Miércoles, Febrero 21, 2024

La abuela Jiles en los tiempos de Baudrillard

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Mauro Salazar J. y Carlos del Valle R. Doctorado en Comunicación UFRO- UACH.

El caso de La Abuela (Pamela Jiles) reúne cuestiones de subjetividad y cultura mediática que las “izquierdas” tardaron en asimilar y dimensionar. Reducir su trayectoria a la “cuica de la peña” ha sido siempre una lectura perezosa. Un slogan de la incomprensión que impide entender la condición de la época. Con todo, a no equivocarse. Aquí no hay “guante blando”. Las acciones del personaje creado por Jiles, sus audacias, oportunismos, perversiones y beligerancias, implican un “costo ético” que tampoco puede ser ocultado, o bien, cedido a la impunidad de un tiempo sin “comunidad del recuerdo”.

En los últimos años La Abuela es la heroína esquilmante en materia de retiros (10%) que conecta velozmente con la vida cotidiana de “lxs sin moneda” -que no necesariamente se encuentran en twitter o Instagram-, o bien, con la madre o abuela que está cocinando en el block 11 de “Lo Hermida” y que padecerá el año 2023 en plena guerrilla de precios, los pesares de la “olla flaca”. En los rudos 80′, Jiles cultivó un arrojado periodismo crítico contra la Dictadura que, quizá, le provee más olfato de calle que el propio FA, y más vigor que nuestra prensa Vitacurana. De paso, en otros tiempos cultivó un vigor que nuestra prensa Vitacurana ha desestimado por completo.Pese a su condición elitaria, La Abuela sabe que el polo transformador del frente amplismo, no proviene de “Los Nogales”, amén de la dignidad, sino esencialmente son hijos y nietos del Mapu, formados en Colegios privados, Pío Nono y el campus Oriente (UC). Una generación que tiene todo el derecho a la política, pero que no padeció a la CNI y, que en los hechos se ha consagrado a preservar las sobre utilidades de las AFP, invocando el temor inflacionario (progresismo de Boutique en el lenguaje de La Abuela).

Luego del periodismo de izquierdas dejó un “lugar vacío” en medio de la heroicidad informacional de la transición y una prensa escolta del “milagro chileno”. Más tarde su rutina “traviesa” y rupturista fue al alza. A su favor y en contra de su solvencia mediática, empezaron los contra-efectos. Su paso por los matinales, aquellos mecanismos infalibles de la post-dictadura, le permitieron captar con agudeza, la configuración espectacular de la política. Y así, obtuvo réditos en su pasado militante y en los oficios de la comunicación política.

El personaje, de adjetivos salvajes, ha dado lugar a todo tipo de cuestionamientos: ha sido retratada de populista, narcisista-obsesiva, personalista, egocéntrica, desecho cultural. También su actitud ha sido tildada de vociferante y autorreferente, hasta las afiliaciones pendulares -desde apoyar a Alejandro Navarro (2009) a votar con la derecha en los últimos meses. 

Más allá de la consistencia ideológica de su proyecto, y dado el desfonde de relatos que la izquierda reclama, La Abuela es una institución del “Chile de Huachos” -en clave Caffarena- que resulta desafiante ante los moralistas del orden, los especuladores del consenso y los pastores del colectivismo. Durante el estallido social (2019) y el Covid-19, retrató a Sebastián Piñera, como un Padre desidioso (“abandonó de hogar” y cesarismo al “dejar morir” mediante el bono al Chile SENAME). Tampoco le faltó prosa (ni cámara) para denunciar la “bancarrota ética” de nuestros profetas de izquierdas, políticos con problemas de educación cívica. El personaje ha utilizado la “comunicación carnavalesca” para describir el pálido momento de nuestro congreso y garantizar sus activos en “la papeleta”. Y así, La Abuela ha sido retratada como desecho cultural, en virtud de su personalismo (perverso según muchos), que debe ser desterrado según el oráculo de rectorados con sus narrativas de mesura, teología e ilustración. Y no faltan razones: su elocuencia satírica en el uso de los medios, la mezcla entre contenidos y espectáculo, ha generado daños y varios damnificados en el camino. La heroína cítrica del 10%, librada a la profanación de la letra chica y enemiga de la “focalización neoliberal”, moviliza un texto narciso-denunciante, toda vez que no responde a las categorías racionales de la política moderna.

La crítica nos dice que La Abuela, habría vulnerado la relación entre democracia y cultura de las militancias: obviando hegemonías, transgrediendo alianzas, violentando, según “políticos transformadores”, el ethos de la cultura de “izquierdas” que no aprueba retiros, pero que sanciona sus acuerdos con el Partido de la Gente (PDG). También se le imputa su indómita disciplina partidaria y desapego de los proyectos colectivos. Y ciertamente abunda la queja sobre su versatilidad verbal para ridiculizar con sadismo a sus interlocutores. Tales imputaciones, pudiendo ser muy atendibles, y en algunos casos muy genuinas, se ubican en la “devastación de lo político”: la espectacularidad, la fragmentación contra el pastoreo de los proyectos colectivos y lo contingencial-mediático de nuestro presentismo. 

Y bajo la fractura entre política institucional y vida cotidiana. De su “narcisismo mesiánico” ha sabido el Partido Comunista, Humanistas y el Frente Amplio. Tales coaliciones han padecido las pulsiones tanáticas de la “Abuela amargura” -de intensa elocuencia cultural, incluyendo dicción e impostación- que castiga a la “miserable clase política” con el “gesto ilustrado” de ubicarse por fuera de los curules gastados que ella misma representa. Lejos de toda fascinación por un Personaje familiarista-libertario, y por momentos de benevolencia oligárquica, es necesario señalar que no hay Cruz Católica para la “abuela” -bizarra o no, sádica o no, marrana o no-. Y a no dudar, su retórica erotizante, su compromiso con el campo de la diversidad sexual, y los nexos entre mediatización y vida cotidiana, son parte de un presentismo que lo diluye todo. La Abuela entrecruza pragmáticamente biografía, performance medial y narcisismos críticos en tiempos adversos para sustentar “lo común”.

En los retiros del 10% (AFP) fue de una eficiencia camaleónica que no tuvo misericordia para terminar de degradar el Cesarismo de Sebastián Piñera. El presente año no vaciló en ubicar a la Diputada Cariola como una operadora maquinal, imputándole un estado de ruina argumental en el quinto retiro (2022) que no pensó en la demanda popular. La configuración política del espectáculo en los años 2000′ -politizacion de la Farándula- resulta un hito que La Abuela ha exacerbado creativa y mordazmente. Eran años donde se festinaba el imaginario eufórico de la promesa gestional (acceso, servicios, méritos, pero también “ropa americana”), el control del sentido común y la irrupción de liderazgos visuales (pastores neoliberales). A diferencia de ello La Abuela libertaria, híbrida, mundana, intempestiva, bizarra, modula un texto familiarista-oligárquico donde logra agenciar un lazo en la “subjetividad beligerante” del chileno medio-empobrecido y el sinmonea, hastiado y estriado por los estresores de la guerrilla de precios y la tuberculosis de la deuda.             

Abuela es la “metáfora del abandono” adopta a los “niños” y “nietit@s” dañadas porque las madres deben trabajar durante el día, o bien, en la resaca de la noche. Los niños del orfanato serían un “pueblo infantilizado” del Chile Sename, abusado por políticos y empresarios, pero sin la romantización de Gabriel Salazar que diría huachos como sujetos históricos (reales). La abuela patriarcal alecciona, cocina, lava y plancha, cuida y ordena la orfandad ¡Y quién no ha vivido horas de beatitud y dolor con las abuelas del mundo popular¡ Desde el verdor de “Las Abuelas” que han enfrentado la exclusión desde una relación de complicidad con muchos “nietos-nietitas” de la disidencia sexual castigad@s por el vocabulario masculinizante.  De suyo, en el vaivén de las posiciones político-biográficas, es una heredera del voto feminista en Chile. Y fue precisamente desde el apoyo de la disidencia sexual -en una deriva queer-que interpela al feminismo oligárquico (hetero/normativo), donde recogió el voto de “lxs sinmoneas”, los coleros, y las barrialidades chicanas de las ferias.

Y a no dudar, las estéticas vagabundas la blindaron como Diputada con una alta audiencia de popularidad. Por fin, la sobrina del General Ricardo lzurieta Caffarena, el mismo que perseveró en traer a Pinochet desde Londres, ha logrado enlazar la categoría “pueblo” (“mis  descamisados”, “mis desposeídos”, y “mi ejército” de nihilistas post/populares, dice el estribillo mesiánico de La Abuela) como centro gravitacional, restituyendo un cuerpo virtual que los empleados cognitivos de las elites (políticos y funcionarios embusteros de los think tank de izquierdas y derechas) no estarían en condiciones de invocar públicamente. En suma, hay un doble movimiento: una antigua espectacularización de la política y a la sazón una politización de la farándula. Y allí es donde la crítica institucional se torna reactiva contra el personaje, porque el 5to retiro representa la “explotación normativa” de la sociedad chilena. En suma, La Abuela es un clivaje elitario-popular, una “subjetividad beligerante” y protegida por el propio rodaje de los medios, temporalmente por algunos medios de derecha, en medio de una colosal grieta llamada “gobierno del capital”. Ciertamente, ha votado alineada con la derecha y contra la centroizquierda en múltiples ocasiones. Pero ello, aunque es infinitamente controversial-criticable, no ofende los vicios y travestismos instituidos en el parlamento.   

Aquí el narcisismo mesiánico activa un lazo intricado con lo popular que debemos interrogar, a saber, su guión promueve un rechazo aristocrático (post popular) ante las élites diezmadas -ocaso voluptuoso de la gente con dinero- y esencialmente contra la “miserable clase política” -en su jerga- desde donde ha fortalecido las simpatías con el mundo popular mediante “metáforas familiares” ¡Mi pueblo con mi ejército de nietitos! en situación riesgo -cabría agregar-. Los cuerpos del capital absorbidos en distintas plebeyizaciones y sometimientos que el personaje de marras es capaz de capitalizar denunciando la materialidad y las estéticas de la cesantía. Pese a todo su lenguaje “vitriólico”, untada en lo oligárquico-reformista de la apropiación popular (¡mi pueblo! como pronombre posesivo de un pueblo orgánico que nunca es tal) se mezcla con la teatralidad satírica y un relato para sujetos carenciados -que solo ella -cual Abuela– podría emancipar-. Y así ha podido capitalizar el 10% mediante binarismos narcisos que hacen del retiro de pensiones (AFP) un “significante vacío” donde ha domiciliado los antagonismos en los imaginarios de la popularidad.

Pamela Jiles, a punta de personalismos, ha sabido rentabilizar el desencanto popular, por la vía de estéticas marranas y gramáticas familiaristas. Ello comprende nombrar ‘los Chadwick’, ‘los Frei’, ‘los Caffarena’, ‘los Walker’, ‘los Gumucio’, etc., llevando todo al registro de la disolución de las izquierdas. Tal disolución, donde todo se eleva a la nada resulta intimidamente. Y así ha establecido pactos fugaces con las corporaciones mediáticas, al precio que las encuestas del mainstream cada tanto han inflado sus atributos.

Como sí todo principio de realidad, incluyendo la pasividad temporal de El Mercurio (jamás inocua), estuviera “fuera de sí” y La Abuela Jiles pudiera prescindir de cualquier otra mediación elitaria. Como sí no bastara con sus redes genealógicas. Una “abuela” múltiple (en plural) aparentemente inmune a los pesares que padeció MEO en el desierto cuando la cadena mediática de los Edwards lo expulsó de la arena política y quedó despojado de la carrera presidencial. Todo migra desde una teatralidad que ha logrado secuestrar el imaginario de la popularidad sirviéndose de familias en situación de riesgo -cuerpos del capital y tos de enfermos en espera del tercer retiro-, pero con una discursividad muy eficiente -efectista- en la presión fáctica del Chile de ollas comunes. Con todos los expertos del orden leen velozmente un populismo primario y agotan la discusión emplazando las formas estridentes utilizadas por “la heroína Jiles” para administrar nuestra nerviosa cotidianidad: abuelos, ejército de nietitos (valga el “diminutivo” que devela una jerarquía ante los carenciados, los nunca, los nadie) y los usos estriados del sujeto pueblo. Lejos de cualquier fascinación, el personaje administra el dorso tanático de nuestra modernización.

Todo ello es muy comprensible en la ralea de los tiempos. Y sí, la nieta de la activista feminista, Elena Caffarena Maurice (1903-2003), y bisnieta de Blas Caffarena, empresariado de la textil, hija de un Ingeniero comunista enviado a la revolución cubana, comprende un enjambre de temporalidades yuxtapuestas que Manuel Cabieses ha intentado dulcificar -justificar aristocráticamente – como lealtad con el “pobrerío”, recusando una lectura ligera sobre una eventual conversión de la Periodista Jiles y refrendando su póstuma trayectoria. Entre su infancia en Cuba, sus filiaciones con el MIR (Gastón Muñoz) y el PC hasta el año 2006, su trabajo en Solidaridad, Apsi, Análisis y Fortín Mapocho y Crimen bajo estado de sitio, que coescribió junto a María Olivia Monckeberg y María Eugenia Camus, ha desplegado una extensa trayectoria familiarista-aristocrática, político-popular y profesional-activista.

En las filas del FPMR conoció a su actual pareja; el abuelo Pablo Maltés. Y desde luego, desde su lucha contra la dictadura, el periodismo crítico-transicional migró al travestismo visual en los matinales (SQP) con su devaluación cognitiva y un insoportable retrato de nuestra actualidad. Qué duda cabe de aquella trayectoria con relaciones cortocircuitadas con la izquierda institucional, en virtud de su tronco elitario y con vocación de heroína popular. Cómo ubicar la performatividad del personaje con sus “metáforas elitizantes” para suturar el “imaginario underground”.

Por fin ¿Desecho cultural o perversión mediática de la pos-transición? O bien, ¿La Diputada, con su carga libidinal, representa una lectura más operativa del populismo de Mouffe en el caso de la demanda popular? Además, los elencos políticos pierden de vista los sutiles eslabones que La Abuela puede administrar entre el polo elitario y el mundo de la insurgencia.  En suma, catolicismo de izquierdas y mesianismo elitario para tener las prerrogativas de la luz.

De momento nuestro Reyno es una biblia sin Sinaí.

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