La voz de los que sobran: Resistir sin pre-textos y en la derrota
“La Voz” ha sido testigo activo de la intensificación y actualización precisa de la base jurídica de la dictadura (Constitución del 80) y su pilar económico (sistema de pensiones). Es decir, todo el quirófano josepiñerista-guzmaniano.
“Se trata de la desobediencia como condición de la democracia”
Étienne Balibar
1.“La historia de las ideas es una prueba notoria de cómo cambia y se transforma la producción espiritual con la transformación de la producción material. Las ideas que dominan una época han sido siempre las ideas propias de la clase dominante”, escriben Marx y Engels en El Manifiesto del Partido Comunista (1848).
La cita es enorme en su profundidad y probablemente contenga, también, una filosofía de la historia completa. A lo que refieren los autores y se sabe, trata del cambio que experimentamos a nivel de “razón” toda vez que un grupo humano ve sacudida su base material. En su totalidad, lo que compartimos como comprensión del mundo viene de las formas de producción características de un tiempo; entonces, solo entonces, las ideas como estructuras cerradas o abiertas a la indeterminación de su propio destino sintonizan y permiten que la cultura se haga inteligible, sensible y asuma su patrón.
La base es material, la ideología un resorte. Y es por esto, tal como lo sostienen Marx y Engels, que las ideas de una época son las de la clase dominante; aquella que tiene el poder de establecer la superioridad económica y controlar los modos productivos, pero, sobre todo –y aquí acaso la dimensión más “espiritual” del planteamiento– la que propone una estetización del mundo, de las cosas y un régimen normativo, para decirlo en términos de Jacques Rancière.
El triunfo de las ideas en cualquier momento de la historia, como lo apuntaría ahora Gramsci (emparentado con Rancière en este punto), pasa, primero, por tener la hegemonía respecto de qué es o no es la realidad. Esta es la estetización como presupuesto normativo que se revela en la profundidad del dominio, insistimos, en cualquier tiempo. La estética es política y tiende a la dominación, así como la política es estética y tiende a la reproducción de una concepción arbitraria de todo lo que nos circunda y somos capaces de subjetivar.
Queremos decir algo que es más o menos evidente: las ideas que predominan en un tiempo son las de aquellos que tienen el poder económico, sin embargo, en un mismo movimiento, extienden esta primacía material generando una conciencia del mundo que es falsa, una “falsa conciencia”, una estética fraudulenta.
2. Decimos lo anterior porque el Medio La Voz de los que sobran, en sus 5 años “al aire”, quizás, y en el sentido propuesto por Marx y Engels, no han sido tanto los defensores de un aparato conceptual o ideológico particular que deviene de una transformación material que los ha estremecido; tampoco son la contra-expresión rampante de las glorias de un mundo estéticamente engañoso, sino que, más bien y como lo veo, ha sabido exponer y dejar a la intemperie las ideas dominantes de este tiempo y en este país, las que se ecualizan en frecuencia exacta con la incombustible “oligarquía”.
Comprendo al medio como un detonador que deja al desnudo la deletérea influencia y manipulación de los poderosos. Por lo demás es un diario virtual (habría que sumarle el matinal, ciertamente) que se sostiene gracias a los aportantes, distanciándose en esta línea de la lógica de los medios oligopólicos que están, y es obvio, coludidos con los grandes capitales construyendo desde aquí los relatos necesarios para modelar y gestionar la historia a su favor y a su medida, así, definitivamente.
Es, a todas luces y sin restarle una sola letra, un medio “independiente”; independiente en la generación de su propia subsistencia, pero, como es necesario, “dependiente” de un compromiso con las que han sido las voces que, de no ser por este espacio y otros, por supuesto, habrían quedado relegadas al páramo obsolescente del mutismo en el que no hay potencia de ningún tipo, solo “infoxicación”.
Habría que decir, también, que hay una cierta tragicidad que está en el origen y despliegue de “La Voz”. Y lo trágico lo entendemos en este texto no como el devenir siempre faustiano de un dispositivo medial que se habría desmoronado en cada una de sus epopeyas quijotescas, sino como la resuelta incorporación en una historia que, impulsada por una Revuelta sin parámetros en la historia de Chile, paulatinamente vio cómo la facticidad que operaba solapada en las instituciones y concertaciones políticas iban urdiendo molecularmente una restauración conservadora brutal y que hoy, a 5 años de Octubre, está a punto de coronar su “proyecto” con el triunfo de la derecha.
En este sentido decimos trágico, porque más allá de que el medio siempre intentó conectar con la multitud que extendida en las calles evidenció la grieta de un país por la que se filtraron y consolidaron siglos de abusos y, en los últimos 50 años, de brutalidad neoliberal, lo que le tocó fue dar cuenta de sendos fracasos; de la restitución ahora más legitimada de una Constitución espuria o, en los días recientes, del oxígeno y vitalidad que desde un gobierno de “izquierda” en coordinación perfecta con la derecha se le ha dado a las AFP’s, y que con el último “gran acuerdo” le inseminan al menos 15 años más de influencia en la gerencia de los destinos y vejez de las y los chilenos; AFP’s que son la cristalización mayor y perfecta de lo que ha sido el lustre neoliberal.
En definitiva, “La Voz” ha sido testigo activo de la intensificación y actualización precisa de la base jurídica de la dictadura (Constitución del 80) y su pilar económico (sistema de pensiones). Es decir, todo el quirófano josepiñerista-guzmaniano.
Sin embargo, pienso, este no es el destino ni la épica de “La Voz”; nunca se trató de estar en el hemisferio de los vencedores y, tal vez, en esta batalla consciente de cara a la usura triunfante siempre se alojó, con la misma intensidad, la certeza de que, a la luz de la irrupción incontenible de los márgenes, los poderes clásicos no dejarían ir así como así su dominio tradicional. Es un medio, en breve, cuya fuerza radica justo ahí, en el desastre que se da frente a nosotros (“el desastre es sin nosotros”, escribía Maurice Blanchot) y no en la desorbitada idea de “la victoria”. No es el “Frente Amplio”, es La Voz de los que Sobran.
3. Todas y todos los que hemos escrito en “La voz”, habremos encontrado no solo un espacio para la recepción de nuestras ideas (para sus precuelas y secuelas), sino que una zona donde lo que predomina es una contrapalabra; contrapalabra respecto de lo gravitante, del humor folclórico, de los poderes típicos. En su potencia de virtualidad, por ejemplo, pudimos dar cuenta de toda una escritura que de manera radical expuso su relato ahí donde todo pasaba en el tiempo de la Revuelta de 2019.
Fueron pocos los medios que se atrevieron a ver en este acontecimiento a una multitud que descosía el tradicional tejido oligárquico en el que se había tendido y rendido la historia de este país. Y es cierto que hubo radicalización, que se escribió, tal vez, fuera de órbita, pero, a favor, nada más decir que se intentó algo imposible, esto fue pretender seguir el acontecimiento, lo que no tiene horizonte posible de realización.
Estamos claros. El acontecimiento es lo anti-utópico o lo dis-tópico. No se puede predecir, ni seguir, ni escribir el acontecimiento (pero sí en él). No obstante “La voz” acompañó esa dislocación de una escritura, es probable, con una inconsciente tendencia a lo liminal, y sostuvo muchas veces el desborde narrativo de quienes veíamos, por primera vez en el romance de un país plagiado, un momento soberano que llegaba para quedarse; la turbina de un pueblo que se había encendido.
Ahora, y más allá de lo anterior, “La voz” se abrió como la zona tal vez originaria y no jerarquizante para que esa radicalidad se desplegara; no hubo óbices ni intentos de sutura; menos monitoreo o imposiciones editoriales, al revés, siempre fue esa suerte de solana en donde la letra que se insubordinaba al calor de las demandas de la “plebs” (Negri) alcanzó un tráfago tal que devino en una suerte de comunidad de la fractura y que se reunió, así, de forma natural, recuperándose insistentemente en la tribuna que jamás nos censuró, y que permitió articular algo así como lo que Miguel Valderrama llamó “Las escrituras de la Revuelta”, y a las cuales Nelly Richard replica con la solvencia y elegancia de su propia pluma en Tiempos y modos.
Habría que decir mucho más. Por ejemplo. lo que significó –y significa– “La Voz” para la denuncia del genocidio brutal en Gaza; o de los estallidos de corrupción que sabotearon el imaginario del oasis probo y ejemplo de pureza burocrática y política en América latina; o del apoyo que desde el medio se le brindó a instituciones como la Universidad de la Frontera, que tuvo que hacer frente a densos procesos antidemocráticos que amenazaban con devolver a esa institución a los más oscuros tiempos de la gestión universitaria; o al soporte dado a las diferentes organizaciones sociales que han encontrado en el medio un respiro a la asfixia de los abusos, en fin, son incontables las causas que se han visibilizado.
4. Es “La Voz de los que sobran” y no el “El baile de los sobran”. Y esto, creo, no es aleatorio ni baladí. Claro que es Jorge González quien inspira el nombre de este medio digital, pero, en este caso no se trata del baile sino de la voz; no es el movimiento del margen sino la fonética del margen. Y aquí hay algo que es sincero, generoso, real.
No se trataría de la figura –icónica y genial de una generación entera “pateando piedras”–, sino de una voz underground, silenciada por los ecualizadores del neoliberalismo; voz que logra salir de su asmática trinchera a través de una plataforma que les devuelve el vibrato y, cierto, una esperanza o al menos la figuración siempre reivindicativa de que serán escuchados/as.
La vocación de “La Voz” nunca ha sido la victoria sino la resistencia; nunca la toma del poder sino la conciencia de que es posible, con las pocas armas de las que se dispone, ser un dique al poder mismo.
Esta es su fuerza. Y por más que voces snobs (que escriben en revistas “sofisticadas” que tienen “otro público objetivo”) no dejen de perforar –desde su ciénaga conspicua, lustrosa y que se acicala desde los higienizados pasillos de universidades desprovistas de pensamiento crítico– la estética y puesta en escena de un medio que encontró, en su mensaje sin derivaciones y en directa relación con una comunidad desanexada de las joyas de la corona y condenada a vivir en la zona de los que sobran, “La Voz” seguirá siendo la constatación medial de las derrotas; dando sostén y espalda a los que siempre pierden; muchas veces desbordada en su vocación al exceso en el decir y defender lo que nunca tendrá la más mínima condición de posibilidad.
La Voz de los que Sobran es resistencia cotidiana que se alimenta de lo imposible, y ésta es y será siempre su victoria.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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