Machismo lésbico
El machismo lésbico existe. Es dañino, la mayoría de las veces se vive en silencio y no se le toma el peso.
Jamás había pensado en este termino antes de darme cuenta que llevaba mucho tiempo viviéndolo. Sí, por supuesto que haciendo memoria lo había visto mil veces, y considerando que gran parte de mi círculo y amistades son lesbianas, más de una vez presencié actos machistas entre mujeres. Y seguro que más de alguna vez, yo misma he tenido alguna actitud machista con o sin darme cuenta. Sin embargo, no fue hasta que me lo dijeron, que “me puse los lentes morados” dentro de casa.
Este fue un hito clave para poder romper el círculo de violencia en el que me encontraba. Iba manejando a mi casa, con una angustia tremenda. Habían sido semanas muy rudas, organizando un viaje de 26 días. Pensaba aprovecharlo para darle una vuelta a lo que quería de mi vida y a la familia que estábamos formando.
“Ay pobrecita, le pusieron el gorro. Le pegaron y la tratan mal. No sé que haces conmigo”, me dijo tras una discusión en el auto, con nuestra hija presente. “Lo peor de lo que dices, es que todo eso es cierto. Tampoco sé que hago aguantando tanto”, fue mi respuesta. Pero con la Copa América Femenina en Colombia a la vuelta de la esquina, pospuse la idea de terminarlo todo hasta después del viaje. La incertidumbre llegaba a tal punto que un día me decía que era poliamorosa, que le gustaba una de nuestras mejores amigas y luego que quería una relación monógama y que quería darlo todo por nuestra familia. Yo elegía creer la última opción, pese a que ninguno de sus actos daban fe de aquello.
Y llegó ese día. Ese en que la angustia no cabía dentro de mí. No quería volver a mi casa y escribí un mensaje a la única persona que yo sentí que podía empatizar un poco con lo que estaba sintiendo. No es que haya sido mi amiga más cercana, pero sin saber detalles, yo sabía que había logrado salir de una relación violenta y como en mi caso la violencia era ejercida por otra mujer, no lograba el entendimiento de mis pares. Me contestó que fuera a su casa, me recibió de inmediato y de entrada le vomité todo lo que venía viviendo los últimos años.
De la infidelidad, los golpes a la muralla, de las ollas abolladas, las terapias, la violencia física y los excesos. Escuchó atenta, me acogió y su primer comentario fue: “Estás viviendo lo mismo que millones de madres viven en Chile cada día. Si no supiera que eres lesbiana, pensaría que estás con un hombre. Estas viviendo machismo”. Esta frase lo cambió todo.
Tras identificar el machismo en varias situaciones cotidianas y verbalizarlo como tal, solo empeoró nuestra relación. Hubo algunos días buenos después de mi viaje, pero ya no era lo mismo. Luego de vivir millones de faltas de respeto, tratos machistas y normalizando la violencia cotidiana, dije basta.
Me llamaron de la sala cuna que la pequeña estaba con fiebre, solo podía volver al establecimiento en 48 horas y con certificado médico. Al informarle esto a su otra madre su respuesta fue: “Pucha, ¿y tenías muchas cosas que hacer mañana y pasado? Si quieres te ayudo a buscar baby sitter para estos días”. Aun que parezca un mensaje insignificante. Fueron esas palabras las que despertaron a mi empoderada feminista interior. Solo era mi responsabilidad cuidar a la bebe, pero contaba amablemente con su ayuda, en caso de no poder posponer todos mis planes. Y por fin me dije: SE ACABÓ.
El machismo lésbico existe. Es dañino, la mayoría de las veces se vive en silencio y no se le toma el peso. Si bien hemos dado un millón de pasos a nivel mundial en temáticas de diversidad, todavía estamos muy lejos de contar los mismos derechos y con la equidad de género que corresponde por igual a toda persona. Eliminar los temas tabúes y hablar de lo que no se habla es importante. Dejar de normalizar el machismo que vivimos en nuestras infancias y de replicarlo, porque ser lesbianas no nos libera del mundo patriarcal en el que nacimos. El que podamos hablar de estas cosas no va a cambiar el mundo, pero sí podemos hacer al menos un pequeño cambio en nuestro entorno cercano. Así se empieza.
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