“Octubrismo”, el lugar común de los que no saben todavía qué pasó en octubre del 2019
Cuando hay algo que no les gusta, entonces es “octubrista”. No hay nada que haya logrado de manera tan precisa resumir sus miedos y sus prejuicios.
Foto: Agencia Uno
Hablar de octubrismo para tratar de describir lo que algunos no saben cómo describir, se ha transformado en una moda entre cierta gente que se atribuye la sensatez y cordura democrática. Es cuestión de ver a opinólogos, líderes de opinión de medios de poca monta -pero que quieren ser más de lo que son- culpando de todo lo sucedido desde el 18 de octubre a esa simplificación convertida, para ellos, en militancia política.
Cuando hay algo que no les gusta, entonces es “octubrista”. No hay nada que haya logrado de manera tan precisa resumir sus miedos y sus prejuicios. Es una fuerza extraña, pero identificable fácilmente. Una suma de conspiraciones y de todo aquello nebuloso que, en ojos de algunos, está demasiado claro.
Si uno le pregunta a alguien sobre esto-lo he hecho- lo cierto es que no dice nada que defina bien al octubrismo. Unos dicen que es la explosión del 2019, los que arrasaron con Plaza Italia, mientras otros señalan que es todo aquello que tenga relación con el gobierno y el Frente Amplio. En lo que sí coinciden, claro está, es que es el enemigo, eso que deben eliminar de la convivencia nacional.
Pero, ¿qué sería eso que resulta tan extraño para quienes defienden el orden político basándose en la idealización de la transición? ¿Es una conspiración izquierdista, algo lejano a lo creado durante 30 años en Chile? ¿Se podría afirmar-como lo hacen muchos- que la rabia, la enarbolación de consignas sin sentido y la construcción de un relato sin una conducción clara es algo que se pueda atribuir a un fenómeno extraño?
¿Se podría decir que ese Chile exultante y explosivo de esos años no es hijo de la autocomplacencia de los que hoy lo acusan como el origen de todos nuestros males? Pues si bien este tipo de estallidos sucedieron en todas partes del mundo, cada uno tiene una característica propia.
Me parece difícil, como muchos lo han hecho, alejar lo sucedido en el 2019 del ethos construido. Imposible, más bien. La destrucción de las plazas, de las veredas, el infantilismo de gente de clase media que quería parecer más pobre de lo que era, y la jarana eterna como manifestación política, sin lograr articular un discurso universalista coherente, me parecen el resultado de años en que lo público fue masacrado y la conciencia política reemplazada por pequeñas pancartas mentales, sin elaboración alguna, que parecían más bien publicidad comercial.
Por más que los “antioctubristas”- y también los que se autodefinen como octubristas orgullosamente-traten de buscar y buscar la raíz ideológica en algo lejano a la construcción de una sociedad que no tiene mayor relación con el Estado ni mínimas certezas, donde todo el peso de la prueba recae sobre el ciudadano/cliente, lo cierto es que todo eso que aborrecen es su hijo pródigo; todas esas cuestiones que le parece extrañas son nacidas de las entrañas de un país en el que lo medianamente prolijo fue arrancado de la cabeza no sólo a sus habitantes comunes, sino también de sus dirigencias políticas.
El llamado octubrismo, si es que realmente existe, es una manifestación clara de los estragos que el relato político y económico hizo en las cabezas de muchos, sobre todo de los que dicen oponerse a éste con más virulencia.
No hay nada extranjero. Nada lejano, ninguna conspiración en la que quepa tanta evidente atomización social como la que vivimos y seguimos viviendo. No hay una amenaza alienígena. No hay un “ellos o nosotros”, porque todo eso somos nosotros mismos. ¿O acaso la mirada reaccionaria ante el octubrismo no es también “octubrista”, según los cánones que el oficialismo mental ha establecido? ¿Acaso los Axel Kaiser, los Pancho Malo, no son también la prueba clara de la despolitización politizada?
Por más que se sigan buscando respuestas en nombres, en vestimentas o en consignas, lo cierto es que la culpa de lo sucedido en octubre, entre muchas otras razones es de los mismos que se solazan con los 30, 25 o 20 años por haber creído que la política era un asunto sistemático que sólo daba un resultado, de acuerdo a ciertas acciones y acuerdos donde, finalmente, no se acordaba nada.
Los mismos que creyeron que la ampliación del consumo estaba por sobre la forma en que se accedía a él, sin que hubiera una contraparte pública que pudiera contener a ese mercado, son los que hoy andan culpando al resto de su autocomplacencia eterna, la que hoy no cesa y sigue buscando enemigos de la democracia, cuando, en el fondo, son ellos los principales adversarios de ésta.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.


