Opinión

La seriedad sobreactuada de Viña y Pancho Saavedra

Viña es una mezcla entre un intento de sobriedad y carnaval que casi nunca logra un equilibrio adecuado.

El Festival de Viña se tomó la semana y la agenda noticiosa como siempre sucede en estas fechas en este pueblito simpaticón, con aspiraciones de país, llamado Chile.

Los artistas, los comediantes y todo lo que gira en torno a este certamen, es desmenuzado por los ciudadanos que se dicen interesados y también por los que decimos no estarlo y, sin embargo, siempre estamos atentos a las polémicas que se desarrollan dentro del contexto festivalero.

Es que, aunque no se crea, la frivolidad irresponsable es necesaria en una sociedad. Más aún cuando ésta es golpeada una y otra vez por sus problemáticas políticas o su geografía. Por más que tratemos de inventarnos consignas sociales o apelar a la solidaridad con las víctimas de las catástrofes-algunas veces de manera real y otra escenificada para lidiar con nuestra culpa católica-, lo concreto es que andamos ansiosos, sedientos de superficialidad y de comentar cosas que no importan nada como si fueran lo más importante del mundo.

Cuando un espectáculo tan peculiar como el que se desarrolla en la Quinta Vergara tiene conciencia de ello, de la frivolidad, lo cierto es que todo sale más natural. Pero eso no siempre pasa. Al contrario, Viña es una mezcla entre un intento de sobriedad y carnaval que casi nunca logra un equilibrio adecuado. Intenta negar la celebración con un tono serio, y viceversa, sin poder conciliarse con su esencia, la que tampoco tiene muy claro cuál es.

En esta ocasión, como pocas veces, hemos podido ver ese espíritu encarnado en una persona, su nuevo animador, Pancho Saavedra. El rostro de Canal 13 es la representación misma del Festival: es popular, pero trata de no serlo.

Su rostro estirado, sus muecas y su constante intento de ser más elegante de lo que realmente es, conjugado con sus muletillas propias de persona de la zona centro-sur del país, hacen de Saavedra algo así como un sujeto que lucha consigo mismo, como también lo hace este gran evento televisado.

Por más que muchos digan que su atributo es la naturalidad, lo cierto es que ésta siempre pelea con una malentendida solemnidad que lo único que da por resultado es un sujeto kitsch, o una caricatura de sí mismo, al igual, repito, que el show viñamarino.

Pero eso no es todo. El animador también tiene algo que resulta interesante para el relato televisivo, y es que siempre quiso estar ahí, sobre el escenario. Esto es atractivo para productores y directores que andan en la búsqueda del sacrificio, del llanto fácil, de la emoción acaramelada al son de la historia del hombre que viene desde lejos y logra llegar a ese lugar tan anhelado.

Es cuestión de ver las notas que se hacen sobre su vida, sus sueños, sus parientes y las cábalas pintorescas que tiene antes de entrar en escena. Todo acompañado de una música dulzona, de pésimo gusto, pero que se adapta muy bien al clima festivalero.

Saavedra, como Viña, es el relajo culpable, el show con responsabilidad. El nulo entendimiento de la frivolidad a secas. Su lucha por ser y no ser empapa todo su actuar, toda participación donde pueda congeniar dos facetas que, al hacerlo tan mal, parecen pegadas a la fuerza.

Y es que hay momentos para ser frívolo y momentos en que no. No todo es conjugable. No todos los sentimientos se pueden acaparar. Y si es que se quiere hacer, esto requiere de un diseño pensado para que no resulte tan patético, como resultan tanto el espectáculo como el animador.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Francisco Méndez
Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.
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