Martes, Febrero 20, 2024

La Restauración Oligárquica: Porqué redactar una nueva Constitución es fácil, pero destituir el fantasma portaliano difícil

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Han perdido todas las elecciones, pero parecen el bando más importante del país. Hablan como si fueran mayoría, vapuleados, situándose en posición de víctimas, desde fuera de la Convención Constitucional –porque sus votos no alcanzaron los escaños calculados- acusándola de “maximalista”, redactar propuestas “estúpidas” y otros epítetos muy poco dignos para personalidades tan “culturalmente” distinguidas y “cognitivamente” tan elevadas.

Sin embargo, más allá de la estafa que se huele, de la pobreza argumentativa y de la flagrante defensa de sus intereses corporativos vía la voz de un supuesto “poeta” que cree pertenecer al Olimpo de la gran poesía de la humanidad, lo cierto es que se trata de una arremetida organizada, sistemática y mediática del Partido Neoliberal –última fase del fantasma portaliano-  que fue provisionalmente destituido con la revuelta de Octubre de 2019.

Después de varios años de quejas, reclamos aislados, columnas cada vez más virulentas –y de escaso valor intelectual- contra una Convención que no han podido controlar, estamos frente a la articulación de un movimiento de restauración oligárquica. Movimiento que asume dos caras: por un lado, una derecha recalcitrante (conservadurismo neoliberal); por otro, una llamada “centro-izquierda” (progresismo neoliberal).

La estrategia es clara: después de las elecciones del pasado 19 de diciembre, la derecha no puede convencer. Pero, quizás, la facción perteneciente al “partido de Allende” si. Y entonces, el Partido Neoliberal organiza al progresismo neoliberal liderado por el Partido Socialista como vanguardia del movimiento de restauración. La facticidad concertacionista quiere ver restituida sus mayordomías con las que administró la “hacienda” de manera tan eficaz por 30 años, sin poner en peligro los intereses de los patrones favorecidos por la República portaliana restituida por Pinochet.

Justamente cuando la CC avanza en la democratización necesaria para el país, proponiendo al Estado de Chile como un Estado regional, plurinacional e intercultural y configurando a un nuevo parlamento de manera unicameral, exento de la institución de origen aristocrático como es el Senado, es cuando la CC toca el “resorte” –es la expresión de Portales- de la máquina portaliana.

Columnistas malos y pésimos se turnan en los medios oficiales. No se trata del “chavismo” (vieja consigna) que ataca, sino de una “izquierda no democrática”, de propuestas “estúpidas”, de que los jueces “no pueden tener sesgo de género” o que la Constitución que se está escribiendo es “partisana”: finalmente, la consigna adultocéntrica es que no se puede confiar en las “nuevas generaciones” que nada entienden, que no son “expertos”, que no constituyen la tecnocracia que ellos fueron, la redacción de la Nueva Constitución. En suma, los pueblos de Chile no tienen derecho a imaginar su República.

La campaña –que no es más un adelanto de lo que será la campaña del Rechazo para el plebiscito de salida- se articula con dos objetivos que ya se dejan entrever:

  1. Neutralizar a la CC y “portalianizar” la Nueva Constitución –es decir, restituir los privilegios oligárquicos del nuevo (viejo) Partido Neoliberal en ella.
  2.  De paso: neutralizar al gobierno de Boric y los eventuales cambios que pueda proyectar vía el respaldo de legitimidad que le otorgue la Nueva Constitución y convertir ese gobierno en una Concertación 3.0. (sin Aylwin, sin Bachelet, pero con Boric).

El cumplimiento de los dos objetivos –que, en realidad, con el cumplimiento del primero se puede rematar por defecto al segundo- se han propuesto sistematizar una campaña permanente desde los medios hegemónicos y disputar a la CC la decisión sobre el estado de excepción mediático.

Ahora bien, el problema político en el que estamos envueltos se puede formular así: la coyuntura no está atravesada por la exigencia de ofrecer una nueva carta fundamental, solamente, sino de proveer de un nuevo marco de legitimidad. Pero, para eso, no se puede recurrir a la vieja máquina portaliana que ha asegurado los privilegios oligárquicos durante 200 años de República porque es precisamente ésta, en su última fase neoliberal cristalizada en la Constitución de 1980, la que constituye el problema. No se puede solucionar el problema con el mismo problema que se pretende solucionar. La legitimidad de la Nueva Constitución solo podrá ser tal si puede desoligarquizar a la institucionalidad política, destituyendo al fantasma portaliano del cual, el pinochetismo ha sido su última fase.  

Por eso, lo que estuvo en juego desde la revuelta generalizada con la que los pueblos fueron irrumpiendo en la escena política nacional durante todos estos años, no fue simplemente la destitución del pacto oligárquico de 1980, sino, ante todo, el núcleo portaliano que dicho pacto revelaba de la contextura misma de la República. Se trataba de la estructura portaliana de la República y no de un simple cambio de Constitución como imaginó el Partido Neoliberal lo cual implica inventar otras lenguas capaces de ofrecer legitimidad. No solo la del “gobierno fuerte y centralizador” (Portales) que resguarda la libertad individual bajo la premisa de un férreo orden, sino la posibilidad de imaginar otros contornos de la República que pasen por sus formas expresivas.

No por casualidad se levantó el fantasma del “federalismo” –proyecto en su momento encabezado por Ramón Freire (de quien, parece que no tenemos estatua alguna en la plaza de la Constitución, pero si de Portales y Alessandri) y que por dos siglos el discurso portaliano –via su historiografía conservadora- no ha hecho más que publicitar su “leyenda negra”. Quizás en Freire haya otra lengua posible, pero también, por supuesto, tanto en las comunidades de pueblos originarios como en el feminismo que devienen irreductibles frente al portalianismo, poniendo en cuestión la división “racial” y “sexual” del trabajo prevalente en la República.

Redactar una nueva Constitución resulta ser una empresa fácil si se la compara con lo difícil que significa destituir el fantasma portaliano que imaginariamente ha configurado la República. Abrazar al Estado de Chile como “regional, plurinacional e intercultural” toca un “resorte” de la máquina; hacer desaparecer al Senado por una propuesta de unicameralidad, toca otro.

El terror sobrevenido es que el Partido Neoliberal, formación fáctica de la oligarquía chilena de los últimos 30 años, creyó poder restituir su control sobre el país con el Acuerdo por la Paz del 15 de Noviembre de 2019 sin que los “resortes” de la máquina fueran tocados. Es decir, sin que tuvieran lugar transformaciones reales convirtiendo así, a la CC en un dispositivo más del nuevo simulacro por articular. Pero, a pesar de las restricciones que dicho Acuerdo impuso –entre ellas el salvataje de Piñera- hubo una apropiación parcial por parte del partido octubrista –pero suficiente para destituir, en parte- el control que podía ejercer el Partido Neoliberal sobre ella y suficiente, a su vez, para barrer con la idea de que la CC deviniera en un simple simulacro.

Por eso la campaña de restauración oligárquica que se está levantando, intensificada en el mes de Febrero del 2022. Por eso el cinismo del “poeta” en pretender decir ser de “izquierda” o “amarillo” y escribir sistemáticamente desde El Mercurio –periódico conservador, sino reaccionario- articulando una táctica orientada a penetrar desde el circuito progresista y dar un golpe a las posibilidades de transformación. Para ellos, las restricciones ya instituidas sobre la CC por el Acuerdo del 15 de Noviembre no han sido suficientes y, al ser tocados los “resortes” de la máquina portaliana, han exigido la instalación de un suplemento que articule, desde ya, la campaña del Rechazo para el plebiscito de salida.

La pregunta que formulaba un sedicioso columnista de radio Bio Bio quien reedita la estrategia portaliana: ¿qué hacer? –decía- frente a una Constitución de 1980 muerta definitivamente y una Convención que deviene incontrolable? Portales –el triministro- tuvo una pregunta similar hace casi dos siglos atrás: después de la Independencia no se podía volver a la “monarquía” pues, para el ministro ella pertenecía a otra época histórica fraguada por el Imperio hispano; pero tampoco –afirmaba- es posible volcarse sobre la “democracia” (su querella, por cierto, fue contra Freire y el “federalismo”) puesto que los ciudadanos supuestamente no gozarían de virtud sino de “vicios”. Ergo –concluye Portales- era necesaria una República, pero sin virtudes ciudadanas y basada en un “gobierno fuerte y centralizador” (Carta a Cea).

La invención portaliana devino un híbrido estratégico (tal como fue la transición post-Pinochet) que solo pudo ponerse en acto vía la dictadura que él ejerció y cuyo mito se ha reeditado en los tres grandes pactos oligárquicos de nuestra República: 1833, 1925 y, finalmente, 1980. Un híbrido que propone un régimen tan autoritario como la Monarquía bajo una escasa división de poderes propia de la República: autoridad y libertad, si se quiere –cuestión que coincide estrechamente con el proyecto desatado en su última fase neoliberal (Cristi). Así, Portales lejos de ser un “genio” –como sostuvo la historiografía conservadora- constituye un dispositivo de modernización oligárquica que ha tenido la capacidad de mantener el férreo control sobre los pueblos de Chile.

¿Qué hacer? –se preguntaba el sedicioso columnista de Radio Bio Bio -¿cómo leer el llamado a la “moderación” de parte del poeta amarillo? Ambos mensajes constituyen un mismo llamado a la renovación del portalianismo que, por supuesto, tal como ocurrió en Lircay de 1830, solo podrá instalarse desde una decisiva violencia, es decir, desde el desprecio generalizado –como se sabe desprecio portaliano hacia los pueblos, supuestamente faltos de virtud y repletos de “vicios”- hacia la Convención y la Nueva Constitución.

Rodrigo Karmy
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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