miércoles, julio 17, 2024

Crítica Literaria| Una prosa castrada

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Oink. Paul Seaquist. Santiago: Zuramérica 2023, 172 páginas.

Ocurre con este libro que no tiene contrapesos, posiciones enfrentadas o algo parecido a una palanca de cambios, nada. Solo un tono, una actitud, una velocidad, todo conducente a un único propósito: golpear al lector por medio de la violencia. Paul Seaquist (chileno, radicado en España) es el autor de Oink, un volumen que se pretende ser ácido y obsceno, pero que no es más que la acumulación facilista de situaciones de ensañamiento hacia seres desarmados.

No hay aquí el más mínimo intento de ahondar en las causales del comportamiento de los personajes, porque solo son meros títeres de un juego mayor, que no es otra cosa que la apología de la violencia. Oink machaca con un tipo de sujeto: un hombre cis heteropatriarcal, concentrado en el ejercicio de la violencia como un acto triunfal. Los protagonistas de estas narraciones son dignos representantes de un poder que actúa precisamente porque tiene pleno derecho al abuso.

Seaquist escribe relatos breves, la única excepción el segmento final que es casi una novela corta, sobre un hombre que acosa a una pequeña. En general, utiliza una estrategia efectista más antigua que el hilo negro en la que se pretende sacudir la moral burguesa mediante una denuncia del pútrido mundo en que vivimos. Gran objetivo, pero hipócrita, porque como no hay contrastes todo se resume en un grupo de individuos que se solazan en su derecho de violar niños, quemar homosexuales, abusar sexualmente de mujeres, empalar, castrar, asesinar madres. Es decir, todo lo que pueda satisfacer la imaginación de un macho dominante, representado casi siempre por un señor de clase media, solitario, abandonado por su mujer, con un pequeño grupo de conocidos, también varones. Ellos forman una pequeña comunidad que comparte el gusto por la violencia, los cuales se ayudan e intercambian víctimas.

Los cuerpos como mercancías y la fetichización de mujeres, niños y minorías proliferan en estas historias donde extrañamente opera una prosa castrada a la hora del minimalismo sexual. Solo está el relato bastante poco detallado de los hechos violentos. Salvo algunas excepciones, todo es descrito a trazos gruesos. La escritura de Seaquist no llega a ser nunca pornográfica, ni menos libidinosa o erótica. Esto implica una suerte de embozamiento narrativo, que puede significar subir un escaño en configurar un mundo perverso. Un límite que el libro no está dispuesto a cruzar y que desinfla toda la exploración del mal que se podría haber conseguido.

El autor escribe para golpear a cada paso, siguiendo esa ya gastadísima estrategia de ir contra lo “políticamente correcto”. Quizás por eso se manda estas joyitas: “Acabo de matar a mi madre. La maté por puta. No fue difícil. Lo hice como se mata a los perros. Con los ojos abiertos y el pulso estable. A palos. Lo demás no se cuenta. Se calla”, “Solo se calló cuando le metí una de las peras en la boca y la rocié con el combustible. Me parece que en ese preciso momento se dio cuenta que las explicaciones ya de nada valían. Tal vez incluso menos que las excusas. Encendí un fósforo y ella ardió, por fin, en silencio”.

Todos estos actos de violencia tienen como denominador común la idea de construir narraciones de alguna forma indiferentes a los actos de los protagonistas. Esa indiferencia o distancia se resuelve en muchos casos en una actitud irónica, que claramente es propia y natural en un sujeto que mata a su madre sin que se le altere el pulso. Por ese filtro pasan escenas donde se relata abuso infantil, odio a las feministas y minorías de todo tipo.

Este es un libro que hace trabajar poco a la imaginación, porque todo se entrega ultraprocesado, lo que genera es que a pesar de lo denso del tema, termine siendo transparente. Un mismo personaje, un tipo solo, violento, pero a la vez pasivo, que programa sus acciones y bla, bla, bla. Por cómo está escrito Oink daría para ser definido como una pataleta, un berrinche, el problema es que detrás de todas sus imperfecciones se despliega un imaginario supremacista, misógino y pedófilo.

Patricia Espinosa
Patricia Espinosa
Patricia Espinosa, académica y crítica literaria.

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