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Opinión

¿Qué hacer con la representación? Halcones y progresistas bajo el asedio popular (AFP)

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La democracia no puede estar ensimismada invariablemente en el formato liberal. Si bien, reconocemos en la promesa democrática un gesto de inclusión, a veces se abre un “territorio vacante” que solo el populismo puede copar. La intervención populista consiste en invocar una dimensión redentora que surge gracias al desencuentro entre las dos caras de la democracia. La AFP condensa tal desencuentro.

Una vez que se desplomó la teoría de la gobernabilidad y el Laguismo perdió su aura de realismo se precipitó el problema de la representación. Viejo problema que asedia a los Estados nacionales y pulula a lo largo y ancho de toda la teoría política. Y es que bajo la modernidad diversas tradiciones y autores han desafiado la vigencia, hibridez o catástrofe de la democracia liberal-representativa. Pero ello se debe esencialmente a la incomprensión de esta categoría en distintos “contextos discursivos”. Es lo que veremos a continuación. Más allá de Rosseau y la indivisible “voluntad general” que conecta la cuestión del poder político con las libertades, la modernidad dialogó a los golpes con este término cada vez más desgatado. Isaiah Berlin fue un precursor de este reclamo.

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Pero vamos al grano. Al comienzo, y en lo que respecta al “representante”, si éste reclama ser representado ello se debe a que su identidad está constituida en una determinada topografía (espacio A) y las decisiones que afectan su identidad se tomarán en otro espacio de relaciones prístinas, (espacio B) preservando íntegramente la comunidad de sentidos. Dicho gráficamente, este fue el tipo ideal que acompaño el programa fundacional de la modernidad inaugurado por las emancipaciones burguesas.

En cambio, y he aquí el quid, si tal identidad es incompleta y la relación de representación no es analógica, lejos de ser una operación secuencial entre identidades plenas, debe operar necesariamente un «suplemento» -una brecha- inigualable para la constitución de las identidades políticas. Es crucial aclarar si este «suplemento» puede ser deducido simplemente del “espacio A” en que se constituyó la «identidad plena» del representado,  o bien, si es necesario  adicionar aspectos nuevos en un proceso de contaminación de sentidos, donde la identidad del representado quedaría sometida a “juegos de lenguaje” y textualidades ampliadas dentro del mismo contexto discursivo de la representación.

A simple vista, todo nos indica que ocurre esto último. Quizá conviene poner esto último en una perspectiva práctica: en nuestra parroquia tuvimos el caso de varios Senadores, Lagos Weber, Harboe y Ximena Rincón, que en pleno debate sobre el 10% de la AFP, gracias a la demanda popular, votaron en contra del monopolio privado de las Pensiones (¿Iván Moreiras y el Pinochetismo humanitario?) ¡Chapeau¡ Sin embargo antes, durante o después, honrando el honor republicano, fueron fieles escoltas de un grupo de accionistas o dueños de los fondos privados de Pensiones. La tarea  cortesana en este caso consistió en preservar -bajo otras circunstancias- las condiciones jurídicas de capitalización para los paquetes accionarios perpetuando un aberrante «conflicto de intereses». Y es que en Chile no existen mociones internas donde el Estado establezca una drástica sanción penal en contra de la capitalización individual y las afiliaciones privadas de una autoridad popular, o bien, algún monopolio estatal que evite tamaña “privatización de la ética”.

En un escenario como este, más allá del merecido reproche moral que implica el abuso, el papel del representante sobrepasa con creces la mera vocería de un “«médium» (la «traductibilidad de Hermes» en la mitología griega) que sólo transmitía ordenes o instrucciones que llegaban desde el “populus”, o bien, propuestas que se negociaban desde un interés pre-constituido que el representado sólo debía aplicar como regla y que nos llevaría a la aporía de que no se puede negociar porque cabe defender rígida e imparcialmente un programa específico e inamovible. Pues bien, el ámbito en que debe estar representado ese interés corresponde a la política institucional, ámbito supuestamente reglado en el que suceden diversas situaciones y donde aparentemente algo tan sencillo como la protección de la “capitalización individual” comprende negociaciones, lobby y estrategias de presión que trascienden con creces lo esperable desde el espacio A (representados que confían en la pureza de su representantes como tesis fundacional).

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En síntesis, en nuestro caso los traviesos representantes Lagos Weber o Felipe Harboe, dando por descontado los “gerentes salvajes” de la derecha, operaban dentro de un mapa de intereses complejos y juegos de lenguaje que requieren sagacidad, cierta construcción populista y una figura prudencial. Algo radicalmente distinto de la formulación prístina que se acordó al comienzo de un proceso eleccionario desplegado en prosa. Pero el eventual equilibrio se comienza a “desestabilizar” y el prurito de la  imparcialidad o neutralidad valorativa entre representante y representado resulta profundamente alterado (e impolítico), si no se entiende un ámbito de ineludible discrecionalidad del campo político. 

No se trata de derogar sin más el concepto de representación, sino de indicar la impoliticidad del programa estricto de la “voluntad general”, eso sí, advirtiendo una distancia con una estrecha perspectiva científica o politológica. La brecha inicial en la identidad del representado tuvo que ser llenada “supletivamente” (remedialmente) por un aspecto que fue aportado en medio del proceso discursivo de la representación que bien puede ser parte de las habilidades golosas (populistas) de un Senador, Diputado o Alcalde. Existe entonces una opacidad irreductible, si se quiere una mancha originaria, que difícilmente se puede erradicar. De otro modo, estamos ante una impureza de base que es al mismo tiempo la condición sine qua non de la propia representación exitosa. Y bien lo sabemos junto a Derrida, la différance (1968) es el “origen” no‐pleno, no‐simple, el origen estructurado y diferente de las diferencias, donde el diferir del sentido, su incompletitud, nos recuerda la “falla ortográfica” que acompaña a cada afirmación es la crisis de literalidad del sentido. Por ello, este principio es la condición de un exceso de significación que afecta a la totalidad del signo, es decir, a la vez a la cara del significado y a la cara del significante.

La idea fundacional de una representación transparente comprende una dificultad conceptual y política. Pero ello no implica –insistimos- desechar sin más la representación por ser siempre una iniciativa fallida en la pureza de la significación. Como ya lo dijimos, en los últimos años la representación ha sido  cuestionada severamente por diversos autores y  movimientos ciudadanos -ya sea en el Estado o en un parlamento viciado- por los problemas de probidad que plantea la rendición de partidas presupuestarias, tráfico de influencias o glosas administrativas.

En Chile las licitaciones asociadas a la industria forestal, pesquera o energética, ya sea bajo el velo soplado del “Gute”, el “Guido” o algún Halcón UDI, no anulan los fueros discrecionales del poder, ni menos la razón de Estado que se considera esencial en una sociedad libre. Sin embargo, la mayoría de las variantes de esta crítica son insuficientes. Agotar el problema denunciando al representante que ignora o traiciona la voluntad de su electorado es una concepción reduccionista, pero dejar las cosas en cero luego del 18 Octubre resulta una herejía. Sin perjuicio de que exista un sinnúmero de situaciones donde la voluntad es ignorada –la figura de un déspota clientelar- y muchos otros casos donde se deforma sistemáticamente la “voluntad popular” (espacio A), tal cuestionamiento soslaya el papel del mismo representante en la constitución de dicha voluntad.

Como antes mencionamos existe en la identidad del representado una brecha -un hiato- que requiere del proceso de representación para ser colmado.  No es necesariamente cierto que la reducción de los ámbitos sociales en que operan los mecanismos representativos conducirá necesariamente a sociedades más democráticas, menos aún cuando ‘lo social’ responde a desplazamientos de sentido y significación. De allí la necesidad que la noción de representación este distribuida en distintos «focos de autoridad» entre organizaciones mayores y menores (Tocqueville).

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De un lado, los agentes sociales se tornan cada vez más complejos en su constitución, la identidad está sujeta a intereses cruzados y, de otro lado, proliferan los lugares sociales donde se adoptan decisiones que afectarán los procesos de significación política. En consecuencia, la necesidad de “completar la brecha” ya no es un “suplemento” –«teoría del portavoz»- añadido a un ámbito básico de constitución de la identidad del agente, sino que se convierte en un terreno determinante –«constitutivo»- en la producción de agendas políticas y reivindicaciones sociales. El plano de la política local puede funcionar como un registro en el que los discursos de los representantes proponen formas de articulación y de unidad entre identidades por lo demás fragmentadas.

Recapitulando: desde el punto de vista de las identidades políticas, el discurso del representante debe completar una brecha en la identidad del representado mediante operaciones populistas que pueden migrar en distintas direcciones. Sus acciones y discursos tendrán un doble registro: será un elemento particular «supletivo» que debe lidiar con una trama de intereses, pero constitutivo en la producción de contenidos políticos. Por fin, fue el propio espacio de negociación política, la obliteración del sentido aquello que permitió la rearticulación populista de Lagos Weber, Harboe o Rincón. De este modo el espacio de lo político permitió un nuevo modo de articulación que detuvo los antagonismos sobre el 10% de AFP y así fue posible la restauración del principio de propiedad social. A riesgo de oportunismos, prácticas clientelares y una colosal separación entre ética y política -que debe ser repensadas radicalmente- donde lo anterior nos debería llevar a reubicar las relaciones entre democracia y populismo.

Si partimos de la base que la democracia no puede estar restringida a cuestiones de procedimiento, administración, institucionalización y ciudadanía electoral, debemos admitir el ámbito de la participación popular que se debe articular a distintas expresiones innovadoras de la “voluntad popular”. En suma, la democracia no puede estar ensimismada invariablemente en el formato liberal. Si bien, reconocemos en la promesa democrática un gesto de inclusión, a veces se abre un “territorio vacante” que solo el populismo puede copar. La intervención populista consiste en invocar una dimensión redentora que surge gracias al desencuentro entre las dos caras de la democracia. La AFP condensa tal desencuentro.

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El punto es saber si este agrietamiento es siempre un suplemento respecto del desencuentro de una propia democracia (fallida) o, bien, un rasgo estructural de la política moderna. Todo indica que la última opción es parte constitutiva de la relación entre democracia y populismo.

Ciertamente es necesario abrir un nuevo horizonte de sentido que haga viable la representación mediante una articulación ciudadana que supere con creces el juego partidario, coalicional o los intereses elitarios, restituyendo una dimensión territorial y microfísica de la política, que supere los vicios de su dimensión  institucional (policial diría Ranciére). Pero ello no puede absorber lisa y llanamente el campo de la ética desde los desplazamientos de sentido que aquí hemos consignado.  Y bien lo sabemos: no ha sido casual el rechazo abrumador  que los partidos de derechas y la “socialdemocracia” (Concertación) despertaron en el campo de una ciudadanía hastiada por el abuso oligárquico.  

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Opinión

Moulian y el gatopardismo: Constitución y portalianismo ludópata

En septiembre es fundamental el triunfo del apruebismo para ganar una política intersticial que nos puede reportar un Estado social de derechos -expansión de capital- y, a la sazón,  superar histórica y simbólicamente la maquinaria guzmaniana y el oligopolio reaccionario del rechazo -Amarillos mediantes-. Pero hay que advertirlo. De un lado, el caso chileno puede alcanzar la exuberancia de una Constitución de vanguardias en materias de derechos sociales y, de otro, podemos consagrar una retaguardia ante una inminente preservación oligárquica. 

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Los hitos fundantes de un tiempo diagramado desde el pinochetismo secularizado fueron revelados mediante un texto epocal, Chile Actual, anatomía de un mito, donde Tomas Móulian (1997) recusó el colofón gatopardista que se expresó en el escándalo La Polar (2011). El expediente del ensayo abjuró del afán disciplinario-positivista y aún nos provee de nuevas “posibilidades hermenéuticas” ante los inciertos alcances de un indispensable Estado social de derecho (“proliferación de antagonismos”) en plena reconfiguración del armatoste neoliberal. Más allá de su solvencia analítica, Móulian impugnaba políticamente las “economías del conocimiento” (epistemicidio) y los “objetos psiquiátricos” de la biblioteca de la transición (memorias silenciadas, subjetividades crediticias, ciudadanías pendientes, consumos adúlteros, realismos sesgados, consensos elitarios, crecimientos sin desarrollo) y se hizo parte de una escena escritural caracterizada por cultivar una hermenéutica antagónica y por extenuar el ejercicio crítico-ontológico.

Moulian denunciaba una sociedad hiper mercantilizada que aún se mantiene en vilo -sino intensificada- cultivando el expediente comunicativo-representacional hacia el sentido común.  Como lo ha sostenido Nelly Richard, “Moulian desocultó la violencia del pacto transicional (chileno), sus blanqueadores y travestismos, sus blanqueadores mecanismos de olvido…que ejecutó la despiadada conversión de los ciudadanos en consumidores” (Palinodia, 2013).

Bajo esta atmósfera cultural que abrazó el “boom” de las famosas cartas públicas de mediados de los años 90’ (Jocelyn-Holt, Armando Uribe, Marco Antonio de la Parra) nos “afiliamos” de distintas maneras con algunas reflexiones emblemáticas del inventario post-autoritario.Aludimos a intervenciones ubicadas en el género ensayístico de la crítica cultural, como el caso de Residuos y Metáforas: ensayos sobre crítica cultural, de Nelly Richard (1998), e inclusive -en sus antípodas- la oficialidad “pos-transitológica” (de vocación corporativista-gestional), nos referimos a La Caja de Pandora. El retorno de la transición chilena (Joignant et al, 1999) como pieza del rectorado positivista que auspiciaba y aún suscribe los “pactos modernizantes” del institucionalismo y la transición pactada hasta agotar el cumulo epistémico de la sociología crítica. Cabe admitir las inconmensurables diferencias discursivas y la heterogeneidad de “posicionamientos políticos” entre escritores del realismo y “escrituras discrepantes”. Tales contrastes constituían referencias obligadas dentro de una comunidad intelectual que, mediante plieges de la catarsis, los bordes o la colonización sociologicista (empleados cognitivos del mainstream)fueron capaces de re-interpretar su destierro institucional o reinscripción estatal en la transición chilena, proceso de un innegable costo autobiográfico- bajo la intensificación neoliberal de casi dos decenios (1990-2011).

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En el telón de fondo, el expediente postransicional operaba en el marco de una restauración de la “crítica disciplinada” contra el predominante “autoritarismo hacendal” que padeció la sociedad chilena y que se traducía en “recusar” la particular connivencia entre un régimen de focalizaciones, consumidores activos y sectorialización del conflicto (2011) al interior del corpus institucional del pinochetismo. Los puntos de inflexión transitaban en torno a la des-estatización del cuerpo social, la expansión crediticia, el vaciamiento de la comunicacional estatal, la contención ante un posible retorno a un modelo político tríadico (Tironi y Aguero, 1991). El déficit de legitimidad de la emergente institucionalidad democrática y los procesos de individuación bajo una apabullante penetración del acceso como nueva matriz cultural aún asedian nuestro presentismo con igual o mayor intensidad que los años del Chile Actual, hasta hacer del mercado el límite de nuestra imaginación política qua axioma de un nuevo caudal de antagonismos mediante la Constitución en desarrollo.

Bajo este “estado del arte” tuvo lugar una cabalística controversia política sobre el “paradero” final de la postransición. Se trataba de una triangulación de evidentes ribetes académicos entre recovecos del transformismo y su vocación de márgenes (1997), enclaves autoritarios y demócratas insatisfechos (Garretón, 1995) y un análisis de inusitado vanguardismo tecnológico que nos daba el Bienvenidos a la modernidad (Brunner, 1995) en clave de tercera vía. Dentro de los antagonismos que cada tanto reverberan en el paisaje político, también tuvo lugar la “abortada” discusión –entre autocomplacientes y autoflagelantes- que a fines de la década de los 90’ prefiguraba dos modos “activos” de nuestra elite política para enfrentar el diseño transicional y sus estrategias de modernización.

En el campo de los consensos normativos de la sociología y la ciencia política –la famosa “literatura panoptical del malaise”, cuyos adjetivos buscaban retratar de una manera amplia y fecunda este proceso, transición incompleta, pactada o tutelada– demostraban institucionalmente -elitariamente- la difícil consolidación del régimen democrático en connivencia con las economías del conocimiento -capitalismo académico- en el campo de las ciencias sociales.

Lamentablemente, tal desasosiego y el cúmulo de dudas ambientales que, en la época se dejaron “sentir” contra la ascendente “tecnología de la focalización”, no han terminado de blindar nuestro “imaginario hacendal” mediante un conjunto de focalizaciones que prescriben un nuevo diagrama entre Estado, movimientos sociales, feminismos, disidencias y “programas de ciudadanía” bajo una nueva axiomática neoliberal en sedimentación (2022). Es evidente que ello ha consagrado la soberanía del capital y el consumo socio-simbólico que devino un campo galvanizado por la figura del emprendedor (el “héroe de la informalidad”), codificado por el lenguaje del “sociologicismo”.

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En el Chile postransicional, el edificio de la modernización se expresó inequívocamente como “prolongación” de la modernización autoritaria impuesta bajo el desprecio fiscal a mediados de la década de los 70’ y, posteriormente, como expansión de una hiper mercantilización que devastó el campo social.  A comienzos de la década de los 90’ -masificación populista de bienes y servicios- ya estaba consumada la prevalente focalización de lo público (angélico), la neutralización de la demanda popular, la pacificación de los litigios por la vía de los formatos hipermediáticos, y un sistema de transferencias asistenciales, se tradujeron en prefigurar una subjetividad “clientelística” que terminó por auscultar una tumulto de antagonismos mediante un activo programa crediticio.

Más allá de las transformaciones de facto que suelen explicar todo el ideario de la modernización oligarquizante (1990-2011), (legitimidad hegemónica), ello no sólo operaba por la vía del mentado shock anti-estatal, sino merced a una focalización de la subjetividad crediticia –“verdadera episteme de la transición epocal”- diseñada mediante un mecanismo de sectorializacióguettizaciónexpuesto n que “presuponía” una nueva base de estratificación socio-cultural.

Bajo esta perspectiva no es casual identificar la agresiva colonización de nociones gestionales que hasta nuestros días han galvanizado nuestro alicaído foro público, pese al vértigo de las demandas populares y el anunciado nuevo ciclo. Ergo, significantes hegemónicos del mainstream, como eficiencia, orden, seguridad, consenso, gobernabilidad y paz social han develado sus relaciones de solidaridad y actualmente heredan el colonianismo de un sentido común neo-conservador (de especial penetración en un particular segmento medio-aspiracional de difícil definición normativa) cuya expresión factual más evidente tuvo lugar en las elecciones presidenciales de 2010 y 2017.

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Lo anterior nos obliga a comentar –sumariamente- otros hitos que guardan una relación colateral, pero no menos importante con estas materias. La mentada renovación socialista –proceso que alcanzó sus notas de nobleza a comienzos de la década de los 80’- hipotecó sus esfuerzos bajo la relación entre democracia y socialismo, subestimando las implicancias segregadoras de la episteme gerencial. Ello hizo más opaco el devenir de las izquierdas, por cuanto la fuerte influencia que ejerció en los sectores de izquierda el dispositivo del consenso -Portalianismo, al decir de Karmy Bolton- terminó capitulando ante la aceleración de los mercados (capitalismo tardío) y sus plataformas. Por ello no es casual que cuando revisitamos una obra de titulo extenso, nos referimos a La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado, Norbert Lechner (1984) le replicaba a Moulian la necesidad de “aprender a respetar los procedimientos” como única formar de contrarrestar la incomensurabilidad de los disensos constitutivos de la acción política (homogénea). He aquí la sala de parto de una política de acuerdos. A través de estos razonamientos y mediante singulares intersticios se abría paso la idea del consenso como el dispositivo que después abrazaron las elites.   

Bajo este atribulado estado de la cuestión, la llamada “biblioteca de la post-transición” se ubicaba en un imaginario incomodo, pero todavía optimista en materia de indicadores, por cuanto admitía las dificultades de la democratización bajo una concepción teleológica de los tiempos políticos (Dictadura-transición-consolidación democrática). Ello establece una diferencia fundamental con la actual tecnificación de las ciencias sociales cuya “melancolía” se explica por una “mimesis” con el discurso de la modernización como nueva filosofía de la historia del capital. Pese a la desmasificación de la demanda desplegada el 2019, a la multiplicidad y potencia de cuerpos, territorios y nuevas subjetividades políticas, aún reverbera y se agudiza la monserga “tecnicista” (2022) promovida desde un hegemónico establishment de tecnnopols de impronta filo-progresista (PS) que dicen cultivar un programa transformador, al tiempo que invocan la soberanía de la técnica, despolitizando el campo de la revuelta.

Los intelectuales del orden crítico se han sumado a tal empresa con un tono moralizante ante los desbordes (pulsiones) de una revuelta juvenil (Peña, 2020). En suma, asistimos a una connivencia entre la innegable intensidad de la protesta social (2006, 2011 y esencialmente 2019) y un renovado librecambismo de la oligarquía tecnócratica en el marco del constitucionalismo latinoamericano que, pese a su vocación de poder, porta las esquirlas de la revuelta (2019), a modo de un duopolio enlutado que debe transitar a una versión activa del Estado subsidiario para salvaguardar el bronce de la modernización.

Durante el tiempo postransicional que “aún” nos asedia –“transición epocal”- se puede advertir un “tráfico conceptual y metodológico” entre actores políticos y las maquinas reflexivas de la transición que se encargan de reprogramar los “sintagmas del orden” cediendo a la legitimidad gestional. Frente a la mordaz crítica de Moulian la clase política invertía en reflexiones, de corte confesional, por donde circulaban opúsculos del mundo socialista. En aquel tiempo, el presidente del Partido Socialista se amparaba en una ética de la responsabilidad para justificar el proceso político y nos decía que se trataba de Una transición de dos caras (1999), en una abierta replica a Móulian. Hoy el socialismo, en su variante de neoliberalismo corregido, se entronca y puede pervivir con la tesis de la subsidiariedad ordo-liberal, activa y re-legitimadora de los Think Tank de la derecha ordoliberal (subsidiariedad activa en el caso del IES).

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Pese a que hemos transitado del malestar institucional –dictum de las conductas- a una nueva trama de antagonismos y demandas populares, de innegables efectos en la elaboración de una nueva Constitución, el panorama no es sustancialmente distinto en términos del dogma modernizante. No es fácil auscultar los actuales formatos de visualización, demandas de la penetración iconográfica, los enjambres digitales, y las nuevas pulsiones simbólicas que han contribuido en transformar los procesos perceptivos y en exorcizar el tiempo histórico. El nuevo sensorium de las redes ha dado lugar a una mutación antropológica que bien puede ser consignada bajo un estado patógeno de la subjetividad, que también en otros casos ha sido retratado como un hedonismo estetizante.

Actualmente enfrentamos, a un tipo de “inducción oligarquizante” (vocación del PS) que consagra la episteme gestional para un nuevo campo de demandas –y sus tradiciones cognitivas- que confía desenfadadamente en los indicadores de eficiencia (caso del quinto retiro)propios de una nueva gubernamanetalidad neoliberal (oligarquía ordo liberal), so pena del crucial plebiscito de salida que está en curso (2022) y que ha fisurado la tradición de los halcones de chicago. La prevalente hegemonía managerial tiende a perpetuar la naturaleza omnímoda de los dispositivos securitarios para comprender el programa cultural que prima bajo las actuales formas diversificadas de “sociabilidad”.

Hace más de dos décadas el PNUD acuñaba una terminología algo irónica, el consumidor ontológico, haciendo mención al existencialismo identitario cuya cosificación discurre mediante el fetichismo de las mercancías. Ello, inclusive, trasciende la idea de una experiencia cultural y podría operar como dispositivo de la bío-dominación, cuestión que ha resultado mucho más dramática que la premeditada des-politización de un régimen de facto que buscaba erradicar la “politicidad” mediante el desmantelamiento del imaginario angélico de lo público. Nuestra tesis aquí se relaciona con la ausencia de actores populares que fueron lanzados al reciclaje modernizador en postdictadura, socavando las posibilidades de un proyecto hegemónico, desplegando una dispersión de beligerancias erotizadas tras la revuelta (2019). Ello se expresó en los antagonismos inorgánicos de la revuelta y su vocación destituyente develó la imposibilidad de un sujeto político (2019), o bien, la vertebración peticionista.

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De otro modo, ello nos obliga a replantearnos algunas convenciones de la izquierda mangerial que tiende a naturalizar la pragma-portaliana que abraza las diversas desregulaciones impuestas por un régimen de facto que no sabemos si en el “plebiscito de salida” en septiembre próximo, y lo lugar a una esotérica hibridación  Estado social de derecho y una nueva axiomática neoliberal.  Todo indica que las elites están obligadas a rimar y ritmar el pesimismo que ha enfangado a una multitud empoderada, colérica, inorgánica y librada a las autopistas del deseo.

El Apruebo es la única micropolítica (lo intersticial) frente al descompuesto diseño neoliberal Concertacionista, pero sin subestimar la presencia de la maquinaria Socialista en la nueva axiomática neoliberal. El apruebo, al igual que el NO (1988), ha sido aprobado por el Washington (pos-Trump) e implica lidiar con el “ensayismo oligárquico” y no solo por mantener la institucionalidad política del cono Sur. Tío Sam, en la figura de Biden, apoya  la geopolítica regional que garantice el flujo de capital, abrazando una izquierda NO bolivariana -Wall Street mediante- neutralizando el poderío Chino como clivaje político, y no así como aliado comercial. Hay ligero simil con el caso de Petro en Colombia. En cambio, el rechazo es una regresión absoluta -ignota y cavernícola- que implica negar de facto el golpe de desigualdad de la revuelta (2019) y nos empantana en la topografía guzmaniana. No da lo mismo, no es posible tal anarquía.

Ego, ya lo sabemos. En septiembre es fundamental el triunfo del apruebismo para ganar una política intersticial que nos puede reportar un Estado social de derechos -expansión de capital- y, a la sazón,  superar histórica y simbólicamente la maquinaria guzmaniana y el oligopolio reaccionario del rechazo -Amarillos mediantes-. Pero hay que advertirlo. De un lado, el caso chileno puede alcanzar la exuberancia de una Constitución de vanguardias en materias de derechos sociales y, de otro, podemos consagrar una retaguardia ante una inminente preservación oligárquica. 

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Septiembre podría ser el mes de un Portales ludópata abriendo el espacio de un gatopardismo intensificado que, en otros tiempos, Tomás Móulian supo leer épocalmente.

Con todo, decir rechazo es nombrar el abismo infinito. 

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Opinión

 El estallido del 20%

Este estallido se despliega día a día, enciende pasiones, acumula cuerpos, planifica acciones que se diseminan, mediante un vértigo envolvente, a través de sus sedes: los medios de comunicación, manejados mediante el poder que les otorga la impactante concentración económica del “empresariado-revista Forbes”. Este “estallido neoliberal” muestra y demuestra cómo la política de los acuerdos establecidas por las elites, a partir de 1990, nunca ha cesado.

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Se ha desatado un “estallido” discursivo en la derecha. Una derecha asociada a una parte del progresismo neoliberal. Se trata de un estallido ruidoso, empeñado en denigrar el proceso democrático que eligió, mediante votación popular, a sus representantes para redactar una nueva Constitución.  La derecha, no alcanzó el poder al que aspiraban, pues ellos querían y quieren una Constitución que mantenga en su centro la dominación cultural y económica de las últimas décadas.

Este estallido se despliega día a día, enciende pasiones, acumula cuerpos, planifica acciones que se diseminan, mediante un vértigo envolvente, a través de sus sedes: los medios de comunicación, manejados mediante el poder que les otorga la impactante concentración económica del “empresariado-revista Forbes”. Este “estallido neoliberal” muestra y demuestra cómo la política de los acuerdos establecidas por las elites, a partir de 1990, nunca ha cesado. En los primeros años de la transición fue necesario acordar, pero luego estos acuerdos se volcaron de manera cada vez más favorables hacia las elites económicas hasta naturalizarse, transformarse en costumbre y después en verdad. Así una parte de la elite progresista neoliberalizada, hoy está completamente cautiva en esas prácticas que a lo largo de “30 años” permitieron una desigualdad social sin precedentes.

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Resulta ineludible que el arco de la derecha ha experimentado transformaciones. Las derechas conformadas por UDI, RN, Evopoli, se han fusionado, lo hicieron cuando se plegaron en las recientes elecciones al candidato Kast, ultra reaccionario, autoritario y elitista y desde luego apegado a la figura de Augusto Pinochet.

La derecha carece de liderazgos. No existen en su interior figuras que sean capaces de aglutinar y es esa debilidad la que provoca que el actual estallido del 20% no tenga más horizonte que el rechazo, al que ya se ha plegado parte del progresismo neoliberal, mientras otra cepa de estas elites progresistas acuña una posición inestable, ambigua, bajo el lema: “aprobar para reformar”.

En esta atmósfera existen situaciones curiosas o abiertamente raras.

Desde mi perspectiva, la comisión respectiva de la Convención, debió considerar la presencia de los ex Presidentes al acto de entrega del libro, como parte de su protocolo, pero aun en medio de esa descortesía, sucedió un hecho curioso cuando el ex Presidente Ricardo Lagos envió una carta excusándose de asistir horas ANTES de que los convencionales revirtieran la decisión de no invitarlo, es decir, mandó una (larga) carta de excusa cuando NO estaba invitado a la ceremonia.

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Y como no referirse al senador Felipe Kast. Este senador tiene una cierta obsesión con las mujeres y sus cuerpos. El año 2017, justo el 8 de marzo, él cursó una (legítima) pulsión travesti y apareció como “mujer” en un video. Fue un gesto importante proveniente de un habitante de la derecha política que avalaba (como lo asegura el sicoanálisis) desde el despliegue de su deseo, disidencias y transformismos. Ese día, realizó a partir de su condición de “mujer”, un reclamo correspondiente al feminismo liberal. Ahora, cinco años después, ingresa de nuevo a las mujeres, ahora, en el territorio reproductivo. Lo hace desde otra vuelta de tuerca, más cercano esta vez a la locura, mediante un anuncio a la ciudadanía advirtiendo que el texto Constitucional señala que habrá abortos a los nueve meses de gestación. Pero lo insólito es que no existen abortos de nueve meses de gestación, lo que sí sucede a los nueve meses es el parto. En ese sentido, hay que señalar que el Senador carece de saberes acerca del tiempo reproductivo y su intervención más que un “fake” apunta a una zona conceptual que nunca me atrevería a calificar como tontera, para no ofender, pero sí de una ignorancia asombrosa. Así estamos. Por otra parte, un ex funcionario piñerista aseguró que votaba “rechazo” porque era una Constitución comunista.

Pero, más allá de las anécdotas de las elites y, a pesar de ciertas cupulas neoliberales que habitan el Partido Socialista, su pueblo, el pueblo socialista, hombres y mujeres, los jóvenes e independientes, votarán apruebo. La tarea urgente es despinochetizar el país. Romper el neoliberalismo salvaje impuesto bajo dictadura, hacerlo por los miles de muertos, por los detenidos desaparecidos, por las memorias, por la resistencia ante el desprecio y las condiciones de vida de los habitantes de las periferias.

Y gracias a los pueblos indígenas, la plurinacionalidad nos volverá plurales, seremos, sí, más inteligentes, mucho más interesantes porque vamos a ser portadores de la actualidad del pasado que precisa la construcción del futuro.

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Opinión

El mal discursito de película gringa de Cristián de la Fuente

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro.

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En un programa que se transmite en televisión y por Youtube que ya no vale la pena ni mencionar, el actor chileno Cristián de la Fuente- en un despliegue de oratoria propio de las películas norteamericanas de las que ha querido protagonizar y no ha podido-dio un discurso en el que hablaba de su vida, de su construcción personal como sujeto, contándonos problemáticas familiares.

De la Fuente puso énfasis en el hecho de haber sido el hijo de la amante de su papá, quien tenía otro matrimonio en el momento en que él nació. Nos contó también que, luego de años de sacrificios, terminó manteniendo a su madre.

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Nadie bien intencionado podría discutir todos estos hechos, lo que tuvo que pasar durante los primeros años de su vida, ni mucho menos lo que hizo para conseguir lo que tiene. Sin embargo, sí podríamos-y deberíamos- hacernos una pregunta esencial respecto a las condiciones sociales y materiales desde las que surgió, lo que, aunque no se considere importante, en una sociedad de las características de la chilena no es algo menospreciable.

Si bien quienes se dicen defensores de las “ideas de la libertad” nos recuerdan el evidente desarrollo social que ha tenido Chile en los últimos 30 años, lo que no parecen entender, aunque claramente lo deben presenciar, son las certezas sociales que unos tienen por sobre otros, no por la calidad de los establecimientos en los que estudiaron- De la Fuente lo hizo en el Grange-, sino porque hay lugares en los que hay más redes, contactos y la cancha desde la que se parte es diferente.

¿Ha logrado el mercado atenuar esas diferencias? Claramente ha hecho que la gente tenga más acceso al consumo, a pagar cosas que antes no podía; pero no ha terminado con la idea del “¿de dónde vienes?”, que cruza toda relación humana y muchas veces está por sobre todo tipo de otra consideración.

¿En qué se equivoca el actor? En que desprecia esos factores que, finalmente, también terminan siendo económicos.

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Aunque puede haber quienes hoy en día gusten usar el victimismo como acción política, creer que la existencia de certezas públicas es algo así como un regalo de los impuestos de unos hacia otros, no es más que negarse a la construcción de una sociedad en que lo público sea revalorizado y en que esas diferencias de nacimiento, que sí existen, no dependan sólo de una competencia interminable en que el mercado termina muchas veces, en nuestro país, funcionando de acuerdo a la proveniencia.

Por esto es que resulta sumamente complejo no entender la idiosincrasia en la que se vive, pasando por ella sólo como un detalle. Aunque éste no es el país de las clases patronales y de las burguesías aristocratizantes que fueron tan marcadas hasta antes de la irrupción del neoliberalismo, que haya quienes gastan altas sumas de dinero para meter a sus hijos en ciertos colegios debido a las redes ya mencionadas más que por su calidad, da cuenta de que la clase está ahí, presente, visible, clara, y que despreciarla cuando se habla del esfuerzo de uno sobre otro, es una deshonestidad intelectual enorme.

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro. Cualquier análisis medianamente exhaustivo deja en claro que hay varias, demasiadas variables, aparte de las ya mencionadas, que derrumbarían su mal discursito de película gringa.

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