El fin de Piñera
Desde la perspectiva histórica, el mandatario saliente claramente no reunirá ninguna virtud, ninguna cualidad del estereotipo del gobernante. Ni los historiadores conservadores del futuro (si es que los hay), podrán ver en él algo más que el derrumbe de una época, de un ethos. Es el sepulturero de un mundo que no se está desmoronando del todo, porque somos todos hijos de él.
Foto:Agencia Uno
Son los últimos días de Sebastián Piñera en La Moneda y pareciera que a veces trata de quedar bien con la historia, como él sólo sabe hacerlo: sacando ventajas cortas, de poco alcance, y eludiendo responsabilidades políticas.
Lo último que hemos sabido del gobierno en ejercicio es que no pudo abordar el tema de la delincuencia en Antofagasta, hasta que se vio presionado por los camioneros para declarar Estado de Excepción, sumado a que el ministro de Relaciones Exteriores trató de escapar sin que nadie se diera cuenta, pero, como siempre le pasa a Andrés Allamand, no le resultó.
Mientras el presidente estaba de vacaciones, Rodrigo Delgado, de quien hasta hace poco no sabíamos nada, apareció tratando de conducir un barco que ha estado durante casi todo su mandato a la deriva; quiso que se recordara que había estado a cargo de Interior, que fue la segunda autoridad de gobierno y casi gobernó solo por algunos días.
Pero su poca experiencia en cosas grandes, se notó demasiado. Quedó en evidencia que la política de alcaldía poco tiene que hacer en un ministerio de tamaña importancia, y sus deficiencias se lucieron. No parecía cómodo con el traje que llevaba puesto. Y nadie parecía cómodo con él en ese puesto tampoco.
Luego de este papelón, Piñera volvió a intentar dejar algo bueno que la gente recuerde de él. Por eso anunció la extensión del IFE Laboral, sin siquiera consultar al gobierno entrante; sin medir las consecuencias. Y es que aunque haya querido ser el representante de un orden frente a lo que ha ocurrido en estos años, nunca ha medido las consecuencias de nada con tal de salvar para él la situación. Nunca ha obedecido más que a sus insaciables ganas de aparecer bien en la foto, de no perder la apuesta; y si es que la pierde, no se da por enterado.
Por esto es que la idea de dejar un legado parece muy forzada, no sólo por cómo el estallido de 2019 cambió radicalmente su administración y la historia de Chile en general, sino porque no hubo un proyecto. Nunca hubo un diseño más allá del de campaña, ese que nos llamaba a vivir tiempos mejores como si el país viniera saliendo de una catástrofe espantosa, cuando realmente estaba dejando el gobierno otra versión de la coalición que, bien o mal, dio gobernabilidad por 24 años.
He ahí el problema de la política de los reflujos transicionales: diseña campañas, pero no hojas de ruta para gobernar. ¿La razón? Porque no hay nada que les incomode en el diseño político e ideológico del que hoy sólo quedan escombros. Creyeron su propio fin de la Historia, y estaban convencidos de que la habían ganado. No leyeron nada más luego de que Fukuyama les dio la razón.
Por lo mismo, buscaron demasiado al adversario en una izquierda que ya no existe, y no entendieron que perderían bajo las mismas reglas que los hicieron triunfar ideológicamente. Y eso es Piñera: la máxima expresión de la derrota no de los ideólogos del relato político chileno, sino de sus exponentes; de quienes se construyeron y crecieron al alero de un mercado que hizo que las diferencias políticas del pasado se redujeran a cuestiones que no cuestionan lo esencial, que era que la Historia no continuaría, no saldría de las coordenadas que se establecieron en Chile tras el fin de la dictadura, y en el mundo tras el término de la Guerra Fría.
Por lo tanto, un gobierno con tan poco alcance político-y que no pudo ni siquiera revitalizar a su sector- no podía hacer algo al respecto para darle un cauce a los matices, las luces, las sombras, los gritos, los cánticos, las consignas y todo lo que el 18 de octubre dio como resultado un país con las tripas abiertas.
Al igual que casi todas las fuerzas políticas que se desarrollaron en los últimos treinta años, el gobierno saliente no comprendió ese revés, ese malestar que provocaba que el mercado fuera la única certeza de un sujeto político que había dejado de ser ciudadano. No entendió, al igual que muchos opinólogos concertacionistas que hoy dicen que lo sabían, que cuando se ocultan las controversias y se encauzan solamente mediante el crédito y la capacidad que se tiene o no para endeudarse, no hay sujetos “dueños de sí mismos”, sino presos de sus incertezas y de sus vacíos políticos e intelectuales, aunque muchas veces los vistan de causas.
Quien crea que con la partida de Piñera, la entrada de Boric y el nuevo texto constitucional, todo comenzará desde cero y se solucionarán todos los vicios institucionales e ideológicos, poco sabe de historia. Parir una nueva lógica institucional, debe llevar consigo la construcción de un entramado político que la sostenga. Un lenguaje, una relación entre los poderes que sea capaz de cumplir con el desafío encomendado. Por ello es que el presidente saliente es el todo y una parte; miembro esencial de lo que se quiere ir, pero no es suficiente con su partida.
Desde la perspectiva histórica, el mandatario saliente claramente no reunirá ninguna virtud, ninguna cualidad del estereotipo del gobernante. Ni los historiadores conservadores del futuro (si es que los hay), podrán ver en él algo más que el derrumbe de una época, de un ethos. Es el sepulturero de un mundo que no se está desmoronando del todo, porque somos todos hijos de él. Es el presidente que creyó que el mercado era lo mismo que la política, y hoy, con botellazo de agua de por medio, tal vez se dio cuenta de que si no era así, ahora sí lo es; y ese refrescante chorro sobre su cabeza fue el de una cliente molesta con su servicio.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



Pero qué gran artículo. Se agradece.