Opinión

¡Amiga erí seca! Porque tú, lo vales

La pertinencia de Mon Laferte como artista en Autopoiética, estaría entonces, bajo el orden ambivalente de lo sagrado y lo profano.

El mejor orden es aquel en que la autoridad está multiplicada mil veces y convertida en un cotidiano concreto dentro de un sistema de microautoridades, cada una de las cuales refleja y encarna a la autoridad.

GISELLE MUNIZAGA.

Mil metros cuadrados de Mon Laferte. Una teoría de connotación científica, escrita en coautoría por un fallecido Premio Nacional de ese rubro –encarnada  en Mon Laferte–, seguida de una piscina electrificada, de cuya estructura se facilita un cableado: para que cada clienta decida si está dispuesta a recibir una descarga prudente, pero refrescante. En “la pelopincho” se disponen retratos fotográficos de mujeres, quienes junto a sus testimonios recopilados por la artista, reciben en sus rostros un contundente chorro de agua. Así comienza la invitación al “amor propio”, disponible en Matucana 100.

Ilustraciones animadas de Mon Laferte, murales inmersivos de Mon Laferte, proyecciones alteradas de la artista a cuerpo completo, 15 pinturas acrílicas de Mon Laferte, arpilleras en coautoría de Mon Laferte, mujeres que relatan los sufrimientos de su vida privada y pública especialmente para la exposición de Mon Laferte, retablos artesanales de inspiración popular y latinoamericana; y por montones: citas, extractos, oraciones, frases sueltas, palabras por doquier entre el habla y la expresión gráfica sobre los muros. Y, en el caso de que la clientela se quede con gusto a poco: al finalizar el recorrido, puede adquirir su souvenir: by Mon Laferte.

Autopoiética de Mon Laferte y equipo, curada por Beatriz Bustos & cía. en Matucana 100, es el hito más relevante para las artes visuales en Chile: en el contexto de su sectorialización hacia la corporación privada, desde la apertura de dichos espacios a sus clientes; a partir de 2022. En el corto plazo, las estadísticas indicarían que las decisiones fueron correctas: en la medida de que la autoría principal de la exposición, logra impregnarse de las necesidades colectivas, del sujeto histórico y político que mejor refleja la actualidad neoliberal; la mujer, como clienta.

Siempre tienen la razón

El “bien común” expresado por la mayoría de la población, en el plebiscito constitucional de 2023, indica que quienes poseemos la nacionalidad chilena, optamos por el libre mercado –en alianza estratégica con el Estado– como la mejor opción de convivencia en nuestra sociedad: democrática. En ese contexto, a 50 años del Golpe de Estado, se habría asumido también, que el neoliberalismo podría ir perfeccionándose: a través de la inclusión de mujeres y diversidades sexuales, como buenas consumidoras de bienes y servicios.

Allí, cuando los fines de lucro, asociados a la familia y la propiedad privada, son recauchados en “las personas” como acreedoras de derechos culturales: la exposición de Mon Laferte sería indesmentible. Cumple con toda la agenda de temas y lenguajes expresivos, que las prácticas artísticas contemporáneas deben acreditar para su financiamiento público/privado. Además, y como si eso no fuera suficiente, la consigna del amor a sí misma en condición de víctima del sistema, le otorga una categoría superior respecto a sus eventuales competidoras o competidores.

En el contexto de las políticas de reconocimiento y reconciliación, implementadas por las democracias contemporáneas, luego de haber experimentado la violencia directa y simbólica durante estados de excepción: el relato de la víctima, no debería ser objeto de juicios valóricos de parte de la ciudadanía a la que tendría que integrarse; eso sería una inmoralidad.

La fuerza del amor es grande

La pertinencia de Mon Laferte como artista en Autopoiética, estaría entonces, bajo el orden ambivalente de lo sagrado y lo profano: no se la debería criticar artísticamente –el “bien superior” así lo indica–, al mismo tiempo que reconoce su existencia como ser humano de carne y hueso; una clienta, pero no cualquiera. Si ella logra arrastrar tantas consumidoras y consumidores, formados inicialmente como fanáticos de su música popular, hacia el elitismo conceptual implicado en el arte contemporáneo como sector (im)productivo: cumple con una hazaña, digna de una heroína.

Toda una representante de la Virgen del Carmen –o la Virgen de Guadalupe– en las tierras de Estación Central, desde Ciudad de México, sería la diosa y patrona de las artes latinoamericanas: su santidad, Mon Laferte. Tal sería su desprendimiento de vicios terrenales como la soberbia y la envidia, que reconoce no ser ninguna experta en “el tema de la autopoiesis”: invención de los biólogos Humberto Maturana y Francisco Varela, que la artista interpreta como la sanación cotidiana de ella misma y quienes se sientan identificadas; a través del amor propio, sin culpas ni juicios.

En una sociedad utópica e infantilizada, que desdeña el valor del conocimiento, a favor de la ignorancia y las verdades estéticas alusivas a “emociones genuinas”: no es responsabilidad de la artista, que su interpretación visual de esa teoría, carezca de verosimilitud en el recorrido de mil metros cuadrados ofrecidos en el Centro Cultural Matucana 100. Quizás, se le podría achacar esa negligencia a quienes representan al Estado o las empresas privadas involucradas en la producción de la muestra, en la medida de que resulte perjudicial el consumo de la misma para su clientela. Pero en la autonomía de sí, los errores podrían ser positivos.

Escuchar música y ver números es el mejor remedio

Si la familia chilena en patota, se inscribe con su analfabetismo funcional a cuestas, y paga cerca de $40.000 : entre la abuelita, la mamita, la lolita, el papito y el guailón, probablemente “sientan” que accedieron a lo mejor de la cultura nacional; respaldada por un argumento de orden científico. Si bajo el paradigma de la exposición curada por Beatriz Bustos, arte contemporáneo y ciencia son equivalentes como conocimientos: Autopoiética, sería por lo tanto, la cura a todos los males de la sociedad capitalista en su etapa posindustrial.

No sería sorprendente entonces, que en el mediano y largo plazo, la familia chilena –ya no en patota, si no que completamente destruida–, como sujeto histórico y político en la cuerera, subordinado, a diversas deudas comerciales, pronuncie disparates en sus diferentes lugares de trabajo, estudios universitarios, cárceles u hospitales:

–       Hay que amarse a sí misma.

–       ¿Para que?

–       Para sanarse del daño producido por esta sociedad.

–       ¿Y las otras personas?

–       Tienen que amarse a sí mismas también, ellas lo van a descubrir.

–       ¿Por sí mismas?

–       Si, porque ellas lo valen.

De ahí en adelante quienes controlan los mercados transnacionales pasan por caja: la familia chilena entrega su propiedad privada para pagar los bienes y servicios que mejoran su salud mental, el Estado se pone con la otra parte. Si la lolita y el guailón llegaron a la vejez dignamente, repiten al unísono pero en diferentes lenguas: que es necesario amarse a sí mismo por sobre todas las otras personas. Las enfermeras repiten el mismo mantra. Chile es un psiquiátrico libre de impuestos para la inversión extranjera, y toda la clientela canta: ¡Tu falta de querer!

Recuerdan a Mon Laferte. La electricidad que queda permite olvidar los otros nombres: el calcio de sus huesos destrozados por el Océano Pacífico se convierte en buen conductor. Se olvidan las canciones de la Unidad Popular, y que aquí: hubo una dictadura. Si se acuerdan de Violeta Parra, le atribuyen su música y arte experimental a la lectura de Adorno y Horkheimer, o a la reproducción sudaca de Schönberg; no es importante el proceso de investigación de la folclorista que recorrió los más recónditos lugares del latifundio, para conocer la riqueza de sus cultoras populares.

La gente es feliz. El comunismo se hace innecesario como ideología, porque el capitalismo logra subsumir mejor las diferencias a su programa de bases: si hay negatividad, hay que pensar positivo y erradicar en sí mismo el mal. El coaching ontológico, la publicidad y el marketing se transforman en ciencias exactas para dimensionar la felicidad de las personas, de las que se espera participación social en los eventos culturales: a los que deben asistir para escuchar, sin juzgar bajo ninguna circunstancia.

Perdonar y perdonarse, es ser feliz

Se organiza una exposición internacional para conmemorar el centenario de Mon Laferte: la clientela atomizada asiste individualmente, pero los jueves sus mascotas no pagan entrada. Todas y todos se aman a sí mismos, porque biológicamente las sociedades posthumanas se expresan libre y creativamente respetando las diferencias entre cada manera de vivir el individualismo. El logo de las tarjetas de crédito representa a una deidad latinoamericana, y las Carabineras le aplican electricidad al lumpen proletario que intenta evadir sus obligaciones comerciales.

Matucana 100 se transforma en el Centro Cultural Luisa Durán de Lagos. El cadáver de Andrés Lorenzo Pérez Araya revive: le pide disculpas a toda la clientela, y especialmente a los herederos de la antigua Concertación de Partidos por la Democracia; por haberse ido al chancho con su performance arriba de una grúa. Pide perdón, por haber sembrado resentimiento en el arte chileno, y optado por morir en un hospital público: después de la usurpación de un sueño, que le pertenecía al Pueblo de Chile y a su clase trabajadora.

La gente es más feliz todavía,

Levantan sus teléfonos en gesto de aprobación:

Se disponen a pagar en cuotas.

Que alegría más triste y falsa. 

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Antonio Urrutia Luxoro
Sobre la autora / el autor
Antonio Urrutia Luxoro
Escritor y crítico cultural.
Ver sus publicaciones →

También te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Apoya al periodismo independiente! Sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran.
Únete aquí

¡Apoya al periodismo independiente!

Súmate, sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran. Así podremos seguir con los reportajes, crónicas y programas, que buscan mostrar la otra cara de la realidad, esa que no encontrarás en los medios de comunicación hegemónicos.