Opinión

Genocidio en vivo y en directo

El genocidio en vivo y en directo designa, pues, una educación mediática de la sensibilidad. Lo que, por cierto, aquí se domestica, justamente, son la palabra y la imagen, su fuerza transformadora, desestabilizadora.

La afirmación, según la cual, en Palestina se desata un “genocidio en vivo y en directo” ha sido repetida una y mil veces. Una y mil veces que ya no sorprende, si acaso alguna vez lo hizo. La cuestión no es simplemente repetir lo obvio, en la medida que lo obvio deviene precisamente de la repetición, sino detenerse a pensar qué significa que Palestina experimente un “genocidio en vivo y en directo”.

Todo el mundo lo ve, no resulta secreto, los perpetradores no ocultan sus intenciones, sino que las exhiben con todo orgullo y con total desparpajo. No solo los perpetradores israelíes, también europeos y estadounidenses, sionistas en general. Sionistas que los hay en todo el planeta y de diferente estirpe. Los dispositivos discursivos alineados en el vaciamiento de Gaza, y, como hace 77 años, en el borramiento de Palestina.

Las imágenes inundan las grandes corporaciones mediáticas: niños mutilados, quemados, jóvenes quemados vivos, cuerpos aplastados entre ruinas que han estallado desde el último misil recibido. A diferencia de la sociedad nazi donde, a pesar del racismo europeo contra los judíos, la sociedad alemana no necesariamente sabía de la existencia de campos de concentración (menos el mundo) que no haya sido por rumor, la sociedad israelí sabe todo eso, sin necesidad del rumor, conjuntamente con la mentada “comunidad internacional” que contempla el festín siendo parte de él al esgrimir al ya conocido “derecho de defensa” de Israel.

Todos los días masacre. 40, 20, 1000 palestinos. ¿Qué más da? Las cifras se han vuelto inanes porque equivalentes. Como si su multiplicación terminara siempre en suma 0 y nadie se sorprendiera ya por la producción masiva de asesinados.

Justamente en esto consiste el “genocidio en vivo y en directo”: las cifras no valen, las imágenes no valen, las declaraciones no valen. Ni siquiera esos llantos que desde las primeras semanas de Octubre de 2023 se expresaron de parte de gente que, al parecer, recién se enteraba de que Palestina existía bajo la sombra de la nakba.

Aquí, se cumple el designio terrorífico de la “transparencia” democrática como una forma de transmitir un genocidio a ojos de todos, un exterminio transmitido a todo el planeta durante 24 horas sin parar. Pero el efecto decisivo de su masificación es la puesta en práctica de una educación genocida.

Al respecto, no podemos olvidar lo que, en algún momento sostenía Walter Benjamin, cuando afirmaba que la catástrofe no consiste en un momento excepcional que pueda distinguirse del continuum mismo de la historia, sino en el continuum mismo, en su devenir regla o, si se quiere, para decirlo en el léxico de la resistencia palestina, la catástrofe –la nakba- no puede ser entendida como un acontecimiento excepcional sino como el proceso de verdadera normalización de tal acontecimiento.

Ahora bien ¿cómo se puede normalizar la nakba? ¿cómo volver regla lo que, por definición, resulta ser excepcional? Justamente, a diferencia de los nazis que ocultaban el genocidio, el sionismo lo exhibe públicamente. Gracias a ellos, las grandes corporaciones mediáticas, que han expuesto las imágenes de la nakba en vivo y en directo, han implementado una verdadera educación sensible, neutralizando si acaso, normalizando nuestros propios sentidos y volcándolos a gozar de la masacre. Justamente se trata de inhibir la movilización, docilizar a los sentidos y, en la exhibición del terror cotidiano, paralizar de toda posible acción.

El genocidio en vivo y en directo designa, pues, una educación mediática de la sensibilidad. Lo que, por cierto, aquí se domestica, justamente, son la palabra y la imagen, su fuerza transformadora, desestabilizadora.

En efecto, el genocidio sionista sobre Palestina no podría tener lugar sin esta domesticación que consiste en separar a los cuerpos de sus potencias a partir de la escisión de la imagen y la palabra de su textura afectiva. Se trata de convertir números, conceptos, imágenes en simples representaciones vacías. No solo neutralizarlas sino prodigar de dispositivos capaces de subjetivar a los seres humanos en una nueva dinámica sádica que no solo inhiba su afecto por la matanza, sino que además lo reclute para celebrar la matanza.

En este escenario, lo que está en juego es, entre otras cosas, una alteración a nuestro sentido de la vista. ¿Qué vemos cuando vemos imágenes de Palestina? ¿Cómo se producen los cortes, la edición, los juegos de verdad de tales imágenes, las narrativas precisas que, muchas veces, en vez de referirse al genocidio palestino bajo el término “palestinos asesinados” los medios corporativos denominan simplemente “palestinos mueren”?

En este sentido, la expresión “genocidio en vivo y en directo” designa un programa de normalización de la sensibilidad o, si se quiere, una nakba irrigada en la dimensión micropolítica en la que se juega nuestra afectividad. Odiar al otro, odiar a los palestinos que están interrumpiendo a los supuestos dueños de la Tierra, que molestan con su “terrorismo” que no sufren sino gozan exponiendo a sus propios hijos como “escudos humanos” – en el fondo, se trata de odiar al “in-humano” aquél declarado “nazi” por el sionismo que puede replicar las prácticas genocidas escudándose bajo la flexible, vaga y eficaz acusación de “antisemitismo”.

Así, la pregunta decisiva es ¿qué significa ver en un escenario en el que la “visión” está condicionada por una imagen y palabra vacía, devenida tan equivalente como cualquier otra mercancía, privada de toda potencia? Un genocidio en vivo y en directo designa, por tanto, un genocidio sobre nosotros mismos.

Por eso, la nakba, en su despliegue mediático de tipo globalizado y orientado a la normalización afectiva, constituye un problema de naturaleza ética, en el sentido que lo que aquí se juega es la escisión de la potencia de la multitud, si acaso ésta será sometida a la devastación al ser anulada en su sensibilidad o saldrá a la calle para abrir una voz disidente que desarticule los mecanismos que posibilitan la normalización.

Sin embargo, la educación genocida no ha funcionado demasiado. A pesar de su insistencia, de su repetición, de sus clichés reproducidos sin parar todos los días, todas las noches, se ha abierto una brecha insalvable por las que la hasbará globalizada no logra suturar. Similar a la situación acontecida por Vietnam, también por la situación Palestina ha habido indignación de parte de las multitudes, Los espacios micropolíticos parecen haberse sustraído, en parte, de la hasbará y su educación genocida y, en vez de producir normalización no hace más que producir diversas formas de sublevación.

La multitud se vuelca sobre las calles, los estudiantes hacia los acampes, pequeños actos de insubordinación devienen cotidianos, los gobernantes prohíben erigir la bandera palestina y tales banderas siguen ondeando, a pesar de toda la censura desplegada por los “países democráticos”. Si se quiere, Palestina abrió una distancia de la multitud para con el genocidio en curso. Como tal, Palestina irrumpe exponiendo el esqueleto genocida de todo un sistema, de todo un reino que se consuma gracias a su silencio, a su calculado borramiento.

Quizás, sea precisamente ahí, y no solo en las grandes estructuras de los poderes prevalentes, donde se estén dando las batallas decisivas. La hasbará sionista existe justamente para apuntalar esas batallas, pero los colectivos y sus potencias son los únicos que pueden destituir su sentido y verosimilitud.

La lucha mediática no es una cuestión simplemente técnica relativa a la “información”, como un asunto ético y político que remite al uso de nuestras potencias, a la desactivación de los mecanismos con los que la hasbará pretende expropiárnoslas. 

Por eso, si algo ha ocurrido en la época del “genocidio en vivo y en directo” es que Palestina se ha convertido en el puntal antifascista a nivel mundial. Palestina es censurada, precisamente, porque es la voz cuya resonancia quita los ropajes humanitarios de aquellos que han producido y perpetrado la nakba, en tanto Palestina no es otra cosa que la verdad, esto es, el dispositivo que revela (expone, muestra, exhibe) el actual estado de cosas, la luz con la que podemos contemplar el devenir de nuestra catástrofe, de una nakba que ya es global.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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