La Pastoral destituyente. Una autocrítica. Una glosa a Norbert Lechner
Toda vez que Lechner le advierte a Moulian -con sus nobles rebeldías las distintas «sensibilidades del orden», valga la pregunta, cuáles fueron las condiciones de posibilidad de la UDI popular sin las condiciones de un territorio conservador.
I love you Nelly
Con esta nota y cautelando la sobriedad del caso -sin prescindir de la distancia crítica- me querría sumar a los agradecimientos de mi colega Javier Agüero Águila, sobre los cinco años de vida de La Voz de Los Que Sobran. Quién suscribe esta misiva también abraza un proyecto disidente, crítico-pluralista. Mi agradecimiento a la Directora de LVQS, que ha desplegado un fecundo y honesto trabajo que interroga los discursos de la desigualdad cognitiva y los asfixiantes consorcios mediales. Y cómo no reconocer la laboriosa tarea de los panelistas que, día a día, sacan adelante esta labor con traumáticas restricciones presupuestarias. Todo ocurre bajo un desatado monopolio cognitivo que captura al Chile de las “revueltas terciarias”. Reconozco la imperiosa necesidad de este medio, con sus flujos de rebeldía. También doy fe de su generosidad.
Es fundamental la autonomía radical de La Voz…que tiene el mérito de ‘surfear’ el conflicto de intereses y saber llevar el “mote de medio octubrista” (sin pedido de disculpas). LVQS, de modo casi quijotesco, ha tenido la mística de no vender su distancia crítica, ni elaborar discursos adaptativos.
Amén de su coraje, vayan mis excusas, no siempre comparto sus perspectivas político-editoriales. Es bueno que ello ocurra, porque afortunadamente no tenemos una “partera de la verdad”. Hecho el punto, y dados los votos de fe, vaya una apostilla.
Pese a lo acontecimental del 2019, se alzó una paroxística insurreccional y filosófica del momento destituyente con sus licencias poético-redentoras, donde la revuelta intempestiva e incognoscible era posible como expresión irremediable de la metafísica (zona de despolitización por una tecnificación irrefrenable).
Cabe subrayar que la totalidad de una experiencia en su aparición, no tiene sentido en sí misma, en su fragmentación y neblina, como una apariencia autorreferencial y sin horizonte semántico. Ciertamente, la pregunta no puede ser por la “esencia de un acontecimiento”, sino por las condiciones de su aparición en subjetividades interceptadas en tiempos y espacios. La excesiva metaforización -intuitiva- convive con un “yo empírico y contingencial”. En suma, no se avanza mucho con decir escribimos de modo exultante -borrachos de afectos- y llenos de júbilo en virtud de lo temporal-acontecimental (impolítico) por cuanto el nihilismo se habría perpetrado como superación de la metafísica.
Quizá conviene revisitar -cada tanto- la lucidez (la insinuación) de Norbert Lechner en los años dorados de la renovación socialista, como así mismo, en los días del plomo, sin guarecerse en ninguna “disidencia protegida”, ni menos hacer la analogía simple con Habermas y el “consensualismo enfermizo”.
En medio de la reivindicación de la institucionalidad democrática, Lechner tomaba una distancia crítica de los discursos napoleónicos, a saber, «el bajo pueblo y su teología», las “osadías setenteras”, las “teorías soberano-imperiales”, la “supremacía moral del foro de Sao Paulo” -agregaría-, las «latencias insurreccionales de la vía bolivariana» y las «multitudes negrianas».
Hoy estaríamos librados a guerras -la democracia deviene “máquina de guerra”- cuya plástica “etnográfica” nos sugiere que la chilenidad reclama cotidianamente el cambio social -de modo activo- en función de arribar a un orden post-neoliberal. Todo ello sin cultivar ninguna hermenéutica política al respecto. La stasiología, con su salivar infinito (goces paroxísticos) sobre la realidad estallada, habría derrotado-superado al capitalismo como un proceso de “destrucción creativa”, pues todo se acabaría con el ‘enemigo absoluto’ -Milei mediante- toda vez que la técnica ha desplazado toda recomposición de “lo político” (¿Heideggerianos de Izquierda como condición de la palabra impolitica?). También nos aleccionan que la democracia yace difunta por su absoluta complicidad con la desregulación neoliberal y no responde a nuevas rearticulaciones de sentido. The End. Por último, la teoría (post) hegemónica es desahuciada en sus diversas modulaciones. ¡Vaya capacidad apodíctica y cómo no nos habíamos enterado que la revuelta del 19 -con su fuerza acontecimental- fue una multitud que congregaba a una heterogeneidad de “los que estaban en contra” de la dominante neoliberal ¡
Por las dudas Marx también hablaba de las invectivas de los lacayos de la pluma y sostenía, “Los obreros no tienen ninguna utopía lista para implantarla par décret du peuple”. La guerra civil en Francia (70).
Todo ello teniendo a la vista, las desigualdades agraviantes de nuestro “neoliberalismo constitucional”. La escena es regresiva luego de la apabullante penetración del neoliberalismo securitario y quedamos confinados a la letra pinochetista.
De momento se extraña aquella cordura ante la visibilidad –el gesto, ethos, y el arte de la espera– que jamás buscaba el consenso turístico, a saber, Norbert Lechner -sin pretensiones de ‘intelectual Polaroid’ sobre el presente- pretendía descifrar críticamente la compleja producción del orden social (crítico-democrático).
Tal tarea, en ningún caso implica homogeneidad policial o un estado securitario-exterminador (Jacques Rancière), o bien, un borramiento de los planos estriados que Deleuze, muy concitado en nuestra escena, abrazaba un vitalismo para librar disputas institucionales sin vernos manchados, salpicados o avergonzados, qua conversos de los tiempos. Para otromomento cabría revistar las observaciones deleuzianas Sobre Kant. Cours Vincennes: síntesis y tiempo. Conferencias del 14/03/1978.
Recordemos un par de citas de Deleuze a propósito del daimon de las “suturas qua suturas”
“Lo peor no es quedar estratificado -organizado, significado, sujeto- sino precipitar los estratos en un desmoronamiento suicida o demente, que los hace recaer sobre nosotros, como un peso definitivo. Habría pues que instalarse en un estrato experimentar las posibilidades que nos ofrece (…) solo así, manteniendo una relación meticulosa con los estratos, se consigue liberar líneas de fuga. Las cursivas son mías. Mil Mesetas, 165, 166.
Y para ver hasta donde comulgamos con la advertencia deleuziana sobre las “líneas de fuga”, el autor nos decía,
«Al mismo tiempo, todas las formas de des-estratificación (…) deben en primer lugar observar reglas concretas de una prudencia extrema: toda des/estratificación demasiado brutal corre el riesgo de ser suicida o cancerosa, es decir, unas veces se abre al caos, al vacío y a la destrucción, vuelve a cerrar sobre nosotros los estratos, que se endurecen aún más y pierden incluso sus grados de diversidad, de diferenciación y movilidad». Mil Mesetas, 513. De momento lo dejamos ahí.
Pues bien, desde una lectura más fenomenológica cuál era el mensaje -en su aparecer, y no en su esencia- de Lechner a Tomás Moulian. Lejos de todo “narcisismo mesiánico”, en su célebre libro «La Conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado» (FLACSO, 1984), decía el autor, «Tengo una mayor sensibilidad por el orden. Lo establecido nunca fue algo normal y natural. Desde niño aprendí lo difícil que es construir amistades, rutinas y el mismo lenguaje…(…) La continuidad es tan precaria que no debe arriesgarse con ligereza…» A reglón seguido agregaba ante la perplejidad amistosa de Moulian, «no se trata de tematizar la unidad en tanto resolución de la pluralidad de los hombres, sino de problematizar esa pluralidad como construcción de un orden colectivo» -en medio de diversidades (p. 15-16). Por fin, ante la réplica de Moulian, “descubrir lo posible ¿ésta es tu forma de ser realista?” La respuesta pasa porque “el realismo político exige una doble crítica contra quienes pretenden realizar precisamente la utopía, pero también contra quienes pretenden prescindir de la utopía” (p. 21). En suma, la pluralidad del orden político es lo central y supone lidiar con las nuevas formas de subjetivación.
Más adelante Lechner aludía a la necesidad de la utopía, las formas o imágenes que requiere toda sociedad y recusaba el autoritarismo moral para negar las articulaciones entre democracia formal y democracia sustantiva. No es que Lechner ocultara, ni por ventura, la brutal represión del caso chileno, es más acusaba recibo de la dicotomía orden versus caos propio de la Dictadura de Pinochet. Luego en la página 21 Moulian le dice «ahora viene un, pero». Y Lechner réplica, “hay una aspiración de orden ( ) muy distinta a los militares y los viejos y nuevos conservadores. Por fin, concluye, «El golpe impone un orden perverso porque niega esos esfuerzos de subjetivación, relegando la diversidad social al fuero privado». Desde Lechner, y sin el vitriól de las visibilidades fugaces, es posible interrogar el inflacionismo insurreccional de las izquierdas teológicas.
Es curioso constatar la ausencia imaginal de las izquierdas que, al margen de la cita parisina, no pudieron articular una relación más creativa o dinámica con la reflexión de Lechner. En suma, provincianismo no ha faltado, para explicar estas “zonas de silencio” que seguramente asocian a esta economía argumental a una comunidad ideal de habla. Divina arrogancia.
En octubre de 2019, dada la crítica más radical al armatoste neoliberal, se alzó la fiebre de la revuelta. Cabría atreverse a citar a Lechner -a sabiendas que podíamos resultar acusados de concertacionistas, ‘progres’ o reaccionarios- pues habría existido un único deseo de las “multitudes negrianas”, según rezaba la pastoral destituyente. Amén de las dolorosas verdades que develó la revuelta, y las promesas incumplidas que develó el último informe PNUD, muchos fuimos “aprendices de bruja” o pecadores primarios -seculares- o de segundo orden.
Y así, ocurrió lo que todos observamos: el fantasma del caos desintegrador trajo de vuelta el fanatismo del orden ultraconservador y autoritario. Resulta penoso que una generación, en su muy justa cuota, no asuma autocrítica alguna respecto a las subjetividades del rechazo, porque el realismo -homogéneo- sería una “jaula de hierro” que anula las ‘potencias’ o ‘formas de vida’. Ninguna pluma, con solvencia analítica, ha emprendido alguna crítica -cuál sea- descifrando el rechazo (en sus capas o formas de sedimentación) que sepultó la Convencional Constitucional, porque hoy todo sería (neo) fascismo en un corpus de pulsiones inerciales.
Todo con el afán de diferir-obliterar un paradigma explicativo respecto a la derrota de los últimos años y preservar la voz exultante -trinchera- no ayuda a un debate democrático con las tendencia conservadoras. Y no se trata de asumir una camuflada “posición socialista”, porque bien sabemos que la renovación -años 80,’- hizo un cruce entre democracia y socialismo, pero dejó un vacío insalvable, respecto a la relación entre democracia y mercado.
Desde las distintas subjetividades de orden que postulaba Lechner, asumiendo el pluralismo irreductible del orden social, arriesgaría otra pregunta más provocadora o salvaje. Toda vez que Lechner le advierte a Moulian -con sus nobles rebeldías las distintas «sensibilidades del orden», valga la pregunta, cuáles fueron las condiciones de posibilidad de la UDI popular sin las condiciones de un territorio conservador. Por fin, cómo repensar ese orden «ontogenético» que discurre en los años 80’ entre una modernización de facto y los clivajes autoritarios de una sociedad civil sin esfera pública, deliberante o disidente. Sin negar la ferocidad de los años duros, pero sin reducir el problema a las perversiones de la dictadura, haciendo de todo “bonos morales” y “expresiones testimoniales”.
No habría que pensar un “modo de ser de la chilenidad” que también facilitó la masificación de la UDI popular lejos del prurito de los pueblos -sin obviar las inoculaciones de la Dictadura. Por fin, y lo hablaba con un colega, cómo fue posible que, en dos elecciones sucesivas, tanto el plebiscito (1988) como la sumatoria de votos entre Hernán Büchi y Francisco Javier Errazuriz la derecha sumaba casi el 45% del padrón electoral, amén del “mamo Contreras”, la DINA, la brigada Mulchén, los años dorados del sanguinario Contreras y el terror de alta mar de la CNI muy activa hasta los primeros días de los años 90’.
Pese a los sadismos, nótese que, en las votaciones del plebiscito de 1988, el régimen de facto no sólo se imponía en las tres comunas más ricas del país, sino que revelaba formas de sujeción que hunden sus raíces ontogenéticas en la larga duración y que ameritan investigación, una artesanía más fina y desplazamientos deconstructivos de las subjetividades estacionarias, emergentes, yuxtapuestas y/o estructurales. No basta con agotar el problema en una cultura de los miedos, o el consenso de Washington, y destilar que el control biopolítico devenido en tecnologías del pánico, fue el único mecanismo explicativo. Todo ello, ya lo sabemos, sin relativizar su importancia.
Por fin, nada incita al “acomodo cognitivo” -pactante, incluso en los hijos del trauma- hacia posiciones que resulten solidarias con un modelo de exclusión.
Hoy podemos decir un nombre, un gesto y un momento suspensivo, Norbert Lechner.
«Tándem, longa vita Vocibus Eorum Qui Superant»
Pd. Cabría revisar la espera -el trabajo juicioso- que supone hablar de “escrituras de la revuelta”
[1]* Cumplo, bien o mal, con una moción de Miguel Valderrama, quien me conminó a una ‘toma de posición’, ante desplazamientos no conversos.
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