¿En qué país vivimos hoy? Ya se sabrá, las cartas están echadas
¿En qué país vivimos hoy? Ya se sabrá, las cartas están echadas
Que la candidata del PC Jeannette Jara Román haya ganado con holgura las primarias de la coalición de gobierno para la elección presidencial, marca un tablero nuevo: liderar una coalición de centroizquierda, en la cual ha demostrado no solo su valía, sino también su carisma y sencillez, que hemos ido conociendo en las diversas entrevistas en distintos medios durante su campaña, junto con no pertenecer a la elite, atributo más que valioso. Ella y las candidaturas de derecha dirimirán quién gobernará Chile los próximos años, una derecha casi entera ultraderecha y golpista.
Habrá que ver en noviembre cómo nos va con este tablero que refleja nítido las coordenadas en juego. Es necesario saber en qué país vivimos, yo al menos lo necesito: si en un Chile donde predomina el conservadurismo y anticomunismo que se ha mostrado fuerte desde una derecha que propala mentiras, y cuya práctica no se condice con su discurso (somos el país con mayor desigualdad social y la riqueza sigue concentrada en grupúsculos). O en un Chile que mayoritariamente sigue aspirando a la transformación social y la justicia, solo logrables desde una centroizquierda, con un programa concreto y posible de realizar si se está alineado de manera consistente con ese propósito, sin discursos retóricos, para lo cual se requiere unidad. ¿Se estará a la altura de este desafío o los intereses partidarios/personales serán más fuertes?
Soy feminista independiente, de las llamadas ‘feministas históricas’. Apoyé desde el inicio al Frente Amplio, generaciones jóvenes cuyo devenir con errores no forzados en el gobierno (y delitos o corrupción de algunas personas, no de máquinas políticas) y el ataque sistemático de un Parlamento opositor que obstruyó cotidianamente su gestión, condujeron en gran parte a este cambio significativo: Jeannette Jara candidata a la presidencia del país. Habrá que ver qué pasa en noviembre con una votación obligatoria de millones de personas, y si quienes componen los partidos de la coalición muestran sensatez e inteligencia, siendo demócratas en serio.
No compartí que la candidata Jara tuviera que suspender su militancia, como se dijo, ¿por qué tendría que hacerlo?, ella es comunista de toda una vida y lo seguirá siendo. Nada que esconder o minimizar. Si fuera necesario porque ‘representa una coalición más amplia que el PC’, ¿sería para lidiar con el anticomunismo que caracteriza a diversos sectores del país? Es en Chile donde cada cual tendría que reflexionar más a fondo lo que significa el concepto de democracia. De hecho, somos ‘una democracia diferente’, una democracia donde siguen existiendo grandes desigualdades e injusticia en un territorio segregado (no como en la India, mezclados los distintos barrios y viviendas en un mismo territorio, donde la religiosidad y creencia en el destino les permite la aceptación), ‘democracia incompleta’. En la Región Metropolitana, ‘comunas ricas’ y ‘comunas pobres’ no se topan geográficamente -periferia y barrio alto-, aunque sí en el alto número de habitantes ‘pobres’ que se desplaza a diario a realizar trabajos de servicios en las comunas ricas.
Elecciones como esta remueven mucho, no hay presente sin pasado. Y el futuro no existe, se construye a diario.
Las generaciones mayores llevamos en el cuerpo de distintos modos la dictadura civil militar, mientras una diversidad de jóvenes alternan las memorias de sus parientes mediadas por sus vivencias e interpretaciones y los mundos que transmiten las redes sociales, las cuales casi siempre son herramientas para la ignorantización, con su cultura chatarrienta, individualismo mediante, que si se usan de modo inteligente, como habría ocurrido en la campaña de estas primarias, harían la diferencia.
Hace pocos días tomé un taxi para volver a mi casa luego de un examen médico y el conductor, un hombre mayor, me preguntó más de una vez la dirección adonde iba. ¿Problemas de memoria? le pregunté. Sí, muchas cosas en la cabeza, dijo. Conversamos algo más, agregó que estaba jubilado y que había trabajado en la CNI. Con razón tiene mala memoria, le dije. La memoria es selectiva, contestó. Comenté lo difícil de ese trabajo y sus consecuencias. Depende cómo se mire, respondió. En fin, un intercambio que se volvió tenso para mí y que marcó mis horas siguientes. No le dije de mi hermano Luis Alejandro, desaparecido en 1973 a sus 26 años de edad e identificado en 2017, casi 40 años después. Recién ahora hay un plan nacional de búsqueda de más de mil personas víctimas de desaparición forzada, los silencios cómplices siguen fuertes.
Sobre el destino de Punta Peuco y sus condenados por crímenes de lesa humanidad, Parisi, un candidato menor a la presidencia que habla por la gente y aboga por la misericordia y los votos, expresó que “para perdonar hay que sanar”. Qué fácil es hablar desde la ausencia de empatía con las víctimas. Cómo pueden perdonar quienes aún no saben dónde están sus parientes, o por qué y quiénes los desaparecieron, como a mi hermano baleado por “agentes del Estado”, según respuesta del ministro en visita Mario Carroza a mi pregunta “de quién son las balas”, cuando me comunicó su identificación y causa de muerte. Existen también las miles y miles de personas torturadas y exiliadas en un Chile que se pretende olvidar para mirar al futuro, obviando que los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles e inamnistiables. Sobre este país se construye, con un pasado que es siempre presente por no debidamente resuelto, donde las candidaturas de derecha continúan justificando el golpe civil militar y las ’muertes inevitables’.
La conocida frase “la justicia en la medida de lo posible” del expresidente Aylwin, fue la base para lo que vendría después. Frase que obliga a preguntarse por quién o quiénes fijan lo posible, y por qué se permite eso. Que existiera verdad, justicia y reparación, como se discurseaba, no era el punto, sino la muerte física de las generaciones mayores para resolver problemas graves de injusticia e impunidad. El mismo expresidente señaló: “Después de experiencias tan traumáticas como las que vivió la sociedad chilena en los años 70 y 80, la reconciliación plena no puede esperarse mientras esté viva la generación que las sufrió”[1]. Pregunto una vez más: ¿con quién habría que reconciliarse si no hay reconocimiento ni arrepentimiento por estos crímenes de lesa humanidad?
[1] Encuentros con la memoria: archivos y debates de memoria y futuro. Santiago: Editorial LOM, 2004 (p.41).
Por otro lado, sabemos que el ejercicio de los derechos civiles y políticos, sin los derechos económicos, sociales y culturales, no es democracia. Un par de ejemplos: nuevas metodologías de medición elevaron la tasa de pobreza para 2022 a un 22,3%, no el 6,5% de la Casen de ese año, al ampliar los componentes que constituyen la pobreza multidimensional. A su vez, las tomas o campamentos han aumentado (1.432 en 2024). En cuanto a las mujeres -principales afectadas por la pobreza-, continúan sin derecho a decidir sobre el propio cuerpo, como muestra la prohibición del aborto o ‘interrupción voluntaria del embarazo’, excepto en las tres causales permitidas por un Parlamento que se arroga el derecho a legislar sobre los cuerpos de las mujeres, obviando que existen los derechos sexuales y reproductivos, constitutivos de los derechos humanos fundamentales sancionados internacionalmente (ONU/OMS). Mientras, la tasa de natalidad cae y cae. Asimismo, las disidencias sexuales, en particular la población trans, ven obstaculizado su derecho a ser y se sigue hablando de ‘políticas identitarias’, no de derechos humanos transgredidos.
Hace seis años -octubre de 2019-, el malestar que se arrastraba por décadas estalló en una revuelta que fue vivida de manera intensa, incluso gozosa, por parte importante de la población, como lo evidenciaron millares de personas en alegres y pacíficas marchas en todo el país (más de un millón en Santiago). Aunque la derecha denueste y deslegitime la revuelta reduciéndola a mero acto delictual desde una miopía interesada, la memoria histórica mayoritaria la preserva como el alzamiento espontáneo que fue tal acontecimiento, y a la vez ejercicio de poder ciudadano.
En fin, qué país es Chile hoy lo sabremos en noviembre próximo, cuando las cartas se muestren en los resultados de la elección presidencial y parlamentaria, y si los partidos de la coalición de gobierno y sus militantes, incluido el empequeñecido PDC, estuvieron a la altura del desafío. Cada cual dejando su huella.
Todo esto en un mundo con un puñado de países en guerra, en una aventura patriarcal extrema, genocida, que amenaza con una tercera guerra mundial, incluidas armas nucleares en un planeta depredado. Cuánto primitivismo penoso en este siglo 21 junto a la IA y los viajes al espacio.
Sería hermoso que, a pesar de todo, en Chile prenda la esperanza.
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