Opinión

El Memetismo

Hoy, la elección presidencial es radicalmente memética: solo el meme como expresión cómica del mundo puede soportar la destitución radical experimentada por la institución presidencial. Porque la revuelta no destituyó solo a Piñera, sino a la institución presidencial.


     A nuestros muertos

La elección presidencial está siniestrada. La revuelta de Octubre de 2019 aún no borra sus estelas destituyentes, cuya intensidad se fijó sobre todo, en la desarticulación de la episteme transicional y su figura pivote: la presidencia. La revuelta solo explicitó lo que el trono ofrecía: no solo un presidente devenido meme de sí mismo sino un régimen completo que había sido destituido. 

La actual elección presidencial aún sintomatiza la destitución octubrista: los viejos estandartes de la transición desaparecieron. Lavín fue preso de su propia estrategia que Sichel aplicó para destruirlo, Boric desarticuló la escatología de Jadue (“venceremos y será hermoso”) y se impuso en las primarias con una fórmula pragmática: “seguimos”. La “escatología” de un Jadue no pudo con la “mala infinitud” de un Boric, la promesa de un mundo hermoso al final del camino sucumbió al realismo de un mundo en el que no queda más que seguir luchando, sin la promesa de un final, pero con el entusiasmo de algo a iniciar (el “árbol”). La guerra fría llegó a su fin. Frente a frente, Sichel y Boric, candidatos post-  históricos, con una Provoste hundida en el fárrago destituido de una coalición que alguna vez se llamó “Concertación de Partidos por la Democracia”, cuya apelación a la mujer parece irremontable frente a los sobrevivientes de un régimen que aún está vigente, pero al que se le ha privado de significado. Por eso no funciona la escatología, la promesa, el futuro, la filosofía de la historia, tan propia de la guerra fría, de la modernidad y su concepto de “revolución”. 

Justamente, la revuelta octubrista –como toda revuelta- no apunta al futuro, sino al desgarro de un presente consigo mismo. Hoy solo las aseguradoras hablan del futuro; no más los partidos políticos, tampoco sus líderes que, en diversas partes del planeta, han devenido memes de sí mismos. Para la revuelta no hay futuro, sino un presente. Pero no el presente reducido a las agujas del reloj, sino el presente intempestivo que resta de sí mismo en la suspensión del tiempo histórico por el que ella acontece. 

Aún vivimos de la suspensión octubrista, a pesar de la respuesta del régimen, con sus intelectuales, fuerzas paramilitares (policías), calles ensangrentadas, mapuches asesinados, ojos destruidos y jóvenes aplastados o encarcelados por razones a las que la aplicación del derecho penal normal habría soltado hace demasiado tiempo. Vivimos la suspensión de la revuelta y la revuelta de la suspensión, a pesar de la pandemia y su desfile de expertos, la atomización de la existencia y el terror permanente cada vez que respirábamos y no sabíamos si habíamos sido contagiados. A pesar de todo, la revuelta mantiene su eco, en este presente intempestivo que no deja de sustraerse, resistirse a la “nueva normalidad” –excepción permanente. 

Ahora bien, ¿qué es un meme”? Una forma cómica que expone una repetición. No se trata de cualquier repetición, sino de una que se expone como tal, quedando el personaje al desnudo en sus patéticos movimientos, frases, o muecas. Algo de muerte viene con él. El meme nos hace reír porque expone la repetición y, con ella, denuncia la rigidez de una forma, la estupidez de un personaje. Recordando los versos del vate, a diferencia del “adjetivo”, el meme solo puede dar vida cuando mata. La monumentalidad, la gramática molar de las grandes epopeyas y sus grandes discursos, devienen ridículos en él.

Hoy, la elección presidencial es radicalmente memética: solo el meme como expresión cómica del mundo puede soportar la destitución radical experimentada por la institución presidencial. Porque la revuelta no destituyó solo a Piñera, sino a la institución presidencial y al régimen constitucional por él meméticamente sostenido. Así, como el régimen en su totalidad, el presidente está en suspenso y sus síntomas son los candidatos a la presidencia. Todos sin excepción. Desde Artés a ME-O, desde Sichel a Boric, lo que se juega es el memetismo, exposición de una repetición que destrona toda “tragedia” para que las cosas devengan “farsa”. 

Solo en virtud de este complejo proceso por el que la temporalidad nos ha podido abrazar nuevamente, la Convención Constitucional pudo aferrar para sí la posibilidad de imaginar otra forma de la política que no pase por el autoritarismo portaliano que articuló a la República por largos 200 años. Pero eso es solo una posibilidad que las fuerzas actuantes en la CC tendrán que medir y ver, en el fondo, si realmente estarán a la altura del “meme”: ¿será posible hacer de Portales un meme? Quizás esta sea la tarea más radical y decisiva de la CC. 

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
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