Opinión

Abracadabra: que la palabra se haga

El corazón de la cuestión es cómo nos hacemos de una magia devenida contingencia, disputa real por los sentidos que, hasta ahora, han sido colonizados por el tecno-fascismo; cómo contenemos a la palabra que el mundo no demanda a viva voz pero que, sabemos, necesita antes de caer definitivamente en el abismo de los odios, de las fobias y las tachaduras.

En su obra de teatro Golem –escrita el 2015 pero estrenada el 2022– el dramaturgo español Juan Mayorga apunta lo siguiente sobre las palabras y la escritura:

“Estos golpes de aire con que nos estamos entendiendo, ¿no son algo mágico? Esas manchas a las que llamamos escritura, ¿no son algo mágico? Que con sus palabras un ser humano haga algo a otro –lo eduque, lo enamore, lo ahuyente…–, ¿no es algo mágico? Tenemos dentro palabras de otros, ¿no es eso mágico? Somos cuerpos ocupados por palabras”.

El pasaje es sensible, bello y nos deriva a un momento de la percepción en el que no tenemos claridad, es probable, que las palabras son levedad, música que se desliza hacia otro en la inadecuación a las cosas (¿las palabras son cosas?) mas llegan, transforman; algo así como un éter que viaja de un lado a otro produciendo un impacto, diferente según el contexto y el significante que la misma palabra lleve adherida, pero generando algo en alguien más.

Y vale preguntarse, de dónde vienen las palabras. Si solo es una bitácora de símbolos que vamos aprendiendo a lo largo de las llamadas “socializaciones” o si su origen, al final, es inhallable; una suerte de zona esotérica, desmembrada del logos y altamente corrosiva para las categorías y las pulsiones conceptuales.

La palabra, es como quisiera pensarlo, viene de ese lugar que Jacques Derrida llamó différance, concepto muy denso para estirar acá, pero que, y muy en breve, se emparenta con lo que está en permanente espaciamiento. No solo significa escribir la palabra con a cuando es con e (différence o différance suenan igual, aunque la letra sea distinta, por lo tanto, lo primero, es que la diferencia es muda), sino que con la idea de lo que está en diferido, en dilación o con eso que se extiende sin cesuras sobre sí mismo.

Pero hay algo más, Mayorga señala algo muy ínsito, muy íntimo en sentido literario: “Tenemos dentro palabras de otros, ¿no es eso mágico?”. Yo –o el yo– sería el anfitrión de las palabras de una alteridad que no deja de interpelarme; soy quien acoge la palabra del mundo entero si entendemos que cada vida-palabra es todo el mundo.

Esta acogida supondría una responsabilidad inmensa, hiperbólica, loca ¿Cómo puedo acoger la palabra del mundo en mí? ¿De dónde viene esa descomunal querella que nos exige dejarnos habitar por las palabras de otro que, volvemos, no es sino todo el mundo? ¿Cuál es la palabra del mundo?

Creo que la palabra del mundo, la escritura que demanda, es una que debería ser, justo, contrapalabra. Y así nosotros mismos ser contrapalabra hegemónica puesta en acto, en función política e impulsar en principio, si se quiere, una suerte de “ontología del desacato”, una metafísica de la disidencia que nos alerte de que el tecno-fascismo (en el que se funda el nuevo formato del “capitalismo post-tardío”) ha sabido más que la izquierda de hacer magia con las palabras y, con sus fermentos, voltear vertiginosamente al planeta hacia el perímetro de su anárquica crueldad.

Luego pareciera que ese tecno-fascismo capturó la alquimia, se robó el fuego para fundir el metal de la idea y que, por más insoportablemente vacío y sádico que nos parezca, el marco mitológico en el que toda cultura alcanza o encuentra un sentido es, al día de hoy, el que las derechas expandidas como plagas bíblicas en todos los continentes han definido como hechos, como el orden de las cosas.

La tarea parece imposible ¿Cómo robarle el fuego al ladrón del fuego? ¿de qué forma invertir la alquimia y hacer de la palabra del mundo una que sea, al final de todo, rebeldía constitutiva de otro orden? Porque lo que aquí proponemos no es solo el hiato que abre otra escritura más y que se consume en el puro reflejo de sí.

El corazón de la cuestión es cómo nos hacemos de una magia devenida contingencia, disputa real por los sentidos que, hasta ahora, han sido colonizados por el tecno-fascismo; cómo contenemos a la palabra que el mundo no demanda a viva voz pero que, sabemos, necesita antes de caer definitivamente en el abismo de los odios, de las fobias y las tachaduras.

La izquierda, palabra que no alcanzo a comprometer con nada en este momento, debe –debemos– antes de volver a cualquier aérea infrapolítica, verse como ese pueblo por venir del que hablaba Gilles Deleuze, es decir como una promesa de emancipación que requiere de trucos, de magos y magas que nos hagan creer que lo imposible es posible hoy, aquí y ahora en el corazón de una resistencia contra toda forma de amo, de brutalidad y, por ahí, poder decir “abracadabra: que la palabra se haga”.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Javier Agüero Águila
Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.
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