Palestina, esa palabra
Una reflexión crítica sobre el último texto de Aicha Messina y las reacciones a su columna: «La violencia de Judith Butler».
Ahora que Aicha Messina publicó en revista Santiago una nueva nota sobre su texto titulado “La violencia de Judith Butler”, entendí mejor lo que quería decir: que las palabras debieran ser capaces de nombrar todos los horrores del mundo al mismo tiempo, en simultáneo. Pero eso es imposible, las palabras nunca son suficientes para nombrar todo el horror, y Aicha lo sabe perfectamente porque en su propia nota nos dice que si no mencionó la palabra “Palestina” fue porque era para un dossier sobre las revueltas de los estudiantes norteamericanos, lo que no modifica nada porque entonces tendríamos que preguntarnos cuál era ese dossier en el que la palabra Palestina no era tan necesaria, o al menos no tanto como la palabra “Israel”.
De ninguna manera son palabras que se puedan equiparar, así como tampoco se puede equiparar un pueblo con un estado, por mucho que el espíritu del profesor Laclau nos zumbe en la oreja. La historia del pueblo hebreo es una historia preciosa y repleta de penas inmensas, inconmensurables, de la que si se quiere se puede aprender algo muy importante, su asunto más ejemplar: el estilo de los cuerpos y las palabras que erran abriéndose paso en el mundo de las formas. De las antiguas montañas del Moriah, donde un pastor pobre se rascaba la cabecita ante el hijo al que debía sacrificar, a la literatura realista del Siglo XIX (con los “parrismos” de Rabelais y la comedia de las sombras dialectales de Dante y los dramas isabelinos de estilo bajo de Shakespeare metidos dentro del mismo saco, como le gustaba a Auerbach), esas fueron las palabras que resistieron los asedios de la filosofía griega.
Eran palabras que en sus inicios habían sido pronunciadas con mucha humildad, porque eran pocas y no daban para tanto y no tenían las riquezas del griego. Palabras semíticas pisoteadas por los idiomas mayores, tan sencillas como sus personajes y sin embargo tan hábiles para decirlo todo con casi nada. Palestina también viene de ahí, y si resume una resistencia —como le parece a Judith Butler, aunque yo no exageraría defendiendo ese día siete famoso— es porque es la memoria actual de todas esas palabras que fueron pisoteadas, una palabra herida sin cuyo auxilio nadie puede construir hoy una lengua que valga la pena, una lengua que piense, libre e incondicionada y, por esto mismo, capaz de oponerse a las abyecciones de un academicismo que quemó vivas las palabras que más amábamos y avala, en la actualidad, las formas más desafortunadas del pensamiento corporativo y organizado.
Si alguien se dedica al arte de escribir palabras, y de pensar a través de ellas, no está de más que parta por incluir a las que sufren borraduras y hablan con retazos que desgarran el corazón, con esas niñas descalzas buscando una poza de agua entre las ruinas de unas chozas bombardeadas por verdaderos salvajes, con esos chicos que saltan en pedazos confiando sus trozos a Alá, con madres que ven morir a sus hijos, con hijos que ven morir a sus padres. Todo esto es un desastre, y tal vez no hay palabras para este dolor.
No es un “conflicto”, no es una “guerra”. Tampoco es un litigio entre dos pueblos. Es al revés, esos pueblos son asediados por un Estado que, como señala Sholomo Sand (él mismo un historiador judío exonerado de la Universidad de Israel por haber escrito un estudio que no le apeteció a los cultores del “pensamiento autónomo”), no puede ser descrito como un Estado democrático si es capaz de reconocerle a un judío que nació en Roma o en Nueva York derechos de ciudadanía que no le reconoce a muchos que no son judíos y que nacieron allí y que tienen en esa tierra a sus abuelos y sus bisabuelos y una cadena interminable de antepasados. Es raro, así como lo es también el hecho de que ese Estado reciba el apoyo de los bolsillos más ricos del mundo, con el dinero que le falta al pan de los pobres invertido en máquinas inhumanas preparadas para masacrarlos.
Entonces volvamos a la universidad, para que se vea que todo tiene que ver con todo. Yo diría que lo que Aicha está llamando “autonomía filosófica” es justamente lo que defendieron, contra esa misma filosofía, los judíos errantes de la primera mitad del siglo XX en una Europa sitiada. De allí proviene, como quizá esté de más decir, la figura del intelectual y la resistencia del más hondo pensar crítico, una potencia que como dice Traverso inició su declive tras el asentamiento del Estado de Israel y la ocupación de Palestina. (Algunos incluyen esa comida célebre servida en casa de Ben Gurión a “eminencias” que estaban dispuestas a revisar sus ideas, lo que no habría estado mal si se hubiese hecho en algún otro lado).
Este acontecimiento, donde hay quienes atisbaron “el fin de la modernidad judía” y la anemia que se devoró al último pensamiento genuino de la resistencia crítica, coincidió con el desembarco de una revolución silenciosa en la universidad, a estas alturas no hay quien ignore que con el mismo capital concentrado que financió la causa de Israel. ¿Se puede ser honesto intelectualmente sin percibir que la misma minoría rica que hoy se ensaña contra todos los Estados del mundo (en particular contra los que no cumplen con sus recetas y a los que embargan, bloquean y someten a penitencias escandalosas) ponga el grito en el cielo cada vez que se toca el tema del Estado de Israel? ¿En qué quedamos, cómo es la cosa?
Leí este texto de Aicha anoche, antes de irme a dormir, por supuesto que sin ningún odio ni enojo pero sí, lo digo sinceramente, con un dejo de tristeza. Después me marché a dormir y apoyé la cabeza sobre la almohada y me quedé pensando en lo que había leído. O sea pensé en Palestina, en todo lo que esa palabra dice sobre tantas derrotas de las que me siento parte, y me dormí repitiéndome la palabra como si fuera un mantra, como si el desconcierto de este mundo me hubiera vuelto a convertir en un niño.
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