Opinión

El partido octubrista: Triunfo popular y salto al torniquete

Frente al “malestar”, a la “desesperanza” que nos inunda, el cultivo de este juego –que lo hacemos como si fuera un jardín y no como si fuera una hacienda- implica un grado alto de organización que el propio partido octubrista se ha dado. Desde los secundarios sublevados en el subterráneo del Metro de Santiago hasta el triunfo de las candidaturas que dieron la “sorpresa” al partido neoliberal, el salto al torniquete ha sido sorteado con éxito y el cultivo del libre juego de las formas-de-vida adquiere una intensidad inusitada.


 El partido octubrista saltó todos los torniquetes. Desde aquellos apostados en el lóbrego subterráneo del Metro hasta impregnar a nuevas fuerzas políticas que en las elecciones del 15 y 16 de mayo asaltaron la Convención Constitucional. El partido neoliberal que habitualmente cobijaba la hegemonía cupular de la derecha y la concertación quedó destituido, obligado a negociar con una mayoría que por 30 años había permanecido en las sombras y no constituía un peligro para su orden. Al contrario, el partido octubrista es una intensidad múltiple, un afuera en un régimen que intentó suturar todo afuera, una vida que se escapa permanentemente de todo torniquete y que supo evadirlos, saltarlos destituirlos, a pesar de los miles de impedimentos que se le impusieron.

Varios “torniquetes” salieron al paso: fuerzas paramilitares llamadas “Carabineros de Chile” que masacraron a la multitud en las calles;  un acuerdo de “lawfare” en su contra gestado el 15 de Noviembre por un asalto parlamentario que abandonó la Asamblea Constituyente por la de Convención Constitucional imponiendo de entrada los 2/3 por el que la derecha y el partido neoliberal en general pretendía ejercer su veto, bajo el diseño de los años 90 que, a su vez, proponía un mecanismo de representación parlamentario para la elección de “constituyentes” (cuestión que atentaba contra los independientes), una pandemia que no ha tenido tregua y que yuxtapuso su fuerza al partido octubrista agudizando contradicciones del modelo, profundizando el repudio popular contra el agónico partido neoliberal.

El proceso constituyente se consolida y hace peligrar al régimen neoliberal y sus heraldos cristalizados en este partido bifronte que articuló la transición política al precio de precarizar a su pueblo. Un proceso que tendrá que seguir “saltando todos los torniquetes” que se presenten en la Convención Constitucional. Un momento histórico que se oriente no solo a la transformación completa del Estado, a impregnar en él una “vida nueva” que rompa la gubernamentalidad neoliberal y su régimen, sino justamente a abrir el libre juego de las formas-de-vida, a la stásis que nos atraviesa.

Pero ese juego solo será posible si lo cultivamos. Walter Benjamin tuvo una expresión tan certera como decisiva para ello: “organizar el pesimismo”. Frente al “malestar”, a la “desesperanza” que nos inunda, el cultivo de este juego –que lo hacemos como si fuera un jardín y no como si fuera una hacienda- implica un grado alto de organización que el propio partido octubrista se ha dado. Desde los secundarios sublevados en el subterráneo del Metro de Santiago hasta el triunfo de las candidaturas que dieron la “sorpresa” al partido neoliberal, el salto al torniquete ha sido sorteado con éxito y el cultivo del libre juego de las formas-de-vida adquiere una intensidad inusitada.

“Organizar el pesimismo” tendría que significar cultivar una cierta violencia sensible (Muñoz), una nueva razón estética (Dabashi), una dimensión imaginal que, como un jardín nos permita habitar. Lejos de la metáfora pastoral que rige la hacienda e impone territorios sobre los campos agrícolas, se trata de jardines que transgreden territorios y no se ofrecen al paradigma de la producción económica. Y esta singular “organización” requiere, quizás, de una nueva ciencia. Una ciencia menor, absolutamente clandestina, una intensidad que se cuela entre saberes y no se deja capturar por ellos: la stasiología, la ciencia de la guerra civil, que abre la danza de los cuerpos, que desgarra la grieta de la multitud. El jardín contra la hacienda esta es, en verdad, la radicalidad de nuestra situación. Porque “organizar el pesimismo” ha sido la consigna de los que jamás tuvieron consigna, de los que nunca abrazaron un partido, de los que no tuvieron el privilegio de la esperanza ni mucho menos, el ritual del monumento. Hemos despertado con un verdadero triunfo popular en que  “organizar el pesimismo” sigue siendo nuestra palabra, la única que salta torniquetes, la misma que se escribió a fuego el 18 de Octubre.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
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