendencia, indulgencia, tolerancia, transigencia, en fin (y más), con un tramo histórico –definido por ella misma– donde fue legítima la licencia para matar; válida la enajenación de militares y civiles proclives que alucinaron con la fundación de una “nueva patria” a partir de la producción fordista de cadáveres, ritualización de las torturas y violaciones: liturgias de abuso, despojo de humanidad, triunfo de la muerte asolando y trizando a un país completo.
Tampoco, pienso, que en la cabeza de la candidata inevitable, el asunto iría solo de los crímenes tan “justificados” entre el 73 y el 74; astillando con esta frase la memoria de los miles de muertos/as y vejados/as, al tiempo que perforando la espera (imaginaria pero intensa, fabulosa en su ternura) de aquellos otros tantos miles que aún no saben dónde están sus hijos, hijas, padres, madres, tíos, tías, hermanas, hermanos… y que no tienen un cuerpo para poner en la tumba que aún aguarda, vacía, por tener sentido, por acoger al que fue transformado en recuerdo, pero recuerdo vivo. Solo placas conmemorativas, nombres inscritos en bronce que simbolizan la desesperación y el destierro de la esperanza pero, a la vez, esa luz tenue que se conserva en un rincón del alma y que pulsa, ilusiona y se abraza con una potencial vuelta del desaparecido/a, con una posibilidad para el duelo.
Al final, creo que ni siquiera es la revuelta del odio y la crueldad lanzada y recuperada con toda soltura en un programa matinal, y que asume como dogma indignante la candidata inevitable al reconocer su profundo compromiso con la dictadura, Pinochet, su padre cómplice y el pinochetismo como mantra cuasi espiritual que se disemina en una región para nada estrecha de la sociedad chilena. Esto es lo que está en el subsuelo de esta “razón” o gen pinochetista y que despunta como lo más deletéreo en el discurso deshumanizante de la candidata inevitable.
Lo que me “hace temblar”, justo, es que ella misma es lo inevitable, ella y lo que representa; lo vivo, activo, lleno de corriente y vital del pinochetismo 50 años después y que está, igual, a punto de ser gobierno. Lo que me espanta es que en la fachada pseudo/liberal/centrista de su supuesta derecha democrática lo que permanece ahí, en el rictus de Matthei, súper vivo, sobre-vivo y en abundancia, es el hecho que de cara a cualquier otro contexto histórico “inevitable” no dudaría en congeniar con las fuerzas armadas, aceitar tanquetas, limpiar fusiles y adoctrinar a miles de soldados rasos, de nuevo, para una remasterizada guerra civil que arrasaría con miles de seres humanos, con las consiguientes vejaciones que esto implica.
Como escribía Emmanuel Levinas en Difícil libertad “La desnudez del rostro no es una figura de estilo”.
Es decir la candidata inevitable no es solo una puesta en escena, una performance, un lapsus, un chiste o un desliz sin cálculo. Lo que se fuga en sus dichos es una trama completa; una estructura político/autoritaria viuda de la dictadura que es solidaria de una forma orgánica de entender el mundo y que hoy, justo hoy, encuentra relatos en todas partes del planeta. Hay fascismo para todos los gustos y éste mismo es polisémico y adecuado.
Se trata, entonces, de una derecha que se recupera en su fascistización más activa, menos acomplejada y, por lo mismo, resuelta a decir lo que piensa aunque todo no sea más que la condensación de una crueldad, y lo que es peor, de una crueldad por venir a la que deberemos enfrentarnos no porque sea solo la candidata inevitable quien nos gobierne (pueden ser otros devotos del general como Kaiser o Kast), sino porque con ella la figura inmortal de Pinochet y su arsenal de crimen, también, vuelve a ser tiempo, época, contingencia, ethos.
Por eso no es solo lo que dice, ni quien lo dice, sino que todo esto, al final, es lo que acontece como canon; premisa de una nueva era en la que sino se reacciona seremos, otra vez, tachados/as, vueltos objeto y objetivo; un tiempo al que la candidata inevitable sabrá coronar con cárceles en el desierto, cámaras de vigilancia hasta en nuestro inconsciente y reminiscencias siempre al acecho de una guerra civil imaginaria que, estoy seguro, delira con desatar.
No hay que marearse: Matthei es el pinochetismo sin más, duro, puro, sin trampas, sincero, a plena luz del día y dispuesto a lo “inevitable”.
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