Pablo Maltés y el falso prestigio del PPD
El PPD, aunque tenga grandes figuras en sus filas como un ex mandatario y la actual ministra Carolina Tohá, pasó de ser un experimento instrumental -juntando a ex comunistas, ex Mapu y hasta liberales de derecha que buscaban combatir a Pinochet- a transformarse en una gran incógnita política e ideológica en los años de la Concertación.
Foto: Agencia Uno
Luego de una larga batalla por las listas de consejeros que escribirán la nueva Constitución, llegó el momento de las inscripciones y los correspondientes dimes y diretes al respecto. Mientras unos, como Michelle Bachelet y Ricardo Lagos, finalmente no llegaron a la papeleta, otros históricos sí lo hicieron, y algunos personajes de cuestionable procedencia estuvieron a punto de estarlo.
En este último caso, podemos hablar de Pablo Maltés, pareja de la diputada Pamela Jiles, quien, según informan varios medios, estuvo casi a minutos de ser parte de la lista del Partido Por la Democracia (PPD).
¿Cuál es el mérito de Maltés? ¿En qué consiste su trayectoria en el mundo de la política? Nadie lo sabe muy bien. Nadie tiene muy claro quién es; hay una serie de trascendidos sobre lo que fue, sobre cuál es su rol en la vida de Jiles y qué es lo que hace específicamente. Todo muy poco nítido, como por lo general es lo que ronda a la figura de la parlamentaria guaripola de los retiros de pensiones.
Pero tal vez este no sea el gran problema. Lo que parece casi cómico es que lo haya querido levantar un partido que ha tratado por meses y meses sacarse de encima cierto estigma a veces injusto sobre su rol en los llamados “30 años”; una colectividad que ha querido salir arrancando del lado de Apruebo Dignidad, incluso sacrificando su histórica alianza con el Partido Socialista, para no verse empapada de lo que, al parecer, no solo les parece sucio, sino también “radical” y lejano a la moderación que ha caracterizado al ahora llamado “Socialismo Democrático”.
Era cosa de ver la intervención del ex Presidente Lagos en el consejo que definía la posición electoral del partido. Ahí el renacido estadista, con su tono pomposo e histórico, decía que era de suma importancia ratificar la identidad socialdemócrata y seria del conglomerado que le había dado gobernabilidad a Chile por veinte años.
Era casi un manifiesto que reivindicaba lo que había estado en tela de juicio en el último tiempo; una especie de pequeño acto de superioridad moral ante los que se habían mostrado superiores moralmente frente a ellos y eran sus hijos políticos naturales. Y también una manera de llamar al orden a quienes, quizás según él cree, han querido formar alianzas más duraderas con la nueva generación gobernante.
¿Qué pasó con esa seriedad histórica de la que se jactaban? ¿Creían que poniendo al aliado de Pamela Jiles colaborarían con lo que buscaban establecer como relato? Es curioso; o mejor dicho, no tanto.
El PPD, aunque tenga grandes figuras en sus filas como un ex mandatario y la actual ministra Carolina Tohá, pasó de ser un experimento instrumental -juntando a ex comunistas, ex Mapu y hasta liberales de derecha que buscaban combatir a Pinochet- a transformarse en una gran incógnita política e ideológica en los años de la Concertación.
Por más que durante su historia algunos hayan querido darle cierta consistencia intelectual y afirmado que los propósitos del partido eran principalmente el camino progresista, lo cierto es que nunca hubo claridad al respecto.
Los grandes personajes ligados al PPD han sido de tradición socialista, o de otros lugares históricos ya sea por familia o pasado, y algunos parecen más ligados a esa historia que a donde militan, mientras otros están unidos por algo indefinible, sin ninguna claridad sobre su origen político o su rumbo.
¿Qué es entonces este partido? Si me preguntan, yo diría lo siguiente: un partido instrumental que alargó demasiado su existencia y hoy trata de vivir de un prestigio que nunca alcanzó a construir.
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